martes, 5 de febrero de 2013

Una lección inesperada



Por María Jesús Lillo (Tenerife)

Mi primer contacto con la homosexualidad fue muy violenta, tan violenta como una mano a no sé cuántos metros por segundo impactando en mi mejilla. Apenas tenía 14 años, esa edad en la que ni subes ni bajas aunque lo sabes todo. Era el último día antes de las vacaciones de Semana Santa, y sobre las tres y media de la tarde corría hacía casa con el boletín de notas en el bolsillo. En él, una de esas manchas que mi padre no toleraba: una falta de asistencia injustificada. Sin embargo, estaba tranquila, estaba segura de que iban a entender por qué se había producido, con lo que no tenía por qué preocuparme.

Llegué a casa y saqué el boletín de la mochila. Mientras mi madre le echaba un vistazo y ponía cara de interrogante, mi padre se lavaba las manos antes de comer. Llegó el momento. Salió del baño y mi madre le pasó el documento. Lo miró. Me miró y me preguntó lo que yo ya sabía me iba a preguntar.

Yo, insolente, descerebrada, adolescente… Le miré y le dije: “No es una falta injustificada, estaba en la misa del miércoles de ceniza”. (En aquel entonces, no sé si por vocación o porque las niñas del colegio de monjas ligaban más que las que habíamos estudiado en el público de mi pueblo, yo era bastante ¿religiosa? y hasta con ideas bastante retrógradas robadas de las niñas pijas de mi pueblo. Jajajajaja. Me da hasta vergüenza poner esto).

¿Y?”, me dijo mi padre. “Tu obligación era ir a clase de Biología, no a misa”. Entonces, yo poseída por la rabia y la insolencia le espeté: “Sólo llegué diez minutos tarde. Lo que le pasa a la de Biología es que es una lesbiana amargada y no entiende que yo vaya a misa”.

No lo vi, solo lo sentí. Sentí el impacto, el escozor y cómo brotaban mis lágrimas de rabia. No entendía nada porque no había pasado antes. Nunca había recibido un tortazo de mi padre.

Media hora más tarde, cuando se calmó se acercó a mí y me dijo: “Quiero pedirte perdón porque no es justificable lo que acabo de hacer pero perdí los nervios. Ahora quiero que te quede clara una cosa, la condición sexual de una persona nunca es motivo de insulto porque forma parte de su libertad”.

Ese hombre nacido en un pueblo y criado de una forma tradicional en una familia religiosa me dio una lección que me ha acompañado toda mi vida y como siempre digo, gracias a mis maravillosos padres hoy soy la persona que soy, aunque a veces, muchas, no me entiendan, me llamen loca o se echen las manos a la cabeza con mis decisiones.




8 comentarios:

Anónimo dijo...

Una lección en toda regla...

Anónimo dijo...

Sin duda, una lección como una catedral. Yo creo que lo que menos esperaba era que tu padre te recriminase por eso, pero tu historia demuestra la altura de las personas. Y tu padre la tiene

Anónimo dijo...

Ma ha encantado el enfoque de esta historia. Debería ser siempre así, que fueran los adultos los que inculcasen el respeto a los demás y no el odio.

Miguelo Arencibia dijo...

Un padre puede perder los nervios ante su jefe o con el policía que le pone una multa injustificada y hasta soltarles un bofetón a ambos, si los nervios no aparecen, pero con un hijo no. No hasta ese extremo. Por loable que sea el motivo -que, en este caso, lo es-, no es nada digno de elogio ser fuerte con el débil. Hizo muy bien en pedir perdón.

mlillo88 dijo...

Gracias a todos por los comentarios. Es cierto que lo de la torta no suena muy bien pero, bueno, somos humanos y ese día mi padre fue humano. Yo no sólo aprendí esa lección, aprendí muchas más y doy gracias por tener referencias para salirme de un mundo que podría haberme abducido en un momento en el que todos somos muy vulnerables: la adolescencia.

Ainhoi dijo...

A mí el bofetón de tu padre me suena a caricia... Creo que es digno de admirar que, aun a pesar de su educación religiosa y conservadora, tuviera tan claro y en un puesto tan alto en su escala de valores lo esencial que es respetar a los demás. Enhorabuena.

Nacho dijo...

Una gran historia. Cuando salí del armario, no sé por qué, a mi madre le dio por contarlo en exceso. O al menos asi me lo parecía a mí en aquella época. Cuando ya estaba harto de que contara historias de hijos o parientes de amigas suyas que también eran gays le dije: "Mamá, no hace falta que lo vayas diciendo a todo el mundo, ¿no crees? La respuesta me dejó helado: "Cariño, aquí el único que se avergüenza de ser gay eres tú, que te quede claro". No supe qué contestar.

Octavio Caraballo dijo...

Nacho, ¿por qué no te animas y nos cuentas tu historia?. Ya sabes que el correo es octaviocaraballo@hotmail.com. Un abrazo