martes, 26 de marzo de 2013

A veces olvido las luces

Rocío Díaz Gómez  (Madrid, España)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Reconocí a Marcelo en uno de esos cuartos oscuros de Chueca. Al trasluz descubrí su perfil recortándose en el umbral, envuelto en ese olor difuso a naranjas que le hace inconfundible. Y nada más hacerlo me dije que esta vez ya era para mí. Esta vez sí, después de tanto tiempo.

Intenté acercarme a él en cuánto le vi entrar en el cuarto. Le busqué entre las sombras que con deseo se abrazaban y antes de que nadie se fijara en él, antes de que nadie se le aproximara me coloqué a su espalda acariciando desde atrás su áspero cuello con mis labios muy despacio. Su pecho, su ombligo, su culo respingón respondieron a mi caricia.

Para mí. Solo para mí. Al fin.

Entre estremecimiento y estremecimiento alcanzamos a presentarnos.

A Marcelo yo ya le conocía. De chaval todos los viernes me empeñaba en ir con mi hermana al mercado del barrio a hacer la compra. A ella le gustaba que al llegar del Instituto mi madre le tuviese el carrito en la puerta con la lista preparada. Enseguida tiraba la mochila a un rincón, preparaba el carro y cogía el papel buscando entre los botes de tomate y la carne picada si estaba apuntada la palabra “zanahoria”. Mi madre siempre empezaba la lista de cada puesto por la letra z. De la carnicería escogía como primera palabra los “zarajos”, de la frutería la palabra elegida era “zanahoria”. Decía que andar y desandar el abecedario mentalmente le ayudaba a mantener ágil la cabeza. Iba rastreando el abecedario letra por letra mientras iba pensando la lista de la compra, para una escritora frustrada como ella esa pequeña lista de alimentos era todo lo que el poco tiempo libre que tenía, le permitía escribir.

El caso es que mi hermana se moría por ver escrita la palabra “zanahoria”, eso significaba que había que ir al puesto de frutas y verduras, significaba ver al frutero, hablar, dirigirse a él y lo que era mejor, infinitamente mejor, que él solo tuviera ojos para ella. Solo para ella mientras le hacía papiroflexia de cucuruchos de papel de estraza, le piropeaba, le pesaba y le ponía un kilo de esto y de lo otro entre sonrisas y amables palabras. Aquello de ¿...y que más corazón? era el “ábrete sésamo” de la puerta de su felicidad. Si había zanahorias, había puesto, había frutero, había felicidad. Tan sencillo como esto. Y kilo a kilo mi pobre hermana se había ido enamorando como una burra de Marcelo el del puesto.

Y yo que quería muchísimo a mi hermana presenciaba su derretimiento entre las naranjas y los plátanos. Yo que me empeñaba en ir con ella con la excusa de ayudarla con el carro. Nunca imaginó nadie mejor hermano, que con catorce años quisiera ir a la compra con su hermana. Nunca nadie imaginó mejor hija a la que no se le podía dar mayor alegría que mandarla a la compra. Curiosa familia la nuestra. Nunca para ninguna ha significado tanto el mercado.

Pero es que en realidad a mí me gustaba tanto o más Marcelo que a ella, tanto o más. Con mi incipiente bigote de casi quince, mis axilas que se iban oscureciendo, mi voz que se agravaba por momentos yo también me moría por Marcelo el frutero, me moría porque me mirara y se diera cuenta de que estaba al otro lado de aquel carro, haciendo guardia, contemplándole. Todas mis pajas, todas, se las brindaba a él.

Jamás se lo conté a nadie, y menos que a nadie podía contárselo a mi hermana. Estaba enamorado, sabía como me sentía y podía imaginar cómo se sentía ella. No solo es que me gustaran otros chicos, es que me perdía por el mismo chico que mi hermana del alma. Nadie podía tener peor suerte. A principios de los ochenta aún no estaba la vida como para andar haciendo este tipo de confidencias por nuestro querido barrio.

 Pero necesitaba compartir esas sensaciones, ese sentimiento, y nos llevábamos tan bien, que yo quería contarlo, quería hablar de ello, como los mejores amigos, los mejores hermanos. Así que inventé a otra persona, inventé un amor, y qué más cerca que inventarse una frutera. En la planta de abajo del mercado había otra frutería donde la gente hacía cola todos los viernes, así que mientras mi hermana compraba el pescado yo le decía que me bajaba abajo a ver a mi frutera, aunque la verdad es que me salía un rato fuera, donde entre dos coches aparcados me fumaba a escondidas un cigarro para calmar la ansiedad que me provocaba Marcelo. No acababa yo de comprenderme, no me gustaba mucho lo que descubría en mí. Benditas caladas. Benditas.

El viernes que fuimos al puesto y no le encontramos, mi hermana y yo posicionados ambos a los lados de aquel carro y casi a la vez preguntamos por él a la señora que intentó despacharnos. Mientras nos decía que su Marcelo, “su”, ya no despacharía allí más, nuestros corazones se rompían en mil gajos que se abrían como los de una de aquellas naranjas que él ya no nos pesaría más diciéndole a mi hermana ¿Y qué más corazón?

Lo que pudimos llorar juntos, ella por Marcelo, y yo en mi superficie por ella, pero en mi interior por Marcelo, también. Y la de caladas que dimos, la de cigarros comprados sueltos que pudimos fumar, entre los coches y a escondidas, tragándonos con el humo las lágrimas por aquel amor que hacía cucuruchos de papel de estraza. Aquella mujer nos había dicho que ya no volvería a trabajar en nuestro barrio. No vendría más. Jamás. Aquello se nos antojaba lo peor del mundo, lo peor. Nos obligamos poco a poco a ir perdiéndole el gustillo al mercado y dejamos de ser la hija modelo y el hermano modelo y las tardes de los viernes fueron perdiendo su alegre color naranja porque ya no buscábamos zanahorias en la lista de la compra.

Y fuimos creciendo.

Y creciendo.

Creciendo.

Mi hermana se echó un noviete y luego otro hasta que encontró un dependiente de ultramarinos que le robó definitivamente la voluntad entre botes de berenjenas y bacalao. Estaba claro que los sentimientos de mi hermana siempre tuvieron cierto gustillo mercantil.

Yo intenté echarme una novia y luego otra, hasta que confirme definitivamente que aquello no era lo mío, como en el fondo siempre supe, cuando desde el otro lado de aquel puesto de frutas del mercado del barrio, yo esperaba una miradita de Marcelo. Solo una. Y como ya no eran los ochenta, en los paréntesis entre novio y novio me perdía por un Chueca alegre y juguetón que me “entendía”.

Reconocí a Marcelo en uno de esos cuartos oscuros de Chueca. Al trasluz descubrí su perfil recortándose en el umbral, envuelto en ese olor difuso a naranjas que le hace inconfundible. Sobre el olor a lejía, sobre el resto de los olores, llegó ese aroma dulzón a cítrico con el que había soñado tanto. Y nada más hacerlo me dije que esta vez no se me escapaba, esta vez ya era para mí.

A veces, solo a veces, los sueños se cumplen. Durante mucho tiempo no pude creer que le tuviera tan cerca, tanto, que en el hueco de su cuello podía distraer el paso del tiempo aspirando ese aroma a frutas y adolescencia.

Marcelo a mí no me reconoce. Nunca ha reconocido en mí a aquel chaval que acompañaba a su hermana. Han pasado bastantes años sobre aquel mercado de barrio, sobre aquellas tardes de viernes pidiendo la vez para que nos regalara un poquito de caso, como quien pide un poquito de perejil. Nunca se lo he dicho, como tampoco él me ha dicho que había estado casado o que quizás aún lo esté ¿Quién sabe? Tampoco se lo he dicho a mi hermana ¿Para qué? ella es feliz con su dependiente de la tienda de ultramarinos y sus chavales de ojos redondos como gordas aceitunas negras.

Marcelo no sabe que yo le he inventado un presente de frutero sin cargas familiares en un hipermercado de barrio bien, como un día lejano le travestí de frutera; he inventado que vivimos una relación donde junto a las caricias vamos pesando los secretos y los silencios, envolviendo todo en cucuruchos de papel de estraza que solo veo yo.

Marcelo cree que nos conocimos en un cuarto oscuro, piensa que por eso de vez en cuando olvido las luces, como un homenaje a los principios de nuestra relación, una especie de ritual de aniversario. No sabe que a oscuras aspiro sin remedio el inconfundible olor a naranjas que guarda su piel para mí desde siempre.