domingo, 24 de marzo de 2013

Breviario de cuerpos

Benito Pastoriza Iyodo (Florida, Estados Unidos)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Me miro ante el espejo y descubro un rostro que no conozco.  ¿Cómo fue posible que toda esa elaborada belleza haya desaparecido en el transcurso de una noche?  Con espanto crítico se revelan ante mí unas ojeras azules y profundas que enmarcan estos ojos de pájaro azorado. El fino delineador, el rímel, la sombra azul, todo se ha vuelto un charco de colores oscuros, donde apenas se asoman unos ojos lagrimosos invadidos de  capilares rojos a punto de estallar.  El labio inferior, descolorido y seco, me tiembla con la rapidez de aquél que sufre escalofríos en invierno.  Trato de morderlo para apaciguar el llanto, pero en vano el intento, porque el sollozo se revienta en mi boca, dando alaridos que no puedo contener.

En esta desesperante angustia, quiero agarrarme de los cabellos y tirar de ellos hasta sangrar, pero me desenmascaro con la verdad de que la frondosa cabellera de anoche es ahora una peluca entre mis manos y la prematura calvicie muestra estas cejas despintadas, donde el sudor ha surcado canales que llegan hasta las mejillas hinchadas.  ¿Cómo es posible este esperpento, si anoche fui la envidia de las amigas, el centro de todos los cumplidos?  Y ahora heme aquí, más atropellada que víctima de incendio, terremoto, huracán o todo combinado, adolorida, arrastrada hasta este infernal espejo donde arreglo cuentas conmigo misma, con la vida, donde veo esta cara que rehúso mirar y me niego a sentir este cuerpo tajado de cicatrices recientes, golpeado y apaleado como si la muerte lo esperase a la vuelta de la esquina. 

¿Dónde estoy yo, Maritza la siempre bella, la perfumada, la dueña de la esquina y la noche?  Te busco en este maldito espejo y no te encuentro, te desmaquillo y no estás ahí, sólo veo este espantapájaros de ser, esta sombra de sombras que no es Maritza de la noche.  Y voy urdiendo en la memoria hasta recordar el mundo que construí, esa verdad que habíamos creado para poder sobrevivir. 

Todo comenzaba con el régimen de nuestra estética, aquello que nos hacía bellas, espléndidas, listas para la nocturna ronda.  A la hora de ponernos el maquillaje siempre nos divertíamos mucho la Lucy y yo.  Ella más negra que la noche, le daba con pintarse con afeites de niña blanca, de tonos rosados como si fuera de quinceañera.  Yo lógico, le recriminaba que se dejara de complejos, que íbamos a putear, no a desfilar en Casa España.  Ella se hacía la tonta y continuaba sombreándose con su pink translucent eyeshadow.  Se colocaba todas las cremas y polvos con el delicado esmero de una cosmetóloga profesional mientras cantaba rancheras a lo Rocío Dúrcal.  Después de una ardua hora frente al espejo, quedaba yo regia, como para levantar el primer macho que se me cruzara en el camino.  Pero no, me tenía que revestir de paciencia y remover la falsa máscara blanca de Lucy para transformarla en una diosa africana.  Ella sí que era toda una mujer.  En cuestión de minutos y con poco maquillaje se vislumbraba la diferencia inmediatamente. 

Condená, tú sí que naciste para ser mujer.  Con esa carita de ángel y ese cuerpo de guitarra no hay mujer que se te pare al lado.  Papá Dios se equivocó solamente en el pipí. Y ahora que tu raza está de moda…no joda.

Ay querida, pero si el color no me ayuda. . .

No seas pendeja.  ¿Para qué tú quieres ser blanca?  A ver... Si las blancas nos arrugamos más rápido que una pasa y a la primera enfermedad que nos da, parece que nos llevó la muerte.  Tu tranquila con la cuestión del color, que tú siempre eres la primera en hacer el levante, conque tranquila, ¿ok? 

Aquellos vestidos que vimos en ELLE y que luego nosotras mismas  confeccionamos resultaron perfectos.  Mi querida Lucy, siempre soñaste con vestir de vampiresa inocente y aquel conjunto negro se ceñía a tu esbelto cuerpo de guitarra como una segunda piel.  Qué clase, qué estilo tenías al caminar.  Bien que parecías un cisne flotando en un lago tranquilo de algún país exótico.  Esa blusa transparente marcaba hermosamente los senos que habíamos diseñado.  La falda tomaba las curvas de tus levantadas nalgas, para mostrar unas caderas que gritaban que querían ser acariciadas. 

Yo, en cambio, la desgraciada, no había nacido con la bendición de tu cuerpo.  Mi estructura ósea masculina me delataba a leguas, por lo tanto había que camuflarlo con mucha tela suelta, cosa que el enfoque quedara siempre dirigido a mi obra de arte, a esta cara de mujer pintada con el más diestro pincel. 

Cada ceja que nos dibujábamos, cada prenda que vestíamos nos acercaba más al sexo tan admirado.  Nuestras voces cambiaban, la dicción se nos tornaba perfecta y los gestos femeninos surgían con una naturalidad que ningún hombre se podía resistir a ellos.  Nos mirábamos al espejo y sin lugar a dudas quedábamos convencidas de que éramos mujeres.  Tú la exquisita modelo de revista y yo la impactante mujer de cosméticos.

El taxista que nos recogió en la esquina no quitaba la mirada del retrovisor. Te comía con los ojos y tú tan distante como siempre, conocedora de que poseías la belleza que embrujaba los hombres, no te dignabas en echarle ni siquiera un ojito.  Él se mojaba los labios, se los mordía, suspiraba, todo esto sin que se registrara en tu mirada de diosa intocable.  Al bajarnos rehusó aceptar el pago por el uso, en ese preciso momento como estratagema bien planeada, le soplaste un beso al aire, que el muy pendejo recibió como si fuera enviado por el cielo.

¿Qué carajo tú les hace a los hombres, amiga?

Nada niña.  Les brindo mucho silencio, misterio y creo la ilusión, la fantasía de que existo bella, pero no soy de ellos.

Y si te descubren. . .

Los hombres son unos pendejos y se les engaña fácilmente.

Cuando entramos al club la música estaba encendida.  El son cubano se había apoderado del ambiente para darle al lugar un toque extravagantemente tropical.  Estaban las caderas que no se podían contener.  El roce suave de los cuerpos incitaba al baile, al cachondeo. Se bailaba el baile de la losa sencilla. Cuatro piernas bien entrenzadas se movían despacito dentro del pequeño espacio cuadrado.  La flauta y las maracas marcaban la clave, mientras las congas raspaban el aire.  Sudaban las pieles soltando unas fragancias de perfumes bien cotizados, se cuajaba el aroma del sexo tamizado por el buen oler.  El agua ardiente se hacía sentir en las carcajadas, en los labios mojados que regalaban besos por doquier.  El lugar no era para aplatanarse, aquí se vivía la intensidad del momento.  El desesperante deseo de manifestarse en cuerpo y alma era la orden del día.  Y tú tranquila, como si no estuvieras incluida en la lujuria de la noche, como si aquello no pasara por tu lado.

El guapetón de Mario te echó el ojo desde que hicimos la entrada. El muy zorro hacía un par de meses que te venía tirando el lazo y tú tan indiferente como siempre.  Sus ojos azules dormilones enloquecían a las competidoras, las pobres suspiraban como tontas adolescentes al verlo pasar.  El condenado sabía como acariciarse el cabello rubio ondulado, dar la media vuelta, flexionar los músculos y seguir la pasarela exhibiendo su traje italiano al estilo Armani.  Todo ese despliegue para su Lucy.  El pobrecito empeñado en su diosa africana, que le diría cosas tan dulces como -guaca-naraya guateque guateso, ay amor te voy sintiendo ya la o-.  Pero todo esto te colmaba de tal aburrimiento que hasta en la cara se te veía el deseo de salir corriendo.  Aquí no se daba el juego que tú querías.  El adivina, adivínalo más, para ver si sabes con quién te acostarás.

Ya vámonos que estoy harta de estar aquí.

Pero chica, ¿qué te pasa si apenas llegamos?

Esto me aburre mujer, acá todos saben lo que somos.  No hay intriga ni misterio.  Estos son unos machos a medias que se quieren comer el cuento de que se acuestan con una mujer, pero saben muy bien que tenemos el coso que nos delata.  En este lugar no se ha seducido a nadie.  Vámonos a conocer los hombres de verdad, los que realmente se crean esta fantasía que hemos elaborado.  Ya después que prueben un poco, no dan marcha atrás.

Siempre terminábamos en esto, tu juego, tu deseo de querer ser aceptada por lo que en el fondo no eras y pretendías serlo.  Porque ya te habías creído el cambio y vivías en otro cuerpo, en esa fantasía de la fisonomía creada.  Y yo como siempre la insegura, la fácil de complacer, la acomplejada, que por ganarme tu estimación te seguía hasta el fondo de la barranca. Hasta hallar el porque de nuestro peregrinaje por la noche.

Nos fuimos del club y comenzamos a ondular caderas.  Caminamos seis o siete pasos cuando se detuvo ante nosotras uno de tus admiradores, el taxista, el devorador de tu mirada.  El chofer se había conseguido un amigo que no estaba del todo mal y ahora nos invitaban a subir al carro. Aquello para ti era fantasía mayor, hacer el amor con un taxista que te acortejaba como si fueras mujer irresistible.  Lógico que ya te venía esperando, el tipo había leído bien la señal que le diste cuando le lanzaste aquel beso aéreo que esperaba su llegada y ahora aterrizaba aquí en tu mirada.  Esta gente no come cuento, te dicen exactamente lo que piensan, sin tapujos, sin la menor consideración de que se están dirigiendo a unas damas.

Mamita chula, preciosa, ¿damos un paseo por el parque?  Mira que la noche está como para chupárselas todas.  No me ponga esa cara de ofendida y aquí el que sufre soy yo, porque huelo canela, pero no como canela. 

Por lo visto Maritza el taxista tiene lengua y habla, porque en el taxi no dijo ni pío.

No sólo tengo lengua, sino que la sé usar como a ti te gusta mi reina.

Y tú, ¿qué sabes lo que me gusta a mí?

A ver, súbete mi belleza y lo descubro.

El hombre dio en el clavo cuando dijo la palabra descubro, porque precisamente ese era tu mundo cubrir y descubrir para agradar con la sorpresa o aterrorizarse con la verdad.  Seguir con tu juego, ese era el plan, porque en todo caso la vida era jugarse las cartas y en eso resultábamos expertas.  El deseo de subirte al auto se notó de inmediato.  Comenzaste a frotar la manija delicadamente como tentando la idea, hasta que por fin tiraste de ella y nos subimos al coche.  El taxista se conocía a perfección la zona y en menos de media hora estábamos en uno de los parques más remotos de la ciudad.  Allí todo era oscuridad y de un silencio que espantaba muertos.  Estacionó el auto entre los arbustos y casi al unísono, los dos se lanzaron sobre nosotras con un apetito devorador.

Harto nos conocíamos el cuento, querían ir directamente al epicentro de la acción, a la ranura del deleite femenino, pero eso nos delataría, pondría fin a nuestro secreto juego.  Para aquél entonces, ya hacían tres meses que veníamos inyectándonos las hormonas, por lo tanto muchos eran los placeres que podríamos brindar antes de descubrir el secreto.  El plan siempre era el mismo, dirigirlos lentamente por el camino del eros, paso a paso, hasta culminar en la entrega total, si era aceptada.  Los largos y profundos besos, las apasionadas caricias, eran el preámbulo que los llevaría a chupar con fuerza los delicados senos. 

El taxista y su compañero se acoplaron al momento, se dejaron llevar por nuestras diestras manos que los guiaban como ciegos, ya la prisa no existía, pero el calor iba en aumento.  Poco a poco nos desvestían mientras mordían, besaban, apretaban todo aquel cuerpo que se les entregaba femeninamente.  Noté que Lucy se apresuraba, que algo la sacaba del camino estudiado.  Su acompañante se le alteraba, colocaba con tesón su miembro erecto entre las piernas de mi amiga, exigía prontitud en el acto.  Ella para socorrerse del momento, se arrodilló ante él, sacó su enorme e incandescente hierro y comenzó a mamarlo para apaciguar la demanda de su taxista.

La situación comenzó a empeorar.  Mientras el taxista se dejaba complacer, noté como con insistencia buscaba la vulva de Lucy y ella se esquivaba, le buscaba la vuelta para que él no diera con lo que él tanto apetecía.  Esa noche mi amiga se había forrado herméticamente su carga de hombre con cinta adhesiva.  Llevaba su ínfimo bulto masculino apretado entre las piernas, casi aplastado contra su piel, de manera que al tocar por esa región sólo se podía sentir si acaso una leve protuberancia. 

Lucy no contó con la fuerza inesperada que de repente mostró su hombre.  En cuestión de segundos le echó una llave y seguidamente le abrió las piernas con la invasión de las suyas.  Al quedar completamente expuesta, buscó con desesperación la apertura que tanto se le negaba.  Cuando palpó con su enorme pene el pequeño paquete adherido a la piel de su vencida, el rostro le cambió de expresión, se consternó la mirada y con una fuerza brutal tiró de la cinta exponiendo al aire los genitales colgantes de mi amiga. 

Sin darle tiempo a que ella se preparara, comenzó a darle puñetazos en la cara, a sacarle sangre por los ojos y la boca mientras le gritaba sin parar,  maricón de mierda, ésta me la pagas con tu vida .  Después que se cansó de pegarle, sacó de la guantera un cuchillo y con la misma rabia renovada le enterró el puñal en el pecho repetidas veces hasta sacarle su último grito de vida.  Todo esto ocurrió como un relámpago.  Yo había quedado paralizada, inmóvil, sin saber que hacer ante aquel horror inesperado.

Todavía quedaba yo, y el amigo se sentía obligado de mostrar su machismo y camaradería con el cuate deshonrado.  Me susurró al oído,   no me cuesta más remedio nene  y esto me lo decía porque nosotros nos habíamos sentido, él sabía muy bien en lo que se había metido y estaba dispuesto a seguir hasta lo último si no hubiese sido por la desaprobación de su amigo.  Había que probarse, era la ley de la vida.  Sacó de su bolsillo una manopla y comenzaron los golpes dirigidos al vientre que lentamente iban subiendo hasta llegar a mi cara, como tortura lenta de que había que deformar aquello que tan fácilmente lo sedujo.  En sus ojos se le notaba una tristeza que no iba a la par con la paliza que vaciaba en mi cuerpo.  Lo nuestro había sido distinto.  En el silencio de las caricias habíamos develado nuestras verdades, el gusto por lo que él conocía prohibido, pero no obstante gustaba de ello.  Mis gritos y llantos, la sangre derramada, ayudaron a convencer al taxista de la hombría de su amigo.

Estos hay que dejarlos tirados en carretera abierta para que el tráfico termine con ellos   propuso el taxista.

Mejor a éste lo dejamos aquí para que no se levante la sospecha.

Me miro en este espejo y aún puedo ver los coches pasando sobre tu cuerpo.  Vacía de toda vida los parachoques te lanzaban de un lado a otro de la carretera como bola desinflada, sin el menor indicio de detenerse para recoger el bagazo humano que rodaba por el asfalto.  Cuando me recuperé del desmayo, ya tu cadáver había desaparecido, no sé si por el tanto rodar o por algún alma que se apiadó de aquel horrible espectáculo.

Intento quitarme este maquillaje que se ha incrustado en mis heridas, pero sólo logro causar más dolor a esta piel ya deformada.  Este infernal espejo es el asesino de mi alma que me sigue recordando la deformación de mi rostro, del recuerdo de una belleza inventada.  Te voy buscando en este reflejo mi querida Lucy, pero las coordenadas de tus ojos se me escapan y sólo logro escuchar esta caja ruidosa que me anuncia tu muerte, tu descalabro por la vida,  homosexual travesti muere atropellado por un auto  es todo lo que se oye.  Me miro en este espejo para traspasar esta nada que no veo y quedo fragmentada, rota en mil pedazos, buscando los restos para construir tu mirada.