lunes, 5 de diciembre de 2011

El más sordo amor

Ainhoa Reguera Plaza (Lanzarote) 
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

Se enamoró de su voz. Absorto, cerraba los ojos y flotaba en sus  tonos graves. Una vez era un mafioso cruel, al que no le temblaban las cuerdas vocales al ordenar la muerte ante la más leve sospecha de traición. En otra oportunidad, su segura y cadente voz la llevaba puesta un policía estricto y resolutivo, para el que la ley estaba por encima de todo, una honestidad que terminaba con su estómago reventado sobre un charco de sangre. Sólo en una ocasión se metió por error en la garganta de un ser vil, con un presente asqueroso y un pasado todavía más vomitivo. Pero ni aun entonces, dejó de amar su armonía.

Vivía en su voz. Se estremecía con su timbre. Mario supo entonces que cada persona tiene un tono diferente, una melodía única. Esa certeza le llenó de luz. Y lo transformó a él en invencible.

Comenzó a rastrear. Y se alegró de vivir en un mundo entrelazado a través de ventanas con marcos informáticos y cristales en forma de páginas web. Un pornográfico universo, con todo a la vista, accesible y arriesgado. Encontró más de lo que esperaba hallar: nombre y apellidos, personajes usuales, películas dobladas, tipo de voz, archivos de audio, su ciudad de trabajo habitual… El sueño de cualquiera… Al menos, el suyo.

Halló el último de sus films, en el que doblaba a un alcalde de Nueva York que salva a los trabajadores de una oficina de Correos de un ataque con napalm. Allí estaba su nombre, una vez más. Comenzaba por J. Por J… “Qué oportuno”, se dijo. Una consonante que pelea rabiosamente con la garganta para al final lograr escapar arrastrando con ella la fuerza de la lucha. Como contrapunto maravilloso, casi ideado por un hacedor de sonidos perfectos, su apellido se iniciaba con la L. Esa suave letra, delicada, que necesita apoyarse en dos vocales para ser pronunciada, que coloca la lengua de forma erótica para nacer… “Eeeelllllleeeeee”, repitió en voz alta, ensimismado.

Pero no había fotografía. Maldita sea. Todavía no podía poner rostro a la voz que le hacía la vida tan llevadera.

Dejó su empleo. Cambió de ciudad. Ágilmente asentado en su nueva vida, comenzó a mentir para cazarle. En la escuela de doblaje de turno, llegó hasta una colega de profesión con la que fingió tontear hasta sonsacarle su actual proyecto cinematográfico. Repitió esta falsa acción seductora con la recepcionista de los estudios para que le ayudara a reconocerle. Tras dos sonrisas acompañadas de otro par de ojeadas al escote, ella le dijo que a las 16.30 tenía grabación y que llegaría en un viejo Skoda azul. Acechó a su presa.

Sintió un fogonazo de decepción al verlo, a pesar de que entraba dentro de lo previsto. Sabía que esa maravillosa voz podía encerrarse en un cuerpo no necesariamente bello. Incluso había barajado que, para pasar desapercibida, podía haber elegido un aspecto físico desagradable. Hasta repulsivo. Sin embargo, había pedido en silencio que la armonía completa se mostrase a sus ojos. Pero también había enseñado a su estómago a mantenerse intacto si eso no ocurría y había domado a su alma para que no desistiera.

Así que cuando vio que aquellos acordes habían escogido a un tipo ni alto ni bajo, con un poco de tripa, camisa de rayas, pantalón de pinzas verde y con más cuero cabelludo que pelo, no le importó. Aunque al pensar en la simétrica musicalidad que se hubiera producido de haber sido hermoso, un escalofrío le rondó el hemisferio izquierdo de su cabeza, donde el habla se articula…

Mario, que sí era extraordinariamente guapo, fue directo sin rubor. El único temor que albergaba era que su objetivo retrocediera horrorizado al oír su voz. El que tanto amaba los armónicos tonos de los demás, el que gozaba con la sonoridad de un buen diálogo, el que se deleitaba con la concordancia de las palabras que escapan de las bocas, sin importar el contenido, ignorando su significado… Había sido castigado por la naturaleza, en uno de sus habituales alardes de humor negro, con una voz insoportablemente aguda que pocos odiaban tanto como él, que siempre evitaba oírse. ¿Había sido por esa estridencia suya por la que amaba la sintonía del resto? No lo recordaba y, francamente, a estas alturas le importaba poco.

Intentando templar su timbre y convertirlo en el de un tenor que obviamente no era, se acercó. Ante el fracaso seguro de su misión, camufló su armonía deforme con una camiseta apretada, que mercaba sus abdominales cuidadosamente trabajados. Con su extraño caminar, le abordó con la mejor de las sonrisas y la peor de las voces.

Utilizando el tono más discordante que jamás nadie haya emitido (o al menos así retumbó en sus tímpanos), le preguntó si era J.L., el conocido actor de doblaje. Sorprendido, articuló una torpe mueca. “Sí”, le dijo escuetamente. Mario, al oír una extraña voz que aún así guardaba la esencia de la tantas veces escuchada, respiró aliviado. De ahí a tomar un café en el cochambroso bar de la esquina, un suspiro.

Mario, callado, absorto. Masticando una voz que sonaba diferente pero que cada vez era más parecida a la que guardaba celosamente en una caja dentro de sus entrañas. Esta vez, se cuidó de prestar atención a sus palabras. Quería entrar en su vida, así que tenía que concentrarse y anotar bien todos los datos para perfilar la estrategia que le permitiera permanecer a su lado, pegarse a su pecho y subir y bajar al ritmo de su charla. Sólo quería de él un monólogo eterno. Al fin y al cabo, estaba enamorado de su voz.

El actor de doblaje, hechizado, le contó lo que quiso saber. Es decir, más de lo necesario. Se mostraba halagado por la atención que despertaba en un chico tan atractivo, de sensual cuerpo, con una constante sonrisa, tal vez excesivamente silencioso pero tan atento a sus palabras… Le miraba a la boca y lo interpretó como un claro guiño erótico. Todavía no sabía que lo que él realmente anhelaba era el estremecimiento de sus cuerdas vocales.

Mario brincó interiormente cuando él le confesó su soltería. Un obstáculo menos y carpetazo a una lucha ética que tenía perdida de antemano. No iba a dejar escapar esa voz. Daban igual las víctimas que quedaran por el camino. Pero, al parecer, la caza iba a ser suave, sin sangre, un paseo. Veía cómo lo miraba y notaba su deseo. Al final, su escaso atractivo físico jugaba también a su favor.

Venció el ansia que le carcomía, se limitó a proponer un intercambio de teléfonos y se marchó para no avasallarlo enseguida. Pero en cuanto llegó a casa, no pudo evitar llamarle. Su voz, por teléfono, sonaba todavía más extraña. Pero seguía siendo aquella melodía que lo atrapaba y de la que ya no pensaba soltarse. Le hizo hablar durante horas. Como un adolescente enamorado, escuchó sus aventuras, sus historias, sus preocupaciones. Pero el otro también quería saber. Y Mario, para no resultar extravagante, le ofrecía breves pinceladas de su vida. El equilibrio justo para no parecer un ser opaco con secreto incluido y seguir escuchando su discurso eterno.

Se vieron varias veces. Y el actor de doblaje se enamoró. Con la hermosa intensidad de la primera vez. No podía creer su suerte. Mario, que ya estaba prendado de su voz, no tardó en vencer la escasa atracción que le despertaba. Le obligaba a hablarle. Cuando hacían el amor, le susurraba al oído tiernas sugerencias. Cuando follaban, sucios adjetivos. Desbocado al oír su tono grave, se corría cuando se lo ordenaba. Vivía por y para aquella voz. No escuchaba nada más. Mientras que el otro, cansado de hablar, poco a poco comenzaba a odiarla.

Le costó darse cuenta de su obsesiva fascinación. Mario, al principio, disimulaba. Aguantaba que estuviera en silencio, agotado como estaba de su melódica herramienta. Se mostraba agradecido a ese don sonoro del que vivía, que le había dado prestigio, con el que había tejido una agradable telaraña social y que le otorgaba una apetecible posición económica. Pero, tras hablar durante horas, ansiaba momentos de silencio. Espacios mudos en los que no era precisa la soledad, que de hecho le gustaba compartir. Así funcionó al principio. Pero las pistas del engaño comenzaban a emerger en el hogar ya compartido.

Cuando llegaba a casa, sorprendía a Mario viendo las películas en las que hacía hablar a sus queridos actores. Subía el volumen de la televisión cuando aparecían los anuncios (vergonzosa pero lucrativa publicidad) en los que había prostituido su hermosa voz. Una vez, una única vez, creyó ver una pequeña grabadora bajo la manga de su jersey mientras él charlaba (siempre él) con Mario apoyado sobre su pecho… creyó verla… y miró hacia otro lado.

Mario aguantó. Cualquiera que por un agujerito hubiera observado su vida cotidiana, hubiera alabado su lucha interna. La represión a la que sometía la angustiosa ansia de engullir su voz. De transformarla para que sonara como deseaba. Como siempre la había escuchado. Se agarró las ganas… Hizo lo que pudo. Pero la fiera se soltó.

Le pedía, zalamero, que le cantara las noticias. Que se las masticara para digerirlas. Le recitaba poesía, que no entendía. Cuando la máscara cayó, le rogaba que interpretara sus diálogos favoritos, con los que se había enamorado. “Modula bien la voz, por favor. No suena igual, ¿no te das cuenta?”. Le exigía que pronunciara lentamente palabras que adoraba: “luciérnaga”, “deleznable”, “orquídea”, “transistor”, “pesadilla”, “amante”, “psicosocial”, “esquizofrenia”, “laberinto”…

Durante ocho días, por gajes del oficio, se quedó afónico. Durante ocho días, Mario no le tocó.

Él terminó de entender. Y, al principio, aceptó. “¿Qué más da? ¿Acaso es malo que disfrute con mi voz? ¿Que se deslumbre con mi principal virtud, mi talento, lo que me da de comer? ¿No es cierto que también la admiran mis compañeros, los directores de las películas, los anunciantes ansiosos por vender pañales? A mí me gustan su cuello, su torso, su risa, sus caricias, su culo, su cerebro. Y a él, le gusta mi voz”. Así se engañó durante un tiempo.

Pero entonces comenzó a sentir celos. ¡Envidia de su propia voz! ¡Qué incongruencia! ¡Qué estupidez! ¿Cómo podía sentir resquemor de una cualidad que emanaba de él, una virtud que modulaba a su antojo, que surgía de sus pulmones, su laringe, sus cuerdas vocales, su lengua? Su lengua, la misma que recorría su cuerpo… siempre que Mario… siempre que Mario no le obligara a hablar.

Crecían. Aumentaban el odio hacia su voz y el amor por Mario. Ambos, en paralelo. Ambos, para siempre indivisibles.

Dejó de hablar. Enmudeció. Como aquella escena en la que la protagonista, tras presenciar un atroz asesinato, quedaba en estado de shock y terminaba enamorada, oh sorpresas del guión, del rudo detective al que él prestaba una voz que ahora había acallado.

La empresa para la que trabajaba le envió a los mejores especialistas. Pero no había explicación física para su recién adquirida afonía. Los psiquiatras que le trataron se encontraron con un muro. Nada pudieron concluir de los motivos por los que había caído voluntariamente en un drástico silencio. Le diagnosticaron una depresión. Le medicaron. Con el desafío lanzado, se dejó drogar.


                                               ***********************

Sólo Mario sabe los motivos. Se marchita a su lado. Se duele por no oírle. Aguanta unos días, unas semanas, unos meses. Pero su voz, la voz que por fin era suya, no vuelve. Un día le susurra mimoso al oído que sabe que le ha descubierto. Cruel, le espeta que sin su grave cadencia no es nadie especial. Sólo un calvo más con camisa de rayas y pantalones de pinza verde. Le exige rabioso que vuelva a hablar. Le grita a un mudo.

Se calma. Cae derrumbado. Le implora. Llora en su pecho, que ya no se mueve al compás de sus palabras. Le pide perdón. “Siento haberte destrozado la vida”, le cuchichea al oído, vestido con la misma ropa que el día que le cazó. Han pasado cinco años. Un lustro realmente armónico, piensa Mario. Le besa en la boca. Le introduce la lengua profundamente en un último intento por buscar lo que ya ha perdido para siempre.

El actor de doblaje, ahogado, sin respiración, llora. Mario, sin aliento, se marcha. Él le observa caminar. Y quiere pedirle que pare, que regrese. Desea gritarle que volverá a hablar, a cantar, a desgañitarse para él. Abre la boca. Pero no le sale la voz. 











6 comentarios:

Anónimo dijo...

Da igual que yo tenga un sitio entre los finalistas también. Es este, este. Me encanta.

Anónimo dijo...

me gusta......es diferente.....se lee muy bien


desde villaverde

Anónimo dijo...

Uno de los mejores. Para mí: 9

Anónimo dijo...

Original y muy bien trazado por la autora. Gracias por este relato

Anónimo dijo...

Me recuerda a alguna obra de Paul Auster. Muy buen relato

Anónimo dijo...

Un buen relato para empezar el día :)))