lunes, 21 de enero de 2013

El amor no se olvida

Javier Callero (Barcelona)

Recordó cómo se conocieron. Lo hizo mientras comprobó de reojo cómo dormía y no pudo evitar sonreírse.  A Lucio le azoraba mucho la confesión de ese primer encuentro y evitaba que Javier la hiciese pública lo cual le animaba precisamente a contarlo a la menor oportunidad. Además, había sucedido exactamente como el siempre  relataba y aunque adornaba ese primer encuentro, no había absolutamente nada de lo que avergonzarse; muy al contrario aquel encuentro “casual” había significado el comienzo de una vida plena y feliz.




En aquella época ni existían las actuales plataformas de Internet ni las cosas estaban como para salir a la calle a ligar y menos viviendo en un pueblo de apenas 200 habitantes. Las cosas, le recordaba siempre Lucio a modo de justificación, no eran fáciles. No lo era ni salir del armario ni mucho menos encontrar pareja.

Claro que él sí que estaba ya entonces fuera del armario, ¡vaya que si lo estaba! Cuando sacaban el tema en alguna cena o reunión de amigos Javier siempre repetía que Lucio hacía ya en aquella época el número 26 o 28 de la lista. A él nunca le había importado reconocer públicamente su homosexualidad y en aquel entonces vivía en la capital y se había recorrido medio mundo disfrutando de su libertad. Pero lo de Lucio era distinto. Había salido tarde, mal y a rastras. Lo había hecho cuando el peso de aceptarse tal y como era le había podido. Cuando la presión ante el riesgo de no poder vivir su propia vida le había vencido. No lo hizo a gusto ni convencido de que tomaba el mejor camino.  Aquellos primeros viajes esporádicos a la capital; aquellas llamadas a las líneas eróticas donde uno al menos podía conversar con otros y que acababan la mayoría de las veces en una mutua masturbación telefónica, eran las únicas vías de salida a su sexualidad. Mediante aquellas líneas y los primeros chats encontró a su primer amor. Pero, como repetía Javier con esa aire teatral que se daba al relatarlo, “aún no me había conocido a mí y por tanto no sabía nada de amor!”

Javier sabía además que pese a que Lucio se ponía colorado con sus confesiones públicas, aquellas en las que siempre le hacía quedar como el villano salvado por un superhéroe que lo arrebataba de una vida dedicada al onanismo, en realidad disfrutaba enormemente con sus historias. Lo veía en sus ojos. Lucio sonreía mucho con la mirada mientras mantenía impasibles las comisuras de los labios. Había que conocerlo para darse cuenta. Incluso se hacía el ofendido. Adoptaba una postura de dignidad que podía confundir. Pero no a él. Sus ojos demostraban lo feliz que era escuchando el relato de su propia vida ridiculizada en clave de humor por su único y gran amor.

Volvió a mirarlo y cuando hubo comprobado que seguía durmiendo plácidamente, se deleitó de nuevo en aquellos recuerdos. La primera vez que oyó hablar de Lucio fue de forma casual y a través de una compañera de trabajo. Fue Mercedes quién le habló por primera vez de aquel nuevo practicante en la empresa. No era nadie Mercedes para los hombres; la descripción que le hizo de Lucio no podía dejar indiferente a nadie: joven, atractivo, educado, culto…

Mercedes jugaba a menudo a ese divertimento tan femenino: una larga y pormenorizada descripción física que terminaba siempre en aquel: “y heterosexual de los pies a la cabeza” con el que ella disfrutaba cuando hablaban.

Se sirvió otra copa de vino y no pudo por más que sonreírse de nuevo recordando a Mercedes. Entre los dos se había establecido en aquella época una especie de sana competencia con los hombres y le había dejado claro desde el principio que Lucio iba a ser una presa totalmente inalcanzable para él. Además Lucio tenía oficialmente novia, una novia que nadie había visto aún, pero de la que hablaba cuando le preguntaban y que le ponía las cosas más difíciles a los dos. Bueno, a él imposibles. Lo que Javier tenía claro es que Merche iba a ir a por Lucio. Se conocían bien y el sabía detectar con su sexto sentido las intenciones de su amiga y en este caso la descripción había sido  algo más que aséptica. Fue precisamente en ese juego entre ambos, en ese presumir de trofeos, que Merche le dio la oportunidad de conocer a Lucio:

- Javi, te paso a mi nuevo compañero de oficina, tiene que comentarte un nuevo punto a incluir en el catálogo.

- Merche, eres incorregible, ¿desde cuando un practicante decide contenidos?

- Te paso, cariño.

- ¿Hola? Buenas tardes, soy Lucio, encantado de saludarte, me han hablado mucho de ti.

Aún hoy, pasados los años, el recuerdo de la impresión que le produjo aquella voz, le hacía temblar. Tal vez fuese que esperaba una voz más joven y menos profunda, la que tendría que corresponder con la edad de Lucio; o tal vez que simplemente la sorpresa de escuchar una voz cautivadora, casi de radio le hubiese cogido por sorpresa, el caso es que esa simple frase recorrió su cerebro de una forma que no lo dejó indiferente.

- ¿Hola? ¿estás ahí?

Esa sensación duró sólo un segundo y se aseguró de que su interlocutor no notase absolutamente nada oponiéndose rotundamente a incluir los contenidos que le estaba proponiendo un advenedizo que llevaba dos semanas en la empresa. Fue por tanto su primer encuentro, que no por ser telefónico le dejó indiferente, pero también su primer desacuerdo, por no decir discusión. 

Tras la breve conversación una eufórica Mercedes continuó su juego:

- ¿Qué? ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

- Bueno, está claro que no tiene ni idea; pero claro, tú con tal de echar un polvo eres capaz de hundir la empresa… ¡haced lo que os dé la gana!

- No me refería a eso, merluzo, que qué sensaciones te produce, ya me entiendes…

- Pues que tiene una voz bonita y seguro que su novia piensa lo mismo, ¿no crees?

No volvió a oír hablar de él hasta pasadas unas semanas. En realidad ni siquiera volvió a pensar en él pero como siempre Merceditas tenía que seguir paseando sus trofeos por delante de sus narices, así que lo convocó a una comida de trabajo anunciando que se traía a su becario.

- Pues tráetelo y en vez de pasarlo bien comiendo, vas a convertir la cita en algo meramente profesional y aburrido. ¿Por qué no te vienes sola y hablamos de nuestras cosas?

- Con tal de que me lleve al restaurante en su coche…además, a ver si lo emborrachamos y tenemos después algo más de lo que hablar, querido

- ¿Y que le vas a contar después a su novia? ¡Eres una descerebrada con un pene en la cabeza!

- ¡Le dijo la sartén al cazo! Además, de su novia ni noticia, ni se la ha visto, ni se la espera; para mi que este de novia….poco.

Lo que a Lucio le daba vergüenza reconocer de aquella situación, incluso pasados tantos años, era el hecho de que se inventaba novias  para ocultar su homosexualidad y lo que le ponía más rojo aún era la confesión pública de que aquella misma noche acabó en la cama con Javier, con una incrédula Mercedes intentando conciliar el sueño en el otro dormitorio…

Javier siguió recordando. Hacerlo le producía una sensación muy dulce; le gustaba jugar a recordar los tiempos tan felices que habían pasado juntos y además le distraía. Los 65 años y la consiguiente jubilación no le había sentado bien y aunque por un lado agradecía la libertad de estar todo el día en casa haraganeando, por otro echaba mucho de menos el trajín del trabajo. Había sido un trabajador incansable y muy exigente consigo mismo y con los demás. Pero ahora tenía todo el tiempo del mundo para recordar y para disfrutar de Lucio recordando su vida en común. Ese tiempo extra junto a él le mantenía activo; toda su vida había dedicado demasiadas horas al trabajo y ahora por fin tenía todo el día para dedicarlo al amor de su vida. Si lo pensaba bien, nunca habían convivido en el sentido clásico de la palabra. Demasiados viajes, demasiadas reuniones, demasiadas responsabilidades. Ambos se acostumbraron pronto a no renunciar a sus respectivas profesiones y a intentar hacerlas compatibles con su vida de pareja.

Desde el momento en que sus vidas profesionales se separaron, los dos aprendieron a mantener viva la vida en común, intentando que fuese plena aunque tuviesen que pasar largas temporadas separados el uno del otro. Ahora tenía el día entero para recuperar el tiempo perdido. Quiso incluso comenzar un diario tardío de su vida. Pensó que la mejor forma de poner en orden los recuerdos era escribiéndolos. Además sus sobrinos, los sobrinos de los dos, podrían saber de primera mano lo felices que habían sido.

Cuando pensaba en eso, le invadía un sentimiento de pena, tal vez de frustración; quizás el único de su vida en pareja. Después de la boda, o mejor dicho, después de convencer a Lucio de que se casasen cuando llevaban más de quince años de relación, él se había planteado adoptar un niño. Ambos eran profesionales de éxito y con una situación económica desahogada; sin más cargas que los restos de las hipotecas de los pisos que se habían comprado. Cada uno el suyo; cada uno en su lugar de origen. Pero Lucio no había pasado por ahí; lo de adoptar le parecía una responsabilidad demasiado grande como para dar el paso y siempre estaba la cuestión de sus trabajos, sus responsabilidades y sus viajes… Si lo pensaba fríamente, tal vez Lucio hubiese acertado con la decisión. Lucio casi siempre acertaba con las decisiones; siempre tan mesurado, tan seguro de si mismo, tan cauto y dando esa sensación de saber qué hacer en cada momento, qué camino tomar. En cambio él tan espontáneo, tan alocado, tan inseguro. En ese sentido eran como la noche y el día. Bueno, en ese sentido y en muchos más y posiblemente por eso se habían complementado tan bien.

Pese a todo no podía evitar ese sentimiento de vacío por no haber adoptado a su tiempo. Hubiese tenido o no razón. De tal manera que al final le dio pereza la idea de escribir un diario. No le vio sentido a dejar sus memorias a corazón abierto para… sus sobrinos. No era lo mismo. Los dos los querían con locura. Lucio era el padrino de dos de ellos. Él de otros dos. Se ocupaban de ellos como si fuesen sus propios hijos; pero no, no era lo mismo. 

Cuando se reunían todos con motivo de las fiestas o, antes de jubilarse, de las vacaciones de verano, los abrasaban a preguntas sobre sus vidas; una presión que aumentó a medida que fueron creciendo. Al principio sus padres les explicaban que eran marido y marido; que las parejas no se formaban exclusivamente por hombres y mujeres; que se formaban por personas, fueran del sexo que fueran. El mismo Lucio, que no destacaba precisamente por su gracejo natural para contar las cosas, se moría de risa contando cómo un día que llevaba a los niños al colegio su sobrino pequeño, el hijo de la hermana de Javier, le presentó a la maestra como “el marido hombre de mi tío Javier, hombre pero pareja”. Los niños habían crecido aceptando con una naturalidad pasmosa lo que por otro lado era lo más natural aunque no tan frecuente. Todos ellos sin excepción se habían convertido a una especie de militancia y si alguien hablaba de “maricones” o “desviados”, saltaban al unísono como el gay más radical.

Era casi la una de la mañana y Lucio continuaba con su sueño; dormía plácidamente. Se deleitó observándolo. El paso del tiempo había hecho mella en su cara, pero no le había restado belleza. Su respiración era tranquila y rítmica y Javier decidió seguir dejándose llevar por sus recuerdos y servirse otra copa de vino. Al fin y al cabo su gusto por los vinos también les había unido, pensó mientras se levantaba para ponérselo.

Su marido siempre le echaba en cara su poco conocimiento de los buenos caldos; pero no era cierto. Lo fue en su día porque él de vinos no sabía nada antes de conocerle. Pero poco a poco fue aprendiendo a disfrutar de sus aromas, sus matices, sus variedades, del resultado de una alquimia perfecta, como solían describirlo. Claro que el especialista era Lucio: le apasionaban los buenos vinos; se podía pasar horas en una vinoteca intentando descubrir caldos que después maridaba con mimo a la vez que cocinaba.

Sin apenas darse cuenta Javier notó como una lágrima rodaba por su mejilla. A estas alturas ya no sabía si lloraba de felicidad o de tristeza. O si era una mezcla de los dos sentimientos. Quería seguir recordando, seguir toda la noche haciéndolo, todo el tiempo que les quedase. 

Cuando Lucio no estaba dormido Javier dejaba brotar sus recuerdos en voz alta. El médico le había dicho que Lucio ya no era Lucio y que por tanto ya no compartían los mismos recuerdos pero él se negaba a aceptarlo. Le hablaba al oído y de esa forma juntos recordaban su vida en común. Era una terapia para los dos y Javier estaba seguro que de alguna forma Lucio le seguía en sus recuerdos, aunque no fuese capaz ya de identificarse como el protagonista de esa vida. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, mientras le contaba pasajes determinados de sus vidas, Javier veía en Lucio esa sonrisa en la mirada que tanto le había cautivado. Mantenía serias las comisuras de los labios, exactamente igual que lo hacía cuando confesaba en público a sus amigos cómo se habían conocido. Cuando veía esa sonrisa, ese chispazo de alegría en sus ojos, Javier le hablaba horas y horas del mismo episodio, pero el brillo se perdía de nuevo y entonces Javier hablaba para sí mismo, para no olvidar su vida junto a él, junto a su gran amor y pensaba que por mucho que le dijesen los médicos, Lucio no podía haber olvidado el amor porque, se repetía, el amor no se olvida.

Mi tío Lucio falleció de Alzheimer a los pocos meses y Javier se dedicó por fin a recopilar todos los recuerdos que le venían a la mente de 43 años de vida en común. Dejó de importarle quién los leería. Sabía que una persona no muere mientras se la recuerda y quería que todo el mundo supiese de su amor para que éste tampoco se olvidara porque, repetía, el amor no se olvida.

Yo soy ese niño que presentó a Lucio a su maestra como “el marido hombre de mi tío Javier, hombre pero pareja” Junto a ellos aprendí no sólo a respetar y ser respetado sino, sobre todo, a amar y ser amado.



11 comentarios:

Anónimo dijo...

Una historia muy bonita, muy tierna, muy triste. Gracias

Anónimo dijo...

por favor, que bonito, he llorado leyendolo, gracias

Anónimo dijo...

Muy triste, pero una historia muy bonita de amor de esas que casi no existen

Anónimo dijo...

Todavía estoy llorando, llevo toda una vida identificandome con historias románticas heterosexuales, y en este relato se me encanta descubrir como el amor se mantiene inalterable, entre dos hombres, a pesar del paso del tiempo.

Anónimo dijo...

Muy bonita historia, muy linda experiencia de vida, el amor queda tatuado en el corazón de quien lo vive..

Solete dijo...

Casi no he podido terminar de leerlo, las lagrimas me lo impedían, ¿este relato es real? He creído entender que sí... Bonita y triste historia de amor ¿dónde está ese tipo de amor? El amor con mayúsculas ¿dónde se encuentra?

Anónimo dijo...

que historia tan maravillosa.....................

Anónimo dijo...

yo conozco a los protagosnitas y te puedo jurar que es amor del de verdad. los quiero

Anónimo dijo...

Me recuerda a la película: "El diario de Noa"

Anónimo dijo...

No sé si será o no el diario de noa, pero es una historia que te hace pensar y reflexionar sobre el amor y sobre el valor de la pareja. Gracias

Anónimo dijo...

Es precioso.!!!! Sin palabras..!!