jueves, 10 de febrero de 2011

Testimonio de la dura realidad cubana

Francisco Rodríguez Cruz, autor del blog cubano

CGN ha alcanzado un acuerdo con el bloguero cubano, Francisco Rodríguez, para compartir historias de ambas bitácoras. Nos ha parecido especialmente interesante la siguiente.

Por Francisco Rodríguez Cruz (Cuba)

El domingo 21 de noviembre, luego de concluir mi labor en el cierre del periódico, me encontraba sobre las once de la noche en un frecuentado sitio de encuentro homosexual del Vedado capitalino, cuando tuve un lamentable desencuentro con un miembro de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR).


Luego de presentar una enérgica queja días más tarde, dos oficiales de la jefatura de la Unidad Provincial de Patrullas acudieron a mi casa al sábado siguiente, para declarar con lugar la reclamación, anular la multa que me impusieron, informarme sobre la medida disciplinaria aplicada al agente actuante y explicar la posición oficial de la PNR en contra de la discriminación por orientación sexual.

Antes de continuar con los detalles de esta historia, debo advertir —como hacen antes de proyectar algunos programas televisivos— que lo que narraré a continuación podría herir la sensibilidad de algún lector. No obstante, considero necesario exponer esta realidad poco abordada y muchas veces manipulada desde el exterior o por algunos grupos internos, para convertir determinadas actuaciones incorrectas de agentes del orden con prejuicios homofóbicos, en un argumento contra la Revolución.

Considero esencial además enfatizar que tales comportamientos de ciertos efectivos policiales no están en correspondencia con la política del país y que constituyen flagrantes violaciones de la legalidad.

En la medida que esto sea conocido y demandado con firmeza y respeto por las personas homosexuales, bisexuales, HSH y transexuales que en algún momento acudimos a los sitios de encuentros —por las razones que fueren, las cuales no siempre son sexuales como muchos suponen— contribuiremos a corregir estos excesos, educar a todos los miembros de la PNR y crear conciencia en la sociedad sobre la necesidad de espacios donde los miembros de la comunidad LGTB de Cuba podamos acudir sin riesgos para nuestra dignidad como seres humanos y para nuestra seguridad como ciudadanos, sin escandalizar a nadie ni sentir el rechazo de una mayoría heterosexual con frecuencia intolerante cuando dos personas del mismo sexo expresan o manifiestan sus afectos, de un modo similar o incluso con menos atrevimiento de lo que la norma social les permite sin sonrojo o repulsa alguna a las parejas de hombres y mujeres.

Pero vayamos a los hechos:

Estaba yo sentado, solitario, en un muro del mencionado sitio de encuentro —no diré su ubicación exacta, porque no es mi propósito estimular la concurrencia a estos lugares, ciertamente peligrosos en muchos casos, por lo apartados que son y la presencia ocasional en ellos de maleantes que a veces agreden o asaltan a las personas LGTB para robarles—, cuando un agente de la PNR me pidió el carné de identidad, documento que le entregué disciplinadamente, luego de darle las buenas noches al oficial, quien me pidió que lo esperara junto a la patrulla.

Así, nos reunieron junto a dos carros patrulleros a un pequeño grupo de alrededor de siete u ocho hombres homosexuales que allí estábamos, hasta que regresó el oficial al frente del operativo, quien en forma descompuesta ordenó que nos pusieran a todos “500 pesos de multa”, porque ya estaba “cansado de que nos llamen la atención por estos maricones”. Cuando un joven que estaba más apartado de ese carro discrepó en alta voz por el supuesto monto de la multa, el mencionado policía gritó: “¡Díganme quién está protestando para meterle una galleta (bofetada), que hoy todavía no le he dado golpes a nadie y estoy loco por hacerlo!”.

Comenzaron a rellenar los talonarios. Un joven policía de la otra patrulla expresó: “¡Con tantas mujeres que hay en La Habana!”, y otro de los detenidos le rebatió correctamente que esa observación no venía al caso, porque “en La Habana hay tantas mujeres como hombres”.

Comenté con varios de los ahí presentes que no entendía cuál era la contravención cometida, a lo cual el oficial al mando me respondió iracundo que “¡allí solo se meten los maricones!” Le pregunté en voz baja que si ser homosexual era un delito, y me espetó que a él no le importaba eso, que nos fuéramos para otra parte, porque estar ahí estaba “prohibido”. Alguien le hizo notar que no existía ninguna indicación de prohibición de acceso en ese lugar, sin obtener contesta alguna.

En ese momento le llamé la atención y le dije muy respetuosamente que su actuación era incorrecta, me identifiqué como periodista, le pedí el número de su placa y le dije que lo sucedido allí hasta ese momento se sabría. Pregunté a las otras personas si estaban dispuestas a atestiguar sobre el mal procedimiento policial. Solamente un muchacho de la Isla de la Juventud, de visita en La Habana, me dio su nombre y apellidos.

Cuando el citado oficial me oyó pedir esos datos, se encolerizó y me dijo que eso era “lo que hacían siempre los maricones”, en alusión a que yo era un chivato. Añadió que él me conocía y me había visto otras veces en esa zona. Le respondí sereno que me había visto y me seguiría viendo (trabajo cerca, por ahí vive mi pareja y además pasan los ómnibus que van para mi casa).

Me replicó molesto que yo era “el famoso periodista” y que me había puesto muchas multas por estar en esa zona. Le aseguré que eso no era cierto, que podía verificar mis antecedentes y chequear que no tenía ninguna contravención. También me amenazó a mí y al resto de las personas presentes con avisar a los respectivos centros de trabajo “para que los boten”. Le repliqué que ya veríamos quién perdería su trabajo luego de todo eso.

Finalmente me pidió firmar la multa y le pregunté cuál disposición legal había infringido. Citó un número y una letra que no entendí (luego leí en el talón: Decreto 141, artículo 001, inciso P, por valor de $60.00) y me dijo que era por “exhibición impúdica”. Le respondí que no estaba de acuerdo, que yo no había cometido esa contravención, pues al pedirme el carné de identidad estaba sentado solo, en un muro, fuera de la vista pública y correctamente vestido, y por tanto no firmaría. No obstante, me extendió el comprobante, lo tomé y me encaminé a la estación de la PNR más cercana para denunciar lo sucedido.

Cuando llegué a la estación de policía los dos patrulleros estaban parqueados enfrente. Me vieron entrar. Expliqué a la oficial de guardia que estaba en la carpeta las expresiones abusivas, discriminatorias y homofóbicas del agente, y la improcedencia de la multa aplicada. La compañera le gritó desde la puerta al mentado policía que subiera, porque había allí un ciudadano con una queja contra él, pero no obedeció y dijo que tenía que ir a otro lugar. Se marcharon en la patrulla. Me comuniqué por un teléfono celular con el director del periódico donde trabajo, a quien le expliqué lo que estaba sucediendo en la unidad y que yo lo mantendría al tanto.

Mi pareja, a quien yo había llamado también por teléfono, llegó a buscarme mientras yo esperaba que me tomaran declaración y preguntó por mí a otro policía que estaba en la puerta. Les dije en voz alta que era mi pareja. Al llegar junto a mí me saludo con un beso en la mejilla. En ese momento otro oficial que estaba en la carpeta nos dijo que los dos no podíamos estar dentro de la estación. Le respondí que si él no podía estar junto conmigo, entonces ambos esperaríamos afuera, y salí primero. Mi pareja, quien iba de último, escuchó un comentario del oficial, molesto por el beso.

Pasados unos minutos, el oficial de carpeta me pidió subir las escaleras de la entrada, pero “yo solo”. Me hizo reiterarle lo dicho por mí con anterioridad, de pie en la puerta de la estación. Me explicó que debía presentar una queja contra el agente en la Unidad Provincial de Patrullas, y reclamar la multa mediante un escrito en un plazo máximo de 72 horas. Le di las gracias y nos marchamos. En el camino nos cruzamos con la patrulla del incidente, que iba de regreso a la unidad.

Hasta aquí la descripción pormenorizada de lo ocurrido, casi con el mismo nivel de detalles que incluí en mi reclamación oficial, donde también añadí estas breves consideraciones adicionales:

Aunque son entendibles las preocupaciones de la PNR por la peligrosidad que en ocasiones entrañan los lugares de encuentro entre homosexuales, y su actuación para evitar que ocurran en ellos hechos delictivos como asaltos, robos u agresiones contra estas personas, eso no justifica conductas policiales reprobables como las descritas.

Es muy lamentable que luego de todos los esfuerzos realizados por la Revolución para educar a la población en el respeto al derecho a la libre orientación sexual, y en contra de la discriminación y la homofobia, todavía ocurran situaciones como esta.

Conozco parte de la labor desarrollada por el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), para formar a la PNR en un mayor conocimiento acerca de la diversidad sexual, pero es indiscutible que la actuación del oficial al mando esa noche durante aquel operativo, evidenció una propensión hacia la violencia, el abuso de poder y el trato humillante y discriminatorio, motivada al parecer por hondos prejuicios homofóbicos, que lo inhabilitan para ejercer en esa institución.

La aplicación injustificada de la mencionada contravención por “exhibición impúdica” se ha convertido en una práctica bastante generalizada dentro de la PNR para desestimular la presencia de las personas homosexuales en los sitios de encuentro, cuyos efectivos en lugar de protegernos de las agresiones que a veces sufrimos los gay en tales sitios, se convierten también de cierta forma en agresores.

Tratamientos injustos e ilegales como este, por parte de una institución que debe proteger nuestros derechos ciudadanos, hacen un grave daño al país y a la Revolución, pues sirven de pretexto para las campañas de descrédito desde el exterior contra el gobierno cubano y el socialismo.

A riesgo de extenderme demasiado, les resumo brevemente el encuentro en mi hogar, el sábado 27 de noviembre, con oficiales de la jefatura de Patrullas que me informaron sobre el resultado de la reclamación.

En un clima distendido, los dos jóvenes policías me explicaron que no es política de la PNR actuar contra las personas por razón de una determinada orientación sexual, y que les insisten mucho a los agentes sobre ese asunto, aunque aceptaron que todavía es un problema no resuelto, a pesar incluso de la capacitación sistemática que esas fuerzas reciben al respecto.

A partir de mi queja, ellos investigaron lo sucedido y pudieron comprobar que la actuación del mencionado policía había sido excesiva, por lo cual le aplicarían una medida disciplinaria que en dependencia de un análisis en ese momento todavía pendiente, podía incluir desde severas penalizaciones económicas hasta la separación de esa unidad especializada. Me pidieron, además, el talón de la multa para anularla.

Les di mis puntos de vista sobre lo sucedido y mi valoración de que habría que ir más allá de este incidente concreto, porque poco o nada significaba quitarme a mí solo la multa y sancionar a ese único policía. Los oficiales aseguraron también que utilizarían el caso para la discusión colectiva con el resto de sus efectivos. En el acta de conformidad con los resultados, les añadí de mi puño y letra dos recomendaciones:

La necesidad de que la PNR diseñe un procedimiento correcto de intervención policial en los sitios de encuentros, cuando ocurra algún delito que así lo justifique, sin que ello genere acciones discriminatorias por motivo de la orientación sexual de quienes allí acuden.

La urgencia de erradicar la aplicación improcedente e ilegal de la citada contravención de exhibición impúdica como un método para desestimular la presencia de personas homosexuales, bisexuales o HSH en esos lugares.

Conversamos mucho esa mañana, traté de razonar con ambos oficiales acerca las causas de la existencia de los sitios de encuentros gay, los riesgos que implican y su compleja naturaleza, incluyendo la vulnerabilidad de quienes los visitan y el silencio que suelen guardar las víctimas de estos u otros atropellos, por múltiples razones que van desde el desconocimiento de sus derechos, hasta el temor a que sea revelada su verdadera orientación sexual ante esposas, novias, familiares y en su entorno laboral o estudiantil, al no atreverse a afrontar los prejuicios e incomprensiones aún existentes dentro de la sociedad cubana, en relación con la homosexualidad y la bisexualidad.

En cuanto a la homofobia —que como bien indica su nombre actúa irracionalmente como todas las fobias— mis interlocutores y yo coincidimos en que es un fenómeno cultural, y que por tanto no podemos reducirla a la actuación de una institución específica, un determinado grupo humano o algún sujeto aislado, y su superación llevará tiempo.

No soy ingenuo, sé que este hecho por sí solo no traerá un cambio radical en la actuación de la PNR, ni en la actitud mayoritaria y comprensiblemente vacilante ante situaciones similares de tantas y tantas personas involucradas en estas realidades subterráneas, opacas, difíciles e inevitables que matizan de tonos grises el complicado comportamiento sexual y afectivo de los seres humanos.

En lo personal, me daría por satisfecho simplemente con ayudar a que otros homosexuales y bisexuales supieran que hay maneras de proceder por las vías administrativas establecidas para obtener una reparación o rectificación, así como para exigir la delimitación de las responsabilidades individuales con su correspondiente medida disciplinaria, cuando acontezcan estos procederes erróneos de algún miembro de la policía.

Pero además —y es lo más importante— estoy convencido de que asumir, exponer, discutir y alertar sobre estas aristas espinosas de la vida, puede contribuir a que tal vez un día nadie tenga que ocultar su manera de amar o temer por ello, con todos los peligros que eso implica.

1 comentario:

Carlos dijo...

Paquito, que la revolución cubana, durante DÉCADAS, estuvo persiguiendo, hostigando y encarcelando a homosexuales por el sólo hecho de serlo y no ocultarlo, es algo que todos sabemos, así que el hecho de que últuimamente Fidel Castro haya reconocido su "error" no significa que las cosas hayan cambiado tanto...