martes, 6 de diciembre de 2011

Gris

Irene Morales García (Madrid)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Era como tocar las alas de una mariposa.

Una vez que tus dedos recorren la aterciopelada superficie, la magia se acaba. El polvo dorado queda atrapado entre tus huellas dactilares y una mancha de limpieza atraviesa las alas a las que tanto admirabas hacía un segundo. Ya no es tan bonita como antes. Ya no te atrae como en el segundo anterior. Tú mismo has sido quien ha destruido esa belleza, esa perfección, pero ni siquiera te paras a pensarlo, porque ya no importa.

¿Qué más da que la mariposa ya no pueda volar?

¿Qué importa que la mariposa quiera su perfección de vuelta?

No importa. No importa absolutamente nada. Porque aunque las manecillas del reloj se atrasen, no quiere decir que hayas vuelto en el tiempo. Porque aunque intentes espolvorear lo robado de nuevo sobre sus alas, ella no volverá a volar. Nosotros no volveremos a volar.

Me pregunto qué fue lo que viste en mí. Qué veías en cada recorrido con tus pupilas. Qué te hizo pensar que podría complacerte. ¿Qué fue? ¿Qué pasó? ¿Qué querías?

Me lo pregunto, porque seguimos en el mismo punto en el que comenzamos, con las mismas conclusiones estúpidas. Tú eres raro. Yo soy tonto. Tú eres imprevisible. Yo soy tonto. Tú eres tímido. Yo soy tonto. Tú eres importante. Yo soy tonto. Tú eres imprescindible. Yo soy tonto. Tú eres a quien quiero… yo soy tonto.

El vaho de la ventana parece estar ahí a propósito para emborronar mi vista del exterior. Puedo ver todo blanco al otro lado, pero no tengo realmente ganas de averiguar todo el paisaje, así que me quedo totalmente quieto, sentado en el alféizar interior de la cristalera y me mantengo alejado del frío vidrio. Puedo ver una mancha roja moverse aquí y allá en el exterior, jugueteando con la blancura. Y otra mancha negra se une a la roja. Y la voz de Michael en el piso de abajo riendo. Y sus pasos resonando fuertemente en la madera del suelo al salir corriendo hacia el exterior. Y otra mancha verde se une a las otras dos.

Y me pregunto si no se han dado cuenta de que no estoy ahí.

Y no me importa.

Alzo el dedo y hago la cosa más estúpida que puede hacer alguien y, sin embargo, la más común. La frialdad hace contacto con la punta de mi dedo índice mientras lo deslizo por el cristal, buscando una forma. Nunca he sido bueno dibujando. Por eso, cuando termino de perfilar la figura, las pequeñas alas de la mariposa parecen estar llorando, las gotas de agua cayendo verticales en cada pico del dibujo.

Eh, Alan, mira. Esa mariposa también ha perdido lo que le hacía volar.

Como tú hace un año.

Toda esperanza.

Con ese beso.

Con ese beso roto que aún recuerdo, tan marcado y manchado en mi piel como la mariposa enterrada en el vaho del cristal. Y sus ojos grises se acercaron demasiado deprisa, ocultos a tramos por los mechones de su pelo rubio.

Luego todo había sido igual de deprisa. A la velocidad de la luz, sus labios en los míos, chocando dientes, enlazando lenguas.

Ni siquiera había pensado antes en besar a Louis.

Y en ese momento no había hecho falta ni pensarlo, porque directamente lo estaba haciendo. Ni siquiera recuerdo de lo que habíamos estado hablando. Pero sí recuerdo que él estaba llorando y que yo, porque soy tonto, el único objetivo que me había propuesto había sido hacerle sonreír. Y sonrió, claro que sonrió. Lo hizo al separarse de mí y quedárseme mirando. Era su típica sonrisa a medio terminar, ese gesto de labios fruncidos, como a punto de hablar.

Todo podría haber continuado. Quizá podría haberle devuelto el beso. Quizá podría haberle abrazado. O quizá sólo hubiera debido quedarme quieto unos segundos más hasta que volviese a buscar mis labios.

Pero como ya he dicho antes, yo soy tonto. Soy tonto. Y mi mano sobre su hombro y apretando fuertemente hasta apartarle de mí. Y la pregunta en sus pupilas. Oí el portazo en la puerta antes de darlo y salir huyendo de la habitación, limpiándome su sabor con la manga. No quería saber porqué había pasado eso. No quería saber porqué había eso hecho. Y, menos aún, quería saber porqué quería dar media vuelta y volver a buscarle.

Las horas que pasaron, nos cambiaron, y al volver a encontrarnos a la hora de la cena, todo se sobreactuó como si no hubiese pasado nada. Sé que ellos lo notaron. Sé que Mark fue a hablar con él por la noche a su habitación. Podría jurar que se lo contó. Podría jurar que yo fui el malo en la historia. Y podría poner la mano en el fuego a que Michael también lo sabía. Y que había sabido mi reacción desde el principio.

Porque soy tonto.

Y las mariposas vuelan en círculos.

Y cuando les tocas una vez, no vuelven a ser las mismas.

Los primeros días después de aquello sólo pensaba en olvidarlo. Cuando pasaron unas semanas, me encontré pensando en qué hubiera pasado si hubiera continuado el beso. Al mes, me preguntaba si Louis volvería a besarme. A los dos meses me imaginaba mil cosas que podría haber hecho diferentes. A los tres meses deseaba que volviese a hacerlo para poder llevarlas a cabo. Al cuarto mes me di cuenta de que ni siquiera estaba seguro de querer esperar a que Louis volviera a besarme.

Y hasta entonces. Había sido un proceso de adicción lento y sencillo, atrapado bajo las miles de tareas que programaba mi mente. Ni siquiera me había dado cuenta de cómo me había enganchado a imaginarme con Louis. De cómo me gustaba revivir la escena. De cómo le quitaba las lágrimas, el brusco empuje y la huida desesperada al recuerdo. En mi nuevo recuerdo, estábamos felices, y yo sólo me había separado de él para irme. Toda mi mente confraternizaba para quitarme culpa.

Pero la tenía. Menos mal que no abrí la boca.

En ese momento, la puerta crujió sonoramente y se abrió.

Eh, Alan, mira. Es Louis.

¿Por qué no saludas?

Él alzó una ceja, sonriente. Tenía las mejillas completamente encendidas del frío de la calle, e iba vestido de abrigo. Abrigo rojo. Miré a través del vaho. El punto negro y el verde permanecían quietos fuera. Luego volví a mirarlo.

-Hey, Alan –saludó. Sonaba exactamente igual que la voz molesta de mi cabeza, sólo que, irónicamente, él no sonaba para nada irritable.

-¿No vienes? –continuó.

Porque, claro, yo siempre era el primero en estar ahí fuera, jugando con la nieve, mientras Michael decoraba la maldita casa con sus malditas frikadas navideñas. Louis avanzó en la habitación hasta alcanzarme. Sus ojos grises se desviaron hacia el cristal. Avergonzado, me apresuré a borrar la figura de la mariposa de un manotazo, y sentí cómo se me mojaba la mano entera. Era una pena.

Al momento, la escena se tornó extraña. Porque yo no me había levantado emocionado, ni le había seguido el rollo. Ni siquiera le había contestado. Sólo le miré.

-Voy –contesté al fin.

Él torció el gesto.

-¿Estás bien?

- Claro –contesté rápidamente.
Sabía que él no me haría caso. Efectivamente. Se quitó el abrigo, dejándolo sobre mi cama, y se sentó en frente de mí al otro lado de la ventana, en silencio, los pies sobre el alféizar y las rodillas contra su pecho. Como en un movimiento inconsciente de imitación, alargó la mano y dibujó un garabato en el vaho, que acabó borrando.

Nos miramos.

Sabía que lo estaba pensando.

Lo estaba pensando porque yo lo estaba pensando. Porque los tontos no saben expresarse, y la única forma de comunicarse es poner todos sus sentimientos sobre la piel hasta que el otro llegue a notarlos. La habitación estaba iluminada en gris, y en su cara el cristal lanzaba el reflejo de las gotas de agua, parecía que se había pintado pequeños círculos oscuros sobre la piel.

-¿Qué tal estás? –preguntó cuando se hubo acomodado sobre el sitio.

No era el típico “¿qué tal?” que se pregunta para que contestes “bien” y poder pasar a otro tema. Lo estaba preguntando de verdad. Y como me lo preguntaba de verdad, debía contestar con sinceridad. Pensé. Pero no era muy bueno en eso de pensar. Así que sólo me quedé en blanco mientras decía:

- No lo sé. No tengo ni idea de cómo estoy.

Él sonrió tenuemente.

- ¿Tú?

- Yo estoy bien.

Simplemente.

Nos volvimos a mirar a los ojos, y parecía que Louis estaba esperando algo. Como si lo llevase esperando mucho tiempo, y de pronto aquella mañana hubiera dicho “hoy es el día”. Sentía que algo parecido pasaba conmigo. Sentía que, de verdad, de verdad, hoy era el día.

Lo había sabido desde el momento en que había abierto los ojos y había visto el cristal empañado. Desde que no había visto a Louis desayunando en la cocina. Desde que me había sentado en el alféizar. Incluso desde que mi dedo comenzase a escribir su profecía en las alas de la mariposa de frío. Y en el momento en el que Louis había abierto la puerta, había sabido que no estaba equivocado. Porque él también lo sentía.

Conservé aquel segundo en el pensamiento mientras, sin decir absolutamente nada o hacer un ruido que pudiese quebrar el ambiente, alargaba el brazo y posaba la mano sobre la suya apoyada sobre sus rodillas. Sus ojos no se desviaron de los míos.

Y ese era el momento.

Ése era el segundo.

La milésima de tiempo en la que me impulsaba con una mano en la humedad sin vaho del cristal y la otra en la suya hacia él. Y sus ojos me miraron seriamente, esperándome en silencio.

Cuando un tonto pone todos los sentimientos sobre su piel, es como si sintieras el beso aún antes de recibirlo. Louis lo sabía. Lo sabía desde que había entrelazado mi mano en la suya. Y me había esperado. Y cuando le besé, de verdad pensaba que las cosas habían salido bien.

¿Y por qué?

Adivina.

Porque soy tonto.

Dame sólo una forma para romper en pedazos la vibración del instante, y de seguro sería la que eligió Louis. Porque de verdad pensaba que las cosas iban bien, porque sus labios sabían tan bien como la primera vez que los había probado. Porque su lengua se movía con la mía. Y todo iba bien.

O, al menos, hasta que me separé de él y lo miré a los ojos. Yo sonreía. Él no.
Roto. Todo está roto.

- ¿Qué… pasa? –simplemente dije.

Él sólo pestañeó, y sacudió la cabeza. Yo no podía hacer otra cosa que observarle. No lo entendía. ¿Por qué esa cara?

Y, entonces, la mano. La mano de Louis en mi hombro, y un empujón no muy fuerte. Tampoco débil. Ni siquiera amable. Ahí estaba. El polvo siendo arrebatado del ala de la mariposa. Y los ojos de Louis que no me daban ninguna explicación. Porque la mariposa ya no es tan bonita como antes. Porque ya no puede volar. Y…

¿Qué más da que la mariposa ya no pueda volar?

¿Qué importa que la mariposa quiera su perfección de vuelta?

- Louis…

Su mano dejó de hacer contacto con mi hombro, y nos quedamos quietos. Comprendí que había tardado demasiado tiempo. Y que sus alas habían vuelto a la normalidad mientras las mías se iban atrofiando cada día. Porque su mano en mi hombro sólo me había hecho despertar. Había sido su beso, un año atrás, quien me había arrebatado la posibilidad de ser libre. De buscar otra persona.

Y no podía hacer nada. Nada a ras del suelo.

Bajé la cabeza y miré nuestras manos entrelazadas. A cámara lenta fui deshaciéndome de sus dedos en los míos, y contuve el impulso de llevar mi recién mano liberada directa a mi pecho, donde algo comenzaba a moverse.
Tan… tan convencido de que iba a salir bien.

¿Y por qué?

Adivina.

Esperé a que se fuera. Pero no lo hizo. Y Louis no era tonto. No ponía sus sentimientos en su piel. Así que habló:

- ¿Qué tal estás?

Apreté los párpados cerrados.

- Mal.

Él se inclinó hacia mí.

- ¿Y por qué?

Alcé la vista hacia sus ojos.

- ¿Ha pasado algo?

Volví a cerrar los ojos, abatido.

- No. No ha pasado nada.

Y entonces su mano navegó hasta mí y se deslizó por entre mi pelo, hasta acariciar mi mejilla. Temblé durante un segundo. Continué con los ojos cerrados. No quería verlo. No quería ver sus ojos quietos mientras su mano me acariciaba.

No quería mirarlo mientras su otra mano también alcanzaba mi rostro. Ni siquiera cuando ambas se pararon en mis mejillas. Me pregunté por qué no se iba. Realmente… realmente, ¿por qué no se iba?

Y, como no quería mirarlo, no lo vi. No lo vi cuando se acercó a mí. No lo vi cuando se paró a tres centímetros y sentí su respiración sobre la mía. Ni siquiera lo vi cuando apoyó mi frente en la suya. Y, por supuesto, no lo vi cuando me volvió a besar.

Cuando nos separamos, abrí los ojos. Y los suyos estaban cerrados. Y su gesto serio escondía en las puntas de sus labios una sonrisa.

- Así debió ser la primera vez –susurró.

Me abrazó, y yo correspondí a su abrazo. Sentí cada hueso de su columna mientras mis manos recorrían su espalda. Sentí su respiración en mi cuello. Luego, su sonrisa. Y luego otro leve beso en el hombro.

Realmente, ¿para qué necesitan las mariposas volar? ¿Y por qué son tan importantes sus alas? Si no importa cuántas veces echen a volar, si no quién es la persona elegida para cortar esa capacidad. Quién se queda con esa parte de ti, quién guarda tu polvo dorado entre sus dedos.

No me importaba no volver a volar.

Para nada.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

se deja leer ....es un poco monotono



desde villaverde

Anónimo dijo...

Me gusta mucho el principio pero estoy de acuerdo, luego cansa un poco y pierde el ritmo.

Anónimo dijo...

El mejor para mí

Anónimo dijo...

Era como tocar las alas de una mariposa.

Una vez que tus dedos recorren la aterciopelada superficie, la magia se acaba. El polvo dorado queda atrapado entre tus huellas dactilares y una mancha de limpieza atraviesa las alas a las que tanto admirabas hacía un segundo. Ya no es tan bonita como antes. Ya no te atrae como en el segundo anterior. Tú mismo has sido quien ha destruido esa belleza, esa perfección, pero ni siquiera te paras a pensarlo, porque ya no importa....

PRECIOSO!!!

Anónimo dijo...

Esta niña escribe como los ángeles (o como las mariposas)

Anónimo dijo...

Me ha encantado, realmente escribe muy bien esta chica y debe ser jovencísima. Habrá que quedarse con su cara porque creo que va a tener futuro.ñ