sábado, 30 de marzo de 2013

Blanco, negro

Juan Cortázar (Buenos Aires, Argentina)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"
I

Lo veo pasar detrás de mi amiga, por la calle que está a espaldas de la Municipalidad y apenas a una cuadra de la plaza de Armas, en pleno centro de Lima. Converso con ella sobre la reunión de la que acabamos de salir, mientras tomamos un café en la terraza del Tanta. Aunque la sigo escuchando, acomodo la postura de mi cabeza para ver al muchacho entre las aberturas del seto que nos separa de la calle. ¿Por qué me ha llamado la atención? La cámara. Tiene una cámara profesional en la mano. Camiseta negra de manga corta, jeans negros, zapatillas, con una barba rala, negra también. No es turista, tiene pinta de un limeño clasemediero cualquiera, pero deambula con una cámara profesional por el centro de Lima, tomando fotos. Eso es interesante.

Ella enciende un cigarro, pregunta si yo quiero uno, no, ahora no, gracias, él toma fotos de la entrada del restaurante, ¿será para alguna publicidad?, se esfuerza con las tomas, estira su cuerpo, ya de por sí largo, tensa los brazos para no perder el encuadre que supongo ha logrado. Debe ser estudiante de fotografía. Cruza la calle hacia la acera en que estamos nosotros, voltea y por uno de los espacios libres entre el seto me mira, ¿es así o su vista se cruza de casualidad con la mía?, sí, es simple azar, él no se había dado cuenta de mi presencia, aunque yo ya estaba pendiente de él. Pasa indiferente, pero al instante voltea en la siguiente abertura, le sigo con la mirada mientras mi amiga continúa hablando sabe dios sobre qué, en los ojos del muchacho hay una duda, ¿me está mirando este tipo?, debe estarse preguntando. Para salir de dudas, creo, gira sobre sus pasos y retorna pegado al seto, atisba por una abertura y comprueba que sí, sigo mirándolo. Trastabilla un poco, hace disparos con la cámara y se queda cerca, en la callecita.

¿Será un proyecto para su universidad o escuela? El viejo centro de Lima es un maravilloso objeto para un ensayo fotográfico, por cierto. La plaza cuadrada frente a la Municipalidad, con una pileta de tiempos del virrey Toledo, iglesias con tallas primorosas en piedra, palacios coloniales con relucientes maderas, bueno, eso en aquellas zonas que se ha conseguido recuperar, por supuesto, porque estos prodigios hay que buscarlos en medio de tanto solar cayéndose de tugurizado, plazuelas abandonadas, esquinas convertidas en urinarios. Ésa es la Lima que este muchacho retrata y  entre foto y foto mira hacia donde estoy yo, ¿me busca?, pareciera que sí, ¿le interesaré?

Pago la cuenta de los cafés, yo invito, digo. Luego de esperar al mozo con el vuelto salimos rumbo a la plaza de Armas. El muchacho continúa tomando fotos a la gente, ahora a ese monumento extraño, una enorme piedra (monolito es el término oficial) que puso un alcalde en el cruce de las dos calles para homenajear al último gobernante nativo del valle. Siempre he considerado que es un monumento inadecuado, críptico, a él -por el contrario- pareciera fascinarle. A cada toma intercala miradas cada vez más directas conmigo. Le miro con fijeza también, pero sin que mi amiga se dé cuenta. He perfeccionado la técnica, aprendiendo a mirar de tal forma que el otro se dé cuenta mientras los demás alrededor no perciben nada. Así, de manera solapada, puedo decirle a ese chico que me interesa. Él responde, creo, con esas miradas furtivas, rápidas, que han pasado en este breve tiempo de una pregunta -¿qué quiere este tipo?– a una inteligencia, al entendimiento de mis intenciones. ¿Cómo lo sé? No estoy seguro, pero cuando la mirada encierra una pregunta el negro de la pupila pareciera temblar con la duda o la sorpresa, brilla, es un negro digamos que huidizo, punzante; en el momento en que el otro entiende y sigue el juego, en cambio, el negro se torna sólido, mate, rotundo, con la llaneza de quien gana equilibrio sobre los pies y puede entonces pasar de la duda a la invitación, a dejarse invitar e, incluso, a acechar. 

Parece que sí quiere, pienso mientras mi amiga y yo nos alejamos del absurdo monumento caminando bajo los arcos de la municipalidad. De rato en rato volteo con aire de casualidad, quiero estar seguro de que el fotógrafo siga pendiente de mí, pero no, veo con frustración que se concentra en su arte. ¿Se olvidó de mí? ¡Mierda!, seguro cree que ella es mi enamorada y ve en mí a uno de esos tipos que andan por ahí deseando hombres sin poder acercarse a ellos. Vamos, ven conmigo en bus, invita mi amiga. Yo no había pensado en irme, sino en volver atrás, donde él sigue con las fotos. ¿Tendrá unos veinticinco?, ¿dónde estudiará? Le observo, delgado, alto, un cuerpo de carnes apretadas, piel mestiza, pelo negro, no es guapo de cara, ni musculoso, no, es interesante nada más, con aire de intelectual o de artista. ¿En bus hasta Miraflores?, de ninguna manera, contesto a mi amiga. ¿Dónde llevaría al muchacho?, surge en mí la pregunta y con ella la visión del goce al alcance –creo– de la mano. A algún motelito del centro de Lima, pienso, y en el acto lo imagino desnudándose en la pieza pequeña, la camiseta junto al jean, negros los dos,  formando un bulto al lado de la cama dura, con la sábana tiesa de tantas lavadas, un foquito de luz triste, su cuerpo delgado, trigueño, con un pene duro y largo (¿por qué largo?, ¿porque su cuerpo es así también?) que me hace gozar mientras empuja dentro mío, sin demasiada fuerza, con ternura más bien.

¿Qué harás ahora entonces? Pregunta mi amiga, voy al Virrey un rato, contesto señalando la librería de la esquina, mientras la idea de regresar a rondar al joven fotógrafo despierta ese conocido resquemor en la entrepierna, quiero ver unos libros más, añado como excusa. Ella se despide sin mayor complicación y  camina rumbo al Jirón de la Unión, mientras yo sigo pensando que el muchacho hace el amor con ternura, no con fuerza sino con dulzura y cuidado de artista. ¿Será tímido? El negro profundo de su mirada luego del desconcierto inicial no sugiere vergüenza o vacilación. Seguro él también quiere.

Sé cuál es el siguiente paso: hacerme el encontradizo, hablarle, o sonreírle primero, le preguntaría entonces ¿qué haces?, ¿por qué tanta foto?, él se haría el sobresaltado, el que no advirtió mi presencia antes, estudio artes visuales y ésta es una tarea, contestaría, buena idea tomar el centro de Lima, le diría yo, ¿te parece?, preguntaría él un poco inseguro, trato de captar a la gente en el espacio que ocupan en su vida cotidiana, no estudié fotografía, explicaría yo entonces, aunque tengo un cámara igual que la tuya, ¿sí?, diría él interesado, ¿y tomas fotos?, a veces, le contestaría, nunca pude aprender bien. Y es ahí donde uno de los dos debe avanzar con decisión, pronunciando la frase que nos permita desviarnos de las fotos y de la Lima colonial, enrumbándonos hacia aquello que deseamos del otro. Si fuera él, debiera decir algo como: ¿quieres ver mis fotos?  Si, en cambio, yo diera el paso, tal vez debiera sugerir: podrías enseñarme a usar bien la cámara... En ambos casos nos iríamos a algún café, al Cordano tal vez, cruzando la plaza y a la vuelta de Palacio. Entonces, lo del motelito ocurriría, sin duda, luego de que al manipular la cámara nuestras manos se rozaran. Se nos erizaría el cuerpo y alguno diría un cumplido cualquiera: tienes unos ojos negros hermosos, o es linda tu mirada, o –tal vez– qué bellas son tus manos, o algo así. Me gustas, es la frase siguiente, y tú a mí, responderá el otro. Conozco un lugar por aquí cerca, diría él si es que todo esto ocurre, tiene ganas de mí y de verdad conoce un sitio. Podemos buscar algo cerca para estar juntos, si quieres, diría yo en caso él no avance. Buscaríamos el lugar. Ocurriría lo de la ropa y el sexo con ternura, pienso mientras siento con urgencia ese calor en la entrepierna.

En el motel, desnudos, amándonos durante una o dos horas. Pero esta él, me espera en Buenos Aires, en nuestro departamento, pienso mientras camino inquieto bajo los arcos, de regreso hacia la esquina donde el muchacho sigue con las fotos. Él aguarda mi vuelta a nuestra vida juntos. No va a notar nada, argumento con cierto fastidio, el sexo no deja marcas en el cuerpo –dejarse morder está siempre fuera de lugar– y no habrá nada que pueda detectar. Llego al cruce, el chico sigue fotografiando la roca-monumento, parece no advertir que estoy ahí por él. Con la duda adentro, las imágenes del motel, la ropa negra al lado, el foco triste, se desdibujan. ¿Estaría bien? Un poco cabreado paso de largo y sigo hacia El Virrey, volteo a ver si él se fija en mí. Bastaría una nueva conexión, que tire de mi mirada una vez más, para que yo decidiera hablarle, entonces la lección de fotos, el Cordano y el motel, todo eso sucedería. Repaso los libros de la vitrina, que ofrecen un puerto seguro para descansar un momento a salvo de la confusión. ¿Quiero que suceda?, la entrepierna, el cuerpo entero, dice que sí. Pero algo no tan conciso y urgente como el cuerpo, algo intangible aunque persistente me hace pensar en él, esperando en Buenos Aires.

Dejo atrás la vitrina, camino hacia el cruce donde está el monumento. Él sigue concentrado en sus fotos, ¿se le pasaron las ganas?, de repente es straight y le sorprendió que un hombre lo mire así, nada más, quién sabe. ¿Intento?, ¿me acerco o no? De pie a unos pocos pasos de él, finjo estar leyendo mensajes en la  blackberry (no hay ninguno nuevo) y dejo pasar el tiempo a ver si él hace algún movimiento, si repite una de esas miradas. Pero no se repiten. ¿Qué hago?, ¿lo dejo en paz? La entrepierna exige y reclama, aunque ya no tiene el poder de hace un rato atrás.

Camino de regreso hacia la plaza, otra vez bajo los arcos, ¿habrá volteado?, tal vez está al tanto de todo -recapacito aturdido- y ha entrado al juego mientras yo estoy aquí, dejando pasar la oportunidad. Sé que puedo voltear para salir de las dudas. ¿Y si descubro que está mirándome?, ¿iré a su encuentro?, por supuesto, sé que si veo interés en sus ojos caminaré hacia él y entonces todo ocurrirá. Y por eso, justamente por eso, porque todo sucedería tal como he deseado, no volteo, no miro, sigo poniendo distancia, llego a la plaza –me siento liviano-   y tomo un taxi.

II

Tomo el subte en la estación Palermo rumbo a Catedral, en el microcentro. Retorné de Lima en la madrugada y ahora voy hacia la oficina. Reviso Clarín en la blackberry, una manera de sacarle provecho a los veinte minutos de viaje, enterándome de las ocurrencias políticas al vaivén del tren. En eso mi vista captura la imagen de un hombre que entra al vagón, a unos metros de mí. Tendrá unos treinta años, el suéter blanco que lleva encima es muy ajustado, casi parece una malla. Tiene un cuerpo bien trabajado, perfecto (el jean celeste suelto no dejan ver sus piernas, una lástima). Es obvio que debe dedicar mucho tiempo al gimnasio, pero no tiene los músculos hinchados y con apariencia de cartón piedra como los físico-culturistas, sino desarrollados en ese punto exacto en que resultan bien formados, tensos y elásticos a la vez. Su torso envuelto en el suéter blanco es una visión apabullante, imposible de ignorar, y como el coche no va lleno (es medio día) puedo clavarle los ojos sin demasiado estorbo. Bajo la tela blanca se adivina una camiseta de mangas muy cortas, el borde de cada manga marca justo esa hendidura donde termina el hombro y comienza el bíceps, ese punto que me mata. La camiseta y el suéter terminan justo en su cintura, ahí donde está el cinturón ancho, de modo que cuando sube un brazo para asirse de una barra ambas prendas se alzan también, anunciando algo de su desnudez.

Las noticias se enredan en mi cabeza. Recorro ese cuerpo palmo a palmo, conforme cada músculo se tensa con el vaivén del tren, al cambiar el brazo con el cual se aferra del tubo, cuando cede el paso a alguien. Tiene piel blanca, pelo corto muy rubio, no es que tenga cara de idiota, pero sus facciones no invitan a pensar en alguien inteligente o interesante. A fin de cuentas, pienso, alguien que dedica al menos tres horas diarias al gimnasio no debe tener mucho tiempo para cultivar sus aptitudes culturales o intelectuales. ¿Será un prejuicio? Qué importa, gracias a esas horas el tipo resulta deseable, arrasador. Trato de no ser evidente, disimulo mis miradas con la lectura de las noticias: más especulaciones sobre si la presidenta será candidata o no, todo gira alrededor de eso aquí.

Él se da cuenta de todo, de las ganas con que lo recorro. Evita hacer contacto con mis ojos, sin embargo, se sabe mirado. ¿Se sentirá incómodo?, imposible, si mantiene un cuerpo así y usa ropa tan ajustada es con la intención de mostrarse, de ser admirado. ¿Le excitará exhibirse? Por supuesto, a todos nos calienta ser mirados, y con un cuerpo así debe calentar el doble. Corroboro mis cavilaciones al ver que se mueve casi posando: cambia el brazo del cual se sostiene de la barra e hincha el bíceps, luego tensa el tríceps mientras aparenta buscar algo en el bolsillo del pantalón, llama la atención sobre sus pectorales al ajustar la correa que le cruza el pecho, de la cual cuelga un bolso de cuero, cede el paso tomando una barra con los dos brazos extendidos, echándome encima la visión de sus dorsales desplegados. Disfruto cada flexión de un músculo, la marca de la manga de la camiseta donde termina el hombro, todo. Y entonces el resquemor entre las piernas reclama su lugar.

Si va hasta la estación final igual que yo, bajaremos del vagón en un par de estaciones más –ésta debe ser Callao o Tribunales-, es posible que nos topemos en la salida, que nos miremos entendiéndonos. ¿Dónde nos iríamos? A alguno de los tantos saunas del microcentro, supongo.  Nos quitaríamos la ropa en los vestidores, poniéndose cada uno su toalla blanca a la cintura. Tenerlo en frente mientras se desnuda, ver de modo fugaz su sexo ancho y grande (¿por qué ancho y grande?, ¿porque es fornido?), eso me pondría muy duro. Entraríamos a alguna de las salas de sauna (¿vapor o sauna seca?), aunque no sé si yo podría aguantar las ganas de ir derecho hacia alguno de los cuartitos privados que sin duda, como en cualquier sauna, deberá haber. Pero esperemos un rato, tal vez valga la pena prolongar la situación, a fin de cuentas –fantaseo– ver ese cuerpo cubriéndose de gotitas en el sauna y brillar mojado debe ser un espectáculo prodigioso, poder tocar su piel cubierta de sudor, un placer imperdible.

Algo de conversación tendría que haber mientras estamos en el sauna (el seco, pues en el húmedo se empañan mis anteojos con el vapor y no veo nada…  sí pues, entro a los saunas con anteojos, de lo contrario no disfruto el show). ¿A qué te dedicas?, preguntaría probablemente él. Veo que vas mucho al gimnasio, diría yo si tuviera que iniciar la charla, directo al punto. Él se reiría al entender el mensaje: quiero tu cuerpo. ¿Vienes mucho a este lugar?, sería otro comienzo, más neutro. De repente atraviesa por mi cabeza un asunto en el cual no reparé antes: ¿cómo se me verá al lado suyo?, ¿le gustaré desnudo? No soy feo, hago ejercicio en el gimnasio del edificio tres veces por semana, me miran por la calle a veces y en la disco con frecuencia, pero aun así no soy nada a su lado. Nada que ver, razono, si pretendiera tirarse únicamente hombres regios como él no habría hecho esa exhibición en el subte, ni hubiera entablado conversación a la salida de la estación, ni estaríamos entonces en el sauna, pienso como si algo de todo eso hubiera ocurrido. Pero puede ocurrir, puede.

El vagón se detiene en la siguiente estación. Parece no fijarse en mí, aunque sé que lo hace cuando estoy recluido en la blackberry. Reconozco esa mirada a un punto muerto, ficticia, que pone al sentir mis ojos encima suyo, aparentando no darse cuenta de nada. Sabes que te estoy viendo, le digo en silencio, sabes que matas. Luego del sauna seco subiríamos a alguno de los cuartitos (¿por qué subimos?, ¿acaso las cabinas están siempre arriba?), las toallas blancas quedarían botadas en el piso, con la excitación ni sentiríamos el calor pegajoso del plástico horrible de la colchoneta, ¿tenemos condones?, claro, se compran siempre al entrar. Él se extendería boca arriba, yo -encima suyo- perdería casi la conciencia al ver sus bíceps crecer mientras tiene los brazos extendidos, no, mejor tras la nuca, esa pose es mi preferida. Inclinado sobre él recorrería con cada mano esos bíceps, el pecho. Él, debajo, seguiría empujando con mucha fuerza, abriéndome, luego del dolor inicial el placer inmenso. No habría ternura, sino fuerza, virilidad, algo de brutalidad, me dejaría usar a su antojo. Frena el tren, una estación más y estamos en Catedral.

Pero él está aquí. Vivimos juntos en Buenos Aires. Ya sé que no notaría nada, el sexo no deja marcas. Sería complicado que llamara al celular o a la oficina mientras yo esté en el sauna, ¿cuánto tiempo nos tomaría?, ¿una hora?, ¿menos?, con un tipo así esto debe ser rápido. Alguna excusa puedo inventar: una reunión, salí y olvidé el celular, cualquier cosa.

El tren para en Catedral, hora de salir. Baja la gente, yo aguardo a que el vagón se vacíe un poco. Él hace igual. Bajamos por puertas diferentes, hay tres filas, dos conducen a la escalera eléctrica, la tercera a la escalera fija. Me dirijo a ésta mientras veo –con frustración– que él se ubica en una de las que llevan a la escalera móvil. Bueno, pienso, a veces se gana, a veces se pierde. Al menos tendré el premio consuelo de ver ese cuerpo apabullante alejarse por la escalera eléctrica. De repente veo que sale de su fila y se dirige hacia la mía. ¿Cambió de línea a propósito o se equivocó de escalera antes? Debo corresponder, decido, y aminoro el paso de manera visible, así notará mi respuesta, claro, si es que está atento... sí debe estarlo, pienso dándome ánimo mientras el cosquilleo de la entrepierna se intensifica. Él –parece experimentado– termina caminando justo detrás de mí. Empujo la reja de la salida de emergencia, él pasa por el molinete, ya estamos subiendo la escalera, hombro contra hombro. Increíble, está a mi lado. Termina la escala, el pasillo se bifurca, nueva oportunidad de separarnos. Pero no, gira a la izquierda igual que yo.  Está a mi lado, siento sus pasos, percibo el blanco de su suéter. Bastaría una ligera desviación de los ojos, voltear mínimamente la cara, y nos encontraríamos frente a frente. ¿Eso quiero? Se agolpan en mi imaginación el sauna, sus bíceps, el forcejeo de nuestros cuerpos sudando, el vapor, las inmensas ganas que tengo. El cosquilleo ya es ardor. Y al mismo tiempo sé que por la  noche él me esperará, o yo a él, según quien llegue primero a casa. Eso también se me agolpa dentro.

Acelero la marcha apenas, él camina un par de pasos atrás mío. Me hago el distraído con la blackberry mientras tomo la escalinata que da a Florida. ¿Seguirá atrás? Sí, debe estar ahí, a menos que haya vuelto a sumergirse en el subte del otro lado del andén, aunque eso no tiene sentido: nadie llega hasta la estación final para tomar el tren de regreso al instante. ¿Estará subiendo la escalera detrás mío?, no estoy seguro. Doy mis primeros pasos sobre la calle, ¿volteo? Sé que si giro deberé abordarlo o entregarme, aquello que ocurra primero. Esto parece un combate, un duelo, una coreografía. Ya he caminado unos cinco metros por la calle con dirección a Rivadavia. ¿Vendrá detrás? Si es así y volteo, entonces el sauna, las toallas, la charla en medio del vapor, el cubículo de arriba y el colchón de plástico, todo eso sin duda ocurrirá. Pero no volteo, sigo recto y doblo en la esquina a la derecha, rumbo a Esmeralda. ¿Hasta dónde me habrá seguido?, ¿se cansó de andar tras mío al salir del subte?, ¿o en realidad nunca quiso hacerlo y fue una casualidad que coincidiéramos en el rumbo hacia Florida? Quién sabe, ya no importa.

III

Domingo, media mañana se ha ido ya, estiro el cuerpo, relajado sobre nuestra cama. Hicimos el amor recién despertamos, con fuerza y ternura a la vez. Con cada posición elegí un lugar distinto al cual volamos de inmediato: estamos en un sauna, tocándonos en medio del vapor, o sobre las reposeras con gente alrededor,  a lo mejor –más atrevidos– en la disco, en la oscuridad del baile, o (total, así son las fantasías) sobre el mostrador de la barra. Un hotelito de mala muerte no está nada mal cuando nos imagino apurados, incógnitos, desconocidos. También puedo ser romántico y entonces volamos a una playa lejana, desnudos entre la arena y el mar azul, o a una cabañita en las montañas, bajo una gruesa frazada desde la cual divisamos la nieve en las cumbres si hay  tiempo de sacar la cabeza de entre las sábanas. Con cada cambio de lugar, una nueva escena, una historia distinta, la que más me guste para explorar su cuerpo, para que se adueñe del mío. Hay espera e incertidumbre, hay sorpresa y combate, también conocimiento, entrega, confianza y ese sueñito tan pero tan rico que me entra las mañanas de domingo después de hacer el amor con el hombre que amo.







3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un relato maravilloso, aunque el final... No sé, la historia es magnífica, pero el giro que da al final lo ensombrece

Anónimo dijo...

Cúantas veces me he hecho yo las mismas ilusiones y los mismos sueños antes de lanzarme al ruedo (en el caso de que lo haga). Las fantasías sexuales y lo que podría suceder da para una novela en el caso de mi vida

Love dijo...

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