martes, 5 de marzo de 2013

Cartas sin luz


Silvia Ortega Cruz (Madrid)

9 de octubre de 1968

            Hoy es mi quinto mes aquí,  no sabes la falta que me haces. Por las noches hace frío, mucho frío y no te puedes hacer una idea cuánto echo de menos el calor de tus besos. No estoy en una habitación como los demás, es una especie de celda de aislamiento.

            La única fuente de luz que tengo es la que entra por debajo de la puerta. Detrás de ella es desde donde te escribo.  Quiero que sepas que no estoy solo, hay una enfermera que me cuida, viene a verme dos veces por semana, está conmigo como unos veinte minutos. Ella  me ha dado el papel donde te escribo y ella es la que hará que te lleguen todas las cartas. Es simpática y tiene carita de buena gente, se llama Juliana. Cuando viene a verme hace que este sitio no sea tan frío ni tan oscuro, es el hilo que me mantiene atado a la realidad. Me ha hablado de su pueblo, de las montañas verdes y de un lago en el que se bañaba con su hermano. A él también se lo llevaron, creo que por eso es tan buena conmigo, le recuerdo a su hermano. Dice que mis ojos tienen el mismo azul cielo que los de él.
            Cuando todo esto termine, quiero bañarme contigo en ese lago.
            Escríbeme pronto y por favor no te olvides de mí.

            Tu Ángel, te quiere.

20 de Octubre de 1968

            Acabo de terminar de leer tu carta y me ha dado la fuerza que necesito. Se me ha hecho el tiempo interminable hasta tenerla aquí conmigo. Quiero que seas fuerte, sé que lo eres. No te preocupes por mí, todo está bien. No quiero que te enfrentes a mi padre, él sabrá qué está haciendo conmigo. Juliana me ha dicho que si yo estoy aquí es por ser hijo de quien soy. Está convencida de que no me harán nada por eso y que todo esto es una especie de castigo que mi padre me está dando.
            Hay que darle tiempo, sólo eso.
            Juliana, mi Julita como yo le digo, me ha dicho que quiere conocerte. No te asustes si un día llama a la puerta una rubia guapa y con unos ojos verdes que quitan el sentío preguntando por ti. Quiero que me mandes con ella un pañuelo, una camiseta o algo que me huela a ti. Me ayudará a dormir por las noches.
            ¿Sabes? Sé que mi madre vino a “verme”, se quedó al otro lado de la puerta y escuché cómo lloraba. Habrá sido su forma de felicitarme.
            No te preocupes que mis dieciocho primaveras las celebramos juntos, te lo prometo.
            Sé que no tiene la culpa, ella solo es lo que mi padre quiere que sea. Ya no le culpo, por favor no lo hagas tú también.
            Cuéntame cómo van tus clases, cómo va el mundo, qué está pasando en el barrio, cómo están los chicos, cómo están tus hermanas. Cuéntame cosas bonitas.

            Tu Ángel, te quiere.

16 de Noviembre 1968

            Ayer dormí abrazado a tu camisa, por un momento te sentí aquí, tan mío como siempre.
            Parece que las fuerzas se han olvidado de mí, ahora me siento débil y la verdad no sé si pueda aguantar mucho más. Necesito ser libre, necesito respirar el aire de la calle, necesito caminar por mi Gran Vía y ser uno más de tanto gentío. Necesito de ti.
            Le caíste bien a mi Julita, me dijo que entendía que estuviera enamorado como estaba. Me dio el abrazo que mandaste con ella.
            No quiero que tires la toalla con la carrera, no ahora.
            Felicita a tu hermana, ojalá ese niño venga con un pan bajo el brazo y traiga toda esa alegría que se merece.
            Aquí todo está igual, menos que la semana pasada trajeron a una chica, los primeros días me dormía escuchándole llorar.  Ahora nos hacemos compañía dando golpes en la pared, es la forma de hacernos compañía.
            Julita me dijo que se rebeló contra un policía en una de esas redadas que hacen en Barcelona. La trajeron medio muerta de la paliza que le dieron en el calabozo, intentó escaparse y por eso está aquí.
            Ahora recuerdo lo que Julita me decía al principio: Tengo suerte de estar aquí.

            Tu Ángel, te quiere.

26 de Diciembre de 1968

            Es mi primera navidad solo. Siento si esta carta es más corta que de costumbre, pero es que ya no tengo fuerzas para escribir.
            Julita me ha dicho que está convencida de que esto no durará mucho más. Habla tan convencida que a ratos me creo lo que dice. Pero conozco a mi padre y si después de esta Nochebuena sigo aquí, sé que nada le va a hacer reaccionar.
            ¿Te acuerdas de la chica que te hablé?
            Cuando sabemos que no hay gente vigilando hablamos muy pegados a la pared. Se llama Estrella. La semana pasada la sacaban todas las noches de madrugada y la traían cuando empezaba a hacerse de día, hoy le pregunté. Y me aterró su respuesta.
            Se la llevan a darle descargas eléctricas mientras le ponen fotos de hombres desnudos. La insultan, le pegan y si intenta defenderse, con más ganas le dan..
            Tengo miedo, necesito salir de aquí. No quiero pasar por eso.
            Tengo el presentimiento de que ésta será mi última carta. Perdóname si es así.
            Has sido mi luz en todos estos meses.

            Tu Ángel, te quiere.


20 de Octubre de 1969

            Me atrevo a escribirte ahora porque tengo la certeza de que no podrás hacerme daño. No guardo odio ni rencor hacia ti y si tuviera que utilizar una palabra para describir lo que siento, te diría que es pena.
            Me das pena, porque tu vida es tan gris como lo es tu alma, me da pena que hayas perdido diecisiete años de tu vida criándome para que lo hayas matado en ocho meses.
            Me da pena que no te haya servido de nada,  ahora soy libre y estoy fuera de tu alcance.
            Seré libre hasta el último de mis días y ni tú, ni tu dictadura, esa a la que tanta fidelidad juras, podrán callarme.
            Lucharé por mí, por mi amor y porque otros no pasen por el infierno que tú creaste para mí.
            Ahora soy un hombre de principios y como tal lucharé por ellos. Este es el hombre que tú has creado.

Sin más, Ángel


20 de octubre de 1970

            Mamá, quiero que sepas que estoy bien, ahora soy feliz.
            Quiero decirte que no te culpo por nada, sé cómo es el hombre que tienes a tu lado, que no te duela si no le llamo papá.
            Hoy cumplo mis dieciocho y había imaginado tan diferente este día, por eso te escribo. Decirte que te oí llorar el año pasado cuando viniste a verme, estaba pegado a la puerta esperando a que me sacaras de allí. No hubiera deseado otra cosa tanto como ese día.
            Mamá, saca el valor de estas letras y hazte con el control de tu vida, como yo he hecho con la mía.
            Volveré a buscarte, sólo dame tiempo.
Todo ese tiempo encerrado me ha servido para amarme tal y como soy, para amar más si podía a ese amor que vosotros habéis castigado. Me ha enseñado a valorar la amistad. ¿ Recuerdas a la enfermera rubia que te prestó el pañuelo aquel día para secarte las lágrimas? Ella ha sido mi salvación, gracias a ella soy libre.
            Repito: Ahora soy feliz.
            Tu hijo, te quiere.




1 comentario:

Anónimo dijo...

Soy Silvia Ortega... Me hace feliz ver esto aquí, peeeero solo un apuntito. Escribo mejor que esto. :)