jueves, 1 de diciembre de 2011

Je ne t'aime plus

Llamil Ruiz González (Ciego de Ávila, Cuba)
Finalista del I Premio de Relatos LGTB "Corralejo"

No bien se terminó la función salimos del teatro. Yo alcancé a ver algunos conocidos de otros fines de semana, no obstante, como iba acompañado no quise detenerme. No estuvo mal. Para ser el primer protagónico de Sadaise Arencibia lo hizo bastante bien, aunque, por supuesto, Odile le quedó muchísimo mejor que Odette. Yo hubiera preferido a Lorna Feijóo o, tal vez, a Alihaydée Carreño, pero una estaba en el San Francisco Ballet y la otra en República Dominicana haciendo solo Dios sabe qué, y no quise deprimirme pensando que nos estábamos quedando sin bailarinas gracias a algún secreto que nadie se atrevía a confesar. Gonzo intentó bromear diciendo que lo mejor del Lago había sido el trasero de Víctor Gilí. La mirada de Frank lo hizo callar y allí mismo terminó su broma. Pero no la noche.

—Son solo las diez—suplicó Mauricio, el novio de Gonzalito. Nadie nos lo había presentado, ni siquiera el mismo Gonzalo. Por lo general, eso era una operación innecesaria. Todos lo sabíamos y nunca hacíamos preguntas inútiles. Siempre ocurría del mismo modo: el nuevo comenzaba a insertarse lenta y continuamente en nuestro habitual grupo de andanzas y, ya para la cuarta o la quinta salida, era uno más de nosotros.

Y otra vez Frank se atravesó.

—Después el transporte se pone en llamas.

—Podemos coger la confronta de la 298, pasa a la una.
Nadie hizo gesto alguno aunque, lo más probable es que todos hubiéramos preferido extender aquella circunstancia hasta algo más de las irrisorias diez que marcaba el insufrible reloj de Frank.

—No sean así. Miren, yo compro una Tres Toneles y nos vamos para la Avenida del puerto.

La idea pareció aceptable y, más que aceptable, magnífica. Un brandy a aquella hora no estaría nada mal, en especial, si lo pagaba Mauricio. Y, mientras el Gonzo y él compraban la botella en el Floridita, nosotros seguimos por Obispo buscando la bahía. Solo llegamos hasta la Plaza de Armas. Allí estuvimos hasta que la primera, la segunda y la tercera botella estuvieron lo suficientemente vacías, o quizás hasta que la cara de Frank comenzó a emular con el trasero de una mofeta malhumorada. No recuerdo con exactitud. Casi enseguida se terminó todo: la crítica de ballet de Mauro, las bromas tóxicas de Germán, el oportuno silencio de María y hasta aquella extraña noche inconclusa.

Solo seguía inalterable la mala cara de Frank.

Y así, por los próximos días.

—¿Qué le pasa a Frank? No quiere ni hablarme.

—¿A ti tampoco?

—¿Excuse moi?

—Como lo oyes; al parecer ha decidido olvidarse de que nosotros existimos.

—Pero, ¿por qué él se pone así, tan malito?

—Yo creo que me vio besando a Mauro.

—No te lo puedo creer. Solo a ti se te ocurre hacer algo así… y nada menos que delante de Frank.

—¿Y por qué me voy a esconder para besar a mi novio? Si él no quiere vernos puede virar la cara.

—Tú sabes muy bien cómo es él.

—Claro que lo sé. Por eso no me explico por qué sigue saliendo con nosotros.

—Rectificación: salía.

—Sale o salía, da igual. Yo creo que muy en el fondo el padece del mismo mal.

—Tú no eres nada fácil, papito.

—Saca la cuenta tú mismo; este no es mi primer novio y él los ha conocido a todos. Hasta ahora, ninguno le ha molestado.

—Siempre hay una primera vez. Lo que me fastidia es que también la haya cogido conmigo. A fin de cuentas yo no besé a nadie.

—¡Cómo te gusta hacerte la víctima! ¿Tú crees que él es imbécil? Estoy segurísimo de que él conoce muy bien la pata de la que tú cojeas.

—Yo tampoco pienso que él sea un imbécil pero eso no quita que se haya pasado.

—Me imagino que tenga alguna razón para hacer lo que hizo.

—¿Razón? ¿Qué razón puede tener?

—¿Qué se yo? Yo no soy un adivino.

—Yo tampoco…, pero bueno, él se lo pierde. De cualquier forma, je suis trop desolé mais c´est ne pas ma faute.

No sé por qué Frank se me había hecho imprescindible. Quizás eran las pizzas de La Boya, que generalmente pagaba yo, los juegos de dardos en el laboratorio del Charlie o las canciones de Polito Ibáñez en mi cuarto de estudio, pero solo las del Recuento, las otras estaban vedadas. Los dos pensábamos que no valían la pena. Laura y María nos miraban como si fuéramos extraterrestres. Oíamos el disco, una y otra vez intentando encontrar sentidos bien alejados de los convencionales, esos que prácticamente jugueteaban en nuestros oídos y nosotros nos negábamos a aceptar alegando un profundo conocimiento de la sicología de Polito. A veces él trataba de reproducirlas con su guitarra y yo lo acompañaba con mi terrible voz de pregonero. Es cierto que de vez en cuando discutíamos. A él le gustaba Pink Floyd y yo prefería Guns and Roses. Él era fan de Industriales y yo de Santiago. A él le gustaba María…, al menos eso era lo que me decía, no obstante, siempre me asaltaron serias dudas al respecto. A pesar de eso, nunca habíamos dejado de hablarnos. Esto tenía que ser otra cosa. Sin embargo, no podía imaginarme qué. Laura no entendía aquella repentina enemistad si bien, más que enemistad, era un insoportable silencio que había abierto una grieta demasiado grande en una rutina que creímos eterna desde que nos convertimos en inseparables. Eso era lo peor; no hay nada tan terrible como tener que aceptar algo para lo cual jamás se está lo suficientemente preparado.

—¿Qué les pasa a ustedes?

Yo no podía responderle, aunque lo quisiera. Y la verdad es que tampoco quería. No había nada que me molestara más que la obligación de dar explicaciones cuando todo indicaba que lo normal sería recibirlas. A pesar de eso, ella me caía bastante bien y, cuando me invitó a la última obra de El Público, no lo pensé dos veces. Desde su estreno, La Celestina había acaparado la atención de toda la capital, y conseguir una entrada para una de sus funciones se convirtió, de súbito, en una titánica faena para los que esperaban, con impaciencia, deleitarse con la desnudez de media compañía. Era muy probable que la representación número cien cerrara las cortinas de aquel espectáculo, tal vez para siempre. Nunca me imaginé que Laura me fuera a hacer aquella mierda.

Cuando llegué al Trianón, Frank estaba con ella. Y María, y Germán, y el Gonzo con su novio; hasta el Charlie estaba. ¡Tremenda reconstrucción de los hechos! Yo me sentía inocente. Quizás por eso me molesté tanto y estuve a punto de irme. Ella me insistió, casi llorando, y no tuve más remedio que quedarme. Eso sí, ni siquiera miré a Frank y pasé por su lado como si no existiera. Solo hablé un poco con Gozalo y, cuando se terminó la obra, me fui molesto con todo el mundo. Hasta conmigo mismo. Esa noche supe que las cosas no podían seguir de aquel modo. Había aprendido a aceptar los hechos, pero solo cuando me los explicaban en cada uno de sus detalles y eso no había sucedido aún.

—¡Párate ahí!—le ordeno—. Ahora mismo me vas a decir qué cojones te pasa conmigo.

Desde hacía más de una hora lo esperaba a la entrada del edificio. No quería que se me escapara esta vez.

Él no se deja impresionar. Se detiene, un poco sobrecogido, y solo baja la cabeza.

—Mírame—vuelvo a la carga —, y contéstame, coño, que estoy esperando.

—No puedo.

Al fin me habla. Sin embargo, no es eso lo que necesito. Lo que necesito es una explicación que me ayude a comprender o, mejor, que todo vuelva a ser como antes, que aquella maldita noche jamás se hubiera atravesado en nuestras vidas.

—Al menos dime por qué. ¿Fue por lo de Gonzalo?

Él parece extrañado.

—No puedo —repite antes de escabullirse sin que yo lo pueda detener.

Desde bien temprano escucho el Recuento. Cuando se termina la última canción vuelvo al principio, invariablemente. Él llega durante el tercero de los ciclos, justo cuando comienza Dudas como espejos.

—¿Recuerdas esa noche?— me pregunta casi sin abrir la boca.

Creo que supone mi respuesta porque no la espera.

—Esa noche pasó algo que lo cambió todo.

Ya estamos avanzando.

—¿Qué pasó?

Él me mira por unos segundos aunque no contesta.

—¿Qué hice?

Me vuelve a mirar y, mientras baja la vista, me dice:

—Me dijiste que yo te gustaba…, en Francés.

Yo contengo la respiración y comienzo a temblar.

—¿Alguien más lo oyó?

—Todos, menos Gonzalo y su novio.

No me atrevo a mirarlo. Él sigue allí, hasta que se termina la canción. Luego se pone de pie, como si le pesara, y se marcha sin esperar la próxima.







1 comentario:

Anónimo dijo...

Me vuelve a mirar y, mientras baja la vista, me dice: —Me dijiste que yo te gustaba…, en Francés. ME GUSTA