lunes, 14 de febrero de 2011

Lucía C. (41 años) Madrid


Cuando tenía doce años, mis padres compraron una casa en Villalba, un pueblo de la sierra de Madrid. Muchas familias pasábamos allí cortas vacaciones y casi todos los fines de semana, así que, mis hermanas y yo hicimos una pandilla de amigos y allí fue donde empezamos a flirtear con chicos. Bueno, eso lo hacía, y con mucho éxito, mi hermana mayor, que entonces tenía 15 años y la pequeña, que con 10 ya apuntaba maneras. Yo, por mi parte, tan larguilucha, con mi pobre melenita morena y los ojos pardos apenas me hacía un hueco entre los guapos pijos de la sierra.


Nunca he podido darme a mi misma una explicación sobre por qué me gustan las mujeres, pero cuando pienso en aquellas tardes gélidas de fin de semana, en la discoteca Botticelli del pueblo, creo que la respuesta se llama Amaya.

Amaya se comportaba como un chico, pero tenía una cara tan angelical que parecía que un querubín había decidido volverse motero. Apenas tenía un año más que yo y ya estaba completamente integrada en la panda. Bebía cerveza y calimocho, fumaba y llevaba su vespino a toda velocidad por las callejuelas del pueblo. Me encantaba.

Por aquella época, Manolo, uno de los amigos de mi hermana, se fijó en mi. Yo lo evitaba, paralizada por el terror. Creía en mi inocencia que me daban miedo los hombres. Era callada y retraída, y cuando Amaya aparecía por el local, me ponía tan nerviosa que a veces me iba al baño o me salía para que nadie notara mi estado.

Ella, por el contrario, creo que sintiéndose admirada, me saludaba amablemente, con ese toque machirulo que a mi, en contra de todo pronóstico, no sólo no me daba miedo, sino que me reconfortaba. Un día, incluso, salió en mi ayuda cuando Manolo intentó que me fuera con él en la moto. Todo el mundo sabía que aquello significaba tener que darse 'el lote', que era un morreo y poco más, pero que a mi me parecía el infierno.

Recuerdo perfectamente que Amaya llegó y me dijo. 'Oye, tu fumas?'. Y yo, presa del pánico, respondí 'sí, le cojo cigarros a mi padre, pero no me trago el humo'. 'Pues vente fuera'. Y yo abandoné el bar a su lado, con el corazón a cien y sintiéndome la más feliz del mundo. El patito feo rescatado por su princesa azul.

Comenzamos una relación. Sin contacto sexual, pero creo que era evidente que nos gustábamos. Lo sabía todo el mundo, aunque no sé si alguien entendió muy bien que estábamos enamoradas. Era una amistad tan natural que ni siquiera nosotras hablamos del tema. Hasta que nos besamos. Haciendo el tonto. El verano de aquel mismo año, en su piscina. Se abalanzó hacia mi y me dio una especie de pico seguido de un maravilloso beso de amor. El mejor y más dulce que me han dado en la vida. Por desgracia, fue también muy traumático para ambas, ignorantes de nuestra condición en una sociedad en la que la homosexualidad 'ni estaba ni se la esperaba'. Nos distanciamos, nos evitamos, nos separamos, y al final nos olvidamos.

Durante los años del instituto y la facultad no supe nada de ella, excepto que estaba en Bruselas estudiando. Yo encontré a mi pareja en una fiesta universitaria y fui feliz durante más de diez años, con la comprensión de toda mi familia. Un día, cuando salía con mi novia, me la encontré en un restaurante de Villalba. Nos saludamos alegremente y con nostalgia. Ella estaba con su pareja, un chico, y varios amigos. Yo no me atreví a decirle que ella es una de las razones por las que soy lesbiana. Quizá lo sabe, quizá lo supo el día en que me besó y ella también descubrió su verdadera sexualidad.



1 comentario:

Rebeca dijo...

ohh me encanta leer historias así. Porque mas o menos te hacen identificarte con ellas y te sacan una sonrisilla :). gracias por compartirla. Espero que te vaya todo perfecto. un saludo!