sábado, 5 de febrero de 2011

El gay león

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

Por Lola Mento (Geneva)

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. En concreto el patio de la zona de depredadores africanos del zoo donde nací en cautividad. Mi padre seguía siendo el rey de la selva, así que, a pesar de estar en el exilio no fue fácil aceptar mi homosexualidad. Vivía en medio de una sociedad cortesana, una cárcel igual que era para mis padres aquel recinto cerrado en el que se marchitaban, lejos para siempre de su amada sabana. 


Pasé mis primeros años de vida oyendo a mis hermanos, los príncipes, hablar de chicas, especialmente de Eleonora, nuestra estupenda vecina que, sin embargo, sólo hablaba conmigo, ignorando los insistentes cortejos de sus altezas. Ya entonces ella sabía que a mí no me encandilaba su cabeza pelada. ¿Dónde se ha visto a una mujer calva? En cambio, yo poseía la melena más admirada del zoo. Recuerdo a la mayoría de los niños visitantes absortos en mis felinos movimientos (siempre tuve un poco de pluma). Cuando los veía boquiabiertos, con un grácil movimiento de cuello me echaba  hacia atrás las cascadas de cabello que coronaban mi testa como en otro tiempo lo hizo la corona en la de mi padre.

Los años de ingenua felicidad acabaron con la llegada a la zona de depredadores africanos de Leonardo, un adolescente altivo y chulesco que había sido capturado en Tanzania. Mi corazón se paró cuando el cuidador abrió la puerta de su jaula con la ganzúa de una larga verga que sujetaba al otro lado del recinto. A pesar de los años transcurridos, sigo teniendo sueños ardientes con su mirada de superioridad. Las primeras palabras que salieron de su boca en aquel zoo me las dedicó a mi. Me dijo "tú, nenaza, preséntame a ese bombón". Ya se imaginan que el príncipe se convirtió en la dama de compañía del más bello animal del mundo (después de Ava, claro).

Viví mi despertar al amor en el armario más profundo, más oscuro y más triste. Fui la sombra de la sombra, la sombra de la mano, la sombra del perro de aquella rata de dos patas. He de decir que durante aquella cruel adolescencia me acompañó en todo momento el hilo musical del zoo, que no sólo me hizo fan de Jacque Brel y Paquita la del Barrio, sino que me ayudó a abstraerme de la realidad, a crear una coraza e imaginar que mi historia de amor era sólo una película. 

Nunca me enfrenté a la Corona ni al objeto de mi deseo. Nunca hablé de mi secreto excepto a Eleonora, fiel confidente que el día de su boda con Eleonardo me entregó su ramo de flores y susurró en mi oído las palabras que hoy día, siguen siendo como un faro protector en la tempestad. Sonaron como un mantra, como un salmo, como una verdad incontestable. Dijo: "ningún peluquero es tan malo como para tirarle el bote de laca a la cara".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gay león. Muy buen relato. "ningún peluquero es tan malo como para tirarle el bote de laca a la cara".