miércoles, 27 de marzo de 2013

Tarde en el jardín

Ignaci Mena (Madrid) 
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

A. y yo nos ocultamos detrás de un rosal. No supe que corría junto a mí hasta que me lo encontré de frente detrás de las rosas. La voz de Berta, que seguía gritando los segundos, nos llegaba a través de las hojas rojas que salpicaban nuestro entorno. A. y yo nos sonreímos sin mirarnos. Le sentí junto a mí, jadeante, nervioso, excitado. De reojo contemplé su camiseta blanca, que estallaba como el sol entre las hojas y las flores. Un movimiento brusco. Alcé la mirada y vi que A. se había incorporado. Me agarró del antebrazo y tiró de mí. No tuve tiempo de apresar ese momento en mi memoria: para cuando me di cuenta, corríamos los dos por un camino abierto entre los árboles, sorteando matorrales y pequeños charcos. Corrimos sin pensar en otra cosa que en la cuenta atrás que pendía sobre nuestras cabezas. El último grito de Berta, presagio de lo que iba a acontecer, nos encontró corriendo, entre risas, empujándonos sin mirarnos a los ojos. Decidimos ocultarnos justo cuando se cernió el silencio.

Esta mañana me desperté con su cara contra la mía. Le pasé la mano por el pelo, pero no despertó. Me apreté aún más a él y disfruté al pegarme a su cadera. Le besé y me levanté de la cama. Después de recuperar los pantalones del amasijo de ropa que yacía en el suelo, pasé por encima de una almohada caída en desgracia y salí de la habitación sin hacer ruido.

Puse a calentar un poco de leche en una cazuela. Mientras esperaba, me apoyé en la pared y eché un vistazo a la cocina. Mi alma parecía contener dentro de sí todo lo había. Me sentí atado a cada luz, a cada sombra, cada memoria y a cada ilusión porque todas me recordaban a él. Estaba atrapado en esa casa, y también dentro de mí, porque cada habitación y cada cuarto y también cada partícula de mi cuerpo le concernían a él y sólo a él. Adivinaba su presencia detrás de cada mueble y en cada gota de agua. Le deseaba más allá de mí mismo, y el amarle de ese modo me abrasaba y me corroía por dentro. Vida y muerte tenían sentido sólo por y a través de él. No me hubiera importado morir si eso me hubiera unido aún más a él. El recuerdo de su aliento me llenaba los pulmones con oxígeno de muerte. Porque su ritmo y su sangre eran mi ritmo y mi sangre, y a mí eso ya me parecía bien.

Vertí la leche caliente en un vaso y luego lo llené hasta el borde de cacao en polvo. Nada mejor que un poco de azúcar para esconder el sabor de la muerte en el paladar. Me senté en una silla del comedor, y al percibir la luz y el calor que traspasaban las cortinas decidí salir a la terraza. El sol se escondió detrás de una nube nada más verme. Una ráfaga de viento suave y cálida me abrazó. Oí el murmullo de las copas de los árboles. El verde de las hojas, preñado de vida y savia, pareció diluirse en el cielo como una gota de pintura. Y en ese momento me sentí partícipe de algo mucho mayor que yo y que, sin embargo, no sólo me pertenecía sino que procedía de mí únicamente. Deposité el vaso en el suelo y abrí los brazos para poder atrapar ese momento, con los ojos cerrados.

Nos apretujamos detrás de una de las múltiples columnas de un porche blanco que crecía en medio del verde. El sacó la cabeza varias veces. Una vez convencido de que Berta no nos había visto, se relajó y se dejó caer al suelo. Me senté junto a él en silencio. El pelo negro y corto se le pegaba en la frente y las sienes. La calidez pegajosa y amarga que emanaba de él me envolvía con la fuerza de un abrazo. Cerré los ojos; todo él pareció cobrar vida dentro de mí con una intensidad nueva y desconocida. Me conmovió una realidad que superaba mis fantasías. Instintivamente, acerqué mi cuerpo al de él. Su proximidad, tan anhelada y tan temida a la vez, me aterraba y me emocionaba a partes iguales. Me vi obligado a levantarme y a separarme de él como si fuera pasto de las llamas. Algo debió de reflejarse en mi mirada, porque en el fondo de sus ojos vi asomar una duda que no llegó a transcribirse en palabras. Tuve que dejar de mirarle. Para disimular la vergüenza, me dispuse a pasear por ese porche de columnas insoportablemente blancas y de techo de madera y telarañas. Acerqué mi rostro a un matojo de flores que no supe identificar.

Oí un ruido a mis espaldas. Me volví. Ahí estaba él, en calzoncillos. No pude contener una sonrisa. Al mismo tiempo, impulsado por una necesidad irresistible de tocarle, levanté los brazos hacia él. Le abracé con fuerza, y a mis espaldas el sol apareció de nuevo y me lamió la espalda. Miré a los ojos el hombre que tenía ante mí y le acaricié el sexo. Su cuerpo reaccionó al instante. Me detuve un momento a gozar de su expresión de culpabilidad. Luego me puse de rodillas delante de él y saboreé por un momento el tejido blanco; luego le liberé de su prisión, y acabé de entregarme por completo.

Al principio creí que me acariciaba las sienes para acompañarme. Luego me di cuenta de que intentaba apartarme de él, y que de algún modo no tenía fuerzas suficientes para hablar ni para separar con decisión su cuerpo de mis labios. Le dirigí una mirada interrogadora desde el suelo. Él bajó la cabeza. Aún desnudo, se apoyó en una silla y se escondió los genitales con una mano.

– ¿Tienes vergüenza? – le pregunté.

– No digas nada, por favor – respondió. Tuve la certeza de que algo se había perdido, para siempre, en el espacio entre esos dos segundos que tardó en abrir la boca.

– ¿Qué ocurre?

Mientras habló no pude apartar la mirada de sus genitales, y de esos dedos que los apresaban y los escondían de mis ojos. Si hubiera comprendido su vergüenza quizás me habría ahorrado el disgusto de oír sus palabras.

– Anoche me acosté con alguien. Antes de volver a casa. Me acosté con alguien. Con María. Lo siento. Yo...

La angustia murió en mis labios. No encontré el aire suficiente para poder expresarla. En ese momento no pude ver nada. Una blancura brillante y plagada de reflejos cubrió instante mis ojos y me cegó. Luego sentí que me fallaban las piernas y, antes de caer, conseguí sostenerme en una de las paredes. Le miré. Él se había detenido, alarmado, en medio de la habitación, sin saber qué hacer. No pude soportar su cuerpo desnudo y me arrodillé en el suelo y luego me tumbé y me encogí para no tener que verle más. Mis lágrimas se perdieron en los dibujos de las baldosas. Me miré varias veces el estómago, como si temiera encontrarme un corte profundo y largo del que estuviera manando sangre a borbotones. Nunca podré olvidar la distancia entre esos dos cuerpos, el suyo y el mío, una distancia que ni los temblores ni las lágrimas ni el sudor podrían acortar jamás.

A. me estaba mirando. Sin poder enfrentarme a su escrutinio, intenté leer sus pensamientos. Fue en vano. Ese cuerpo, que tan vivamente había captado a través de los sentidos, seguía siendo el templo y la prisión de un ser al que nunca podría acceder.

¿En qué piensas? – me preguntó. Su voz no transmitió ni inquietud ni preocupación. Sólo curiosidad.

En nada – respondí, a sabiendas de que él no me creería. Me preparé para oír su réplica.

Mi desilusión fue inmensa cuando no llegó. Fijé mi atención en él en un desesperado intento por atraer su mirada. Me golpeó la idea de que quizás la comunicación le resultaba tan difícil como a mí. La posibilidad de que mi deseo pudiera encontrar reflejo en A., de que él fuera capaz de sentimientos análogos a los míos, me zarandeó con suavidad, casi con dulzura, pero dejó un rastro de amargura tras de sí que me desgarró con avidez y abrió un agujero que ya no volvería a cerrarse. Desde lo más profundo me llegaba la certeza de que dicha posibilidad era una mentira. Sentí ganas de llorar. Y ante el impulso de acercarme y sentarme junto a él, lo que hice fue separarme aún más y salir de debajo del porche. Emergí a la luz del sol, que recibí como una bendición. Y, al tiempo que mi cuerpo se despojaba de toda sombra, mi alma se cubría de un manto negro que, en su dolor, la arrastró hasta los confines de sí misma.

La voz de Berta, surgiendo del más allá, nos puso en guardia a los dos. Regresé a la dudosa protección del porche. A., ya de pie, me indicó con gestos que me acercara a la columna desde la que contemplaba el jardín. Mientras me pegaba a su espalda, me pregunté cuánto tiempo llevábamos en nuestro escondrijo. Mi impresión era la de haber pasado toda mi vida en los alrededores de ese porche, como si con el tiempo  hubiera pasado a formar parte de él. Mi vida anterior apenas existía para mí. En ese porche había comenzado a vivir.

En mi mente le pregunté: «No eres como yo, ¿verdad?» Y él se limitó a sacudir la cabeza y a permanecer en la misma posición. Me contraí alrededor de la herida ficticia de mis entrañas y por un instante perdí el mundo de vista. Luego desperté y me di cuenta de que él había desaparecido. Me levanté con dificultad, desorientado, y al percibirle en mí y en las paredes y en el techo y en el suelo me vi obligado a salir de casa. Para cruzar la terraza tuve que apoyarme varias veces en la barandilla, y para llegar hasta la calle tuve que sostenerme en los árboles que encontré en mi camino. Una presencia extraña se había posado en mis hombros y convertía cada movimiento en un penoso infierno. Centré mi atención en los pies y les ordené que siguieran caminando. Sentado a horcajadas sobre mí, el peso de la angustia metió sus manos en mi pecho y jugueteó con mi respiración. Me encontré de pronto en la calzada y seguí avanzando y me topé con una red de alambres que me sirvió de apoyo. No sabía dónde estaba. Sólo existíamos mi dolor y yo. Mi cuerpo parecía recobrar sustancia al estar agarrado a la alambrada fría y llena de púas. Poco a poco me sumí en un estado de semiinconsciencia al que me abandoné con alivio. Seguía de pie, mantenía el equilibrio y permanecía agarrado a los rombos de metal, pero simplemente estaba, sin llegar a ser. Dejar de existir. Por un segundo. Quizás renacería en otra vida.

A. era un espejismo. No existía más que en mis sueños. Conseguí dominar el dolor y acercarme aún más a él: mis manos se aferraron a su camiseta con desesperación. Tiré del tejido, quizás para romperlo en pedazos. A. soltó una exclamación. Se volvió hacia mí, sorprendido, y me agarró con fuerza de las muñecas para apartarme de él. Su mirada me horrorizó: comprendí que su asombro no era más que repulsión, que por fin me había descubierto. Me había equivocado todo el tiempo. Por un instante creí que lo mejor sería arrodillarme y rogarle que me perdonase. Luego, mientras luchaba por zafarme de sus manos, sentí que mis ojos anegados en lágrimas derramaban su tristeza sin poder contenerse. Grité. Al tirar con fuerza de los brazos, me zafé de los suyos. Salí corriendo, tembloroso, sin tener control alguno sobre mi cuerpo. Supe que perdería la partida. Supe que Berta me encontraría. Pero prefería entregarme a ella a seguir en ese porche.

Abrí los ojos y conseguí mirar a través del alambre. No distinguí nada más que malas hierbas, cajas repletas de comida para gato y hojas aplastadas y podridas. El gris frío y aséptico del alambre contrastaba con los tonos sucios del lugar. Y, sin embargo, escondida detrás de una piedra, una flor amarilla se erguía, solitaria y orgullosa, en medio de toda esa podredumbre. Una flor amarilla que apresó mis sentidos y mis pensamientos y que me fue ofrecida por un niño pequeño, que me la tendió, sonriendo, con sus manos. Solté un quejido mientras el niño se me acercó y me permitió oler la fragancia deliciosa de esa flor. Cerré los ojos para captar el aroma del niño y de la flor. La parcela se llenó de risas y arbustos, y el suelo se cubrió de hierba fresca, y crecieron enredaderas voluptuosas que crearon estructuras en el aire, y nació un mundo entero en esa parcela abandonada que no era más que una reconstrucción efímera de un paisaje perdido para siempre.

La imagen se desvaneció. No dejó tras de sí más que un pozo de negrura. Por un instante había creído en la flor amarilla y en cada uno de sus pétalos. Sin embargo, apenas sentí la mano de él sobre mi hombro, las sombras se adueñaron de la parcela de terreno abandonada y la cubrieron de tristeza. Al mismo tiempo, recuperé el dominio de mí mismo y logré tomar una abundante bocanada de aire. Me embargó una enorme lástima que no pude expresar sino llorando. Él se apretó a mí y me protegió del frío con su cuerpo. Mientras lloraba por esa flor, ahora marchita, busqué refugio en los brazos de él y descargué sobre su hombro todo el peso de mi sufrimiento. Su cuerpo se tambaleó, pero no llegó a perder el equilibrio. Eso me infundió seguridad, y me dejé guiar por sus manos y su voluntad cuando me llevó de vuelta a casa.

Corrí como nunca había corrido. Dejé a A. tras de mí gritando mi nombre. Sorteé charcos y arbustos. Oí una risa de niña. Berta apareció en un recodo del camino y me adelantó. A pesar de que intenté servirme de mi furia para atraparla y tumbarla, esquivó cada uno de mis movimientos. Supe que había perdido la partida, y dejé de correr poquito a poco. Berta llegó a la palmera con varios segundos de antelación. Antes de gritar mi nombre se volvió hacía mí. Sonrió. Luego perdí.