viernes, 18 de febrero de 2011

Julio Anguita Parrado (1971-2003)

Julio Anguita Parrado (2000)

Por Octavio Caraballo

Julio Anguita Parrado falleció el 7 de abril de 2003, en Bagdad, en la repugnante guerra de Irak. Un misil segó la vida no sólo de una magnífica persona sino también de un prometedor periodista. Tenía 32 años.


Nos conocimos en octubre de 1989, en Madrid, en la Universidad Complutense. Yo iniciaba Periodismo y él estudiaba el segundo curso de la misma carrera. La desesperada búsqueda de un piso nos unió, de manera inesperada, a través de compañeras comunes de la Facultad.

Tras aniquilar con tachones los anuncios de dos o tres ediciones del “Segundamano” y dejar toda una fortuna en el locutorio de Telefónica en Gran Vía, nos fuimos a vivir a un apartamento en Argüelles y, un año después, a la que, con el paso del tiempo, se convertiría en su casa, en Avenida de América, en la calle Pinilla del Valle.

Ambos conocíamos entonces cuál era nuestra orientación sexual, pero durante los casi cuatro años que vivimos juntos bajo el mismo techo, ninguno confesó al otro su homosexualidad y nos limitamos a llevar, cada uno por su lado, relaciones con chicas que siempre fracasaban estrepitosamente.

Julio era extrovertido y defendía sus argumentos y sus convicciones personales y políticas no sólo con vehemencia sino también con gestos y aspavientos que le ayudaban a remarcar cada una de sus palabras.
 
Su padre era en aquella época el líder de Izquierda Unida y uno de los políticos más prestigiosos de España. Una circunstancia que pesaba como una losa a un joven que buscaba en Madrid la libertad de la que no podía disfrutar en su ciudad de origen, Córdoba.

La Facultad de Periodismo era una de las más convulsas de la Universidad Complutense y la cafetería era un hervidero de debates encendidos entre estudiantes ávidos de conocer una realidad con la que, tarde o temprano, se tropezarían en las redacciones.

El PSOE languidecía en el poder de la mano de un cada vez menos creíble Felipe González; la izquierda estaba inmersa en debates maratonianos que no conducían a nada y comenzaba a resurgir, de las cenizas, la derecha española. Imagínense el griterío en una facultad plagada de consignas en la que convivían en una misma pared la hoz y el martillo y los carteles de Blas Piñar (al que algunos se referían como la eutanasia activa).

Pese a que se respiraba un aire de libertad increíble, la homosexualidad era entonces un tabú. Los gays dejaban mensajes escritos en las paredes de los urinarios situados junto a la cafetería en los que se citaban a escondidas. No existían móviles y los encuentros eran a una hora que fijabas en la pared y las puertas y que en ocasiones eran sinceras y, en otras, una broma de mal gusto de aquellos que iban a la caza de los homosexuales.

Tras convivir cuatro años, cada uno siguió su camino. Julio entró en la redacción del diario “El Mundo” y yo, después de varios meses en “Marca”, decidí retornar a Lanzarote. Nos veíamos periódicamente en Madrid o en Canarias, pero ambos seguíamos ocultándonos la que, con el paso del tiempo, se convertiría en el  elemento que fortalecería nuestra amistad y complicidad.

La primera vez que hablamos abiertamente sobre la homosexualidad fue tras ver, en 1991 ó 1992, la película “Tomates verdes fritos”. La amistad que existía entre las dos protagonistas era, para Julio, algo más que eso. Yo, en cambio, no había reparado en los sutiles detalles que evidenciaban el amor que se profesaban las protagonistas. Nos pasamos horas discutiendo, de vuelta a casa, sobre si eran o no lesbianas. Él, como casi siempre, tenía razón.

En febrero de 1995, Lourdes Bermejo, Raquel Córdoba, Jorge Coll y yo viajamos a Nueva York. Él, tras enterarse de nuestro viaje, hizo una reserva y llegó a la Gran Manzana un día antes que nosotros. Cuando nos recibió, y pese a que tan sólo llevaba 24 horas allí, ya se conocía como la palma de su mano el cuadriculado callejero de la ciudad de los sueños.

Nos metió en un taxi y, sin preguntarnos, nos llevó a uno de los históricos barrios gay de Nueva York, el West Village.  Nada más aterrizar en el primer bar, una chica regaló un ramo de flores a Lourdes. Ella, que olía a la legua el ambiente gay, captó, en ese mismo momento, las intenciones de Julio.

Raquel, Lourdes y Jorge regresaron al hotel tras comprobar que, por los menos esa noche, no era para ellos. Y Julio y yo, con la ayuda del ron, nos perdimos en la noche neoyorquina y descubrimos, horas más tarde, en la habitación de un hotel victoriano, el gran secreto.

Bajamos las escaleras del hotel de dos en dos preguntándonos qué coño habíamos hecho, pero con el orgullo y la alegría de dos jóvenes que se habían ocultado, durante seis años, su orientación sexual.

A partir de ese momento, todo fue como tuvo que haber sido desde que ambos nos conocimos en el locutorio de Gran Vía, en 1989, en el ocaso de la movida madrileña.



7 comentarios:

Ainhoi dijo...

Muy bonito... Muy bonito

Anónimo dijo...

me ha caído una lagrima, que bonito joder, y que triste a la vez, un abrazo!

Anónimo dijo...

yo conoci a Julio en New York, estuve con el poco antes de su viaje a Irak en una fiesta del gobierno Andaluz en central park, como siempre, tenia una copa de vino en la mano y una sonrisa en la boca.

Anónimo dijo...

Han pasado ocho años, anónimo, y lo sigo echando de menos como el primer día que se fue. Siempre con una sonrisa en la boca y con unas ganas impresionantes de aprender y debatir sobre cosas nuevas.

Anónimo dijo...

El pobre tenía la desgracia de ser hijo de un imbécil... Cuánto lo siento.

Rafael Castañeda Morales dijo...

El padre un imbécil? Su padre era una loza? Preguntadle al fallecido por su padre...solo el fanatismo provoca ceguera...y la ceguera suele ser una cualidad de la gente débil...Su padre le apoyaría como cualquier otro, solo por ser comunista es elevado al nivel de machista...este pueblo sigue ciego...no importa tu ideología tu religión tu orientación sexual solo importa la honradez...y este chico heredó de su padre eso mismo...por eso esta muerto...esta muerto por culpa de aquellos que votais...se fue un grande y los necios solo comentáis basura...seguimos ciegos

Anónimo dijo...

Sin duda: su padre era un pobre imbécil, aunque ahora con el paso de los añosa ido progresando y se ha convertido en un viejo imbécil, que no está mal...