lunes, 25 de marzo de 2013

Caminando

Laura Massolo (Buenos Aires, Argentina)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Bajás del auto y, sin saludarlo, sin que te salude, te ponés a caminar junto a él, al mismo paso, rápido y largo, aunque no te diga adónde van.


Está nublado, es cualquier hora, no hay nadie en la calle.

Te extraña estar caminando aquí, con él, que no te habla.

Quizá, los pocos que los ven pensarán que dos tipos, a toda velocidad, tan temprano, con este frío, van hacia algún lugar determinado. No existe ese lugar. Simplemente, caminan.

Subís las solapas de tu sobretodo y lo mirás, de costado.

Si hablara, se le escaparía el aliento como una nube.

En general, él odia el teléfono. Sabés que, si te llama, es por algo imprescindible: fijar una hora, un lugar, ponerse de acuerdo para comprar un vino, sacar un boleto de cine.

Y si llama y te dice que tiene que verte inmediatamente, sabés que es por algo grave.

La manera en que camina, con las manos en los bolsillos del sobretodo, sin mirarte, sin decir palabra, te convence de que, sea lo que sea lo que le pasa, es algo muy grave.

En general, no habla nunca mucho. Al contrario, es de las personas a las que hay que hacerles preguntas.

Pero todavía no te animás a preguntarle nada.

A cien metros está el bar en el que suelen encontrarse. Quizá entren. Quizá. Preferís dejar que él elija porque lo ves mal, muy mal.

Anoche dormí con Gabriela, dice de repente.

Y no podés contestar nada.

Y mirás la nube de su aliento.

De todas las cosas que podría haberte dicho, ésta es la peor. No podés creer lo que oíste.

Pensás, hacés memoria, aunque todo está reciente y vívido: Gabriela lo dejó por una mujer; le destruyó la vida, lo sometió al desconcierto y al dolor más grandes de su vida.

Si ahora habla poco, si se comporta como un tipo raro y difícil, todo es por lo que sufrió con Gabriela, a partir de lo que sufrió con Gabriela.

Además, ella lo engañó durante mucho tiempo con esa mujer; pero él no podía siquiera sospecharlo, y cuando se dio cuenta, cuando ella, al fin, se lo confesó, pensaste que él se iba a morir.

Pero no se murió.

Fue levantando poco a poco los ojos, los mismos ojos que en este momento taladran la perspectiva de la próxima vereda. Poco a poco fue acomodándose a un tiempo nuevo y desconocido, y hasta se atrevió a pensar –te atreviste a pensar- que era posible aprender otra forma de continuidad.

Tuviste toda la paciencia necesaria como para esperar que se rehiciera de un poco de ganas, de un poco de ilusiones, de un poco de risas.

Y ahora te llama y te dice que durmió con ella.

No podés creerlo. No querés creerlo.

Tenés la sensación de que un pulso erróneo desacomodó todos los archivos, que todo volvió a salirse de lugar.

Quizá vos mismo contribuiste (sin querer, por Dios, sin querer) a que él justificara a Gabriela.

Tropieza, de golpe. Instintivamente, hacés el ademán de sostenerlo. Te rechaza. Se recompone.

Al principio (ahora te acordás del principio), hablaban horas.

Le resultaba increíble que la mujer a la que le había hecho el amor infinidad de veces se hubiera estado revolcando, mientras, en otra cama; y con otra mujer.

A veces, él imaginaba, en voz alta, detalles que casi te avergonzaban. Detalles de una intimidad peligrosa de admitir. Detalles que, paradójicamente, parecían servir para que aquellas  conversaciones, las que tenía exclusivamente con vos, resultaran más calientes y prohibidas.

En voz alta, él trataba de explicarse qué le habría pasado a Gabriela, cómo, por qué. Le resultaba imposible comprender.

Vos, en cambio, comprendías, y eras incapaz de ayudarlo. Esas conversaciones nunca lo llevaban a ninguna conclusión.

Hasta que se fue quedando callado, como si no tuviera más preguntas para hacerse, ni para hacerle a nadie.

Y vos aprendiste a ser su compañía en el silencio.

Seguís caminando junto a él, sin hablar, sin aminorar la marcha; dos tipos de sobretodo, en la mañana helada, sin ninguna meta.

Pese a tu extrañeza, pese a la curiosidad que te carcome, sabés que hacés bien en acompañarlo, como si ése fuera tu deber: Pensás (desde hace mucho pensás) que tenés que estar con él cada vez que te llame. Y corrés siempre, dejás siempre cualquier cosa, te llevás por delante lo que sea; pero ahí estás: con él.

Odiás a Gabriela. Aunque nunca podrías confesárselo.

Pasan por el bar pero él no hace ningún ademán, como si no existieran las mesas, ni el olor del café, ni la promesa pacífica de un refugio para este frío que te está cortando la piel de la cara.

Él tiene la mandíbula rígida, los ojos puestos en un punto que, quizá, esté formado por bruma.

Quisieras poder mirarlo de frente, reposar de esta caminata sin sentido, adivinarle, en la cara, la desesperación que quisieras presentir. Pero solo le ves el perfil riguroso, hermético, resuelto.

Estos ya no son pasos: son trancos, zancadas; es una especie de aerobismo inventado para escapar del caos.

Ahora te das cuenta de que a vos también te lleva el aire, como un contagio; y también comprendés que no podrías dejar de caminar, como si vos tampoco quisieras llegar a ningún lado.

En la bocacalle, el semáforo peatonal está en rojo, pero cruzan igual. Lo seguís, con la misma enajenación que lo dirige.

Les tocan bocina, los insultan, llegan corriendo al cordón de la otra vereda.

Sentís tu taquicardia. Querés imaginar que él también tiene el pulso acelerado. Pero tu taquicardia es por algo más que por la marcha: tenés miedo, mucho miedo.

Ahora dejan atrás la plaza.

Muchas veces han venido a esta plaza a conversar, aunque nunca en mañanas tan grises ni tan heladas.

En aquel banco, vos y él se han reído. Mucho.

Ahora, la fuerza de las pisadas crea pequeños remolinos. Van dejando una estela de hojas rotas, de viento sucio, de desasosiego.

Caminando, los dos son la impronta de algo deshecho.

Darías cualquier cosa por saber lo que siente.

Se te ocurre que, lo que siente, es un tremendo arrepentimiento por haber pasado la noche con Gabriela, se te ocurre que se da cuenta de que hizo un disparate; se te ocurre que, conociéndolo, es inadmisible que pueda haber gozado con una mujer que, sin ninguna duda, fue capaz de traicionarlo.

Se te ocurre, nada más, porque de repente lo escuchás decir, contra el viento:

Fue la noche más feliz de mi vida.

Y ahí, entonces, el asombro te hace frenar de golpe.

Es un poco asombro; otro poco, rabia.

Mientras mirás su espalda, empequeñeciéndose en la vereda nublada, mientras ves que se aleja sin remedio, empezás a entender tu propio dolor.

Empezás a entender que lo estás perdiendo para siempre.