martes, 12 de marzo de 2013

Cristales de agua


Josep María Costa Serra (Barcelona)

— Te quiero.

— ¿Que me quieres, dices?

— Sí, sí, te quiero. ¿Tan raro lo ves?

— ¿Lo dices para decir algo o es un sentimiento profundo?

— Nunca hablo gratuitamente y menos de estas cosas. Y es un sentimiento profundo. Si lo sabré yo..
.
— ¿Y por qué me quieres precisamente a mí que soy una persona difícil de querer?

— No lo sé, pero te quiero. A veces haces unas preguntas...

— A estas alturas ya deberías conocerme.

— Pienso que sí que te conozco.

— No, no me conoces. Acabamos de hacer el amor y no me has dicho ni una sola vez que me querías, en cambio ahora...

— ¿Qué quieres decir?

— Decirme que me quieres mientras nos relajamos... Antes, cuando nos hemos corrido los dos al mismo tiempo quizá era el momento más adecuado para decirlo.

— Si no te dicen que te quieren cuando tú deseas oírlo, ¿no vale?

— Simplemente has dejado pasar una ocasión  idónea.

— Si lo sé no digo nada.

— ¡Ah!, te importa un bledo decirlo o no....

— ¡Claro que no!, pero si todo es tan complicado.

— Nada es complicado por sí mismo. Nosotros lo complicamos.

— ¿A dónde quieres ir a parar?

— A ninguna parte. Sólo digo lo que pienso y no como tú.

— ¿Me estás diciendo mentiroso?

— Yo no he dicho eso. Sólo digo que a veces no dices lo que piensas.

— ¡Y tú qué sabes!

— Lo sé mejor que tú. Por algo he estudiado cómo descifrar el comportamiento de las personas.

— No me hagas hablar.

— Por mí no te cortes. Di lo que te venga en gana.

— Cambiemos de tema.

— ¡Déjame en paz!

— Está bien. Si eso es lo que quieres, pero después no te quejes... ¿Qué me dices de tu última relación? Que si era una persona cojonuda, cariñosa y sensible, ¿y al final qué? Que te engañaba con todo “quisqui” y tú, mientras tanto, con el cirio en la mano...

Perdona, si me engañaba con todo el mundo, como dices, no es un problema mío, más bien es su problema...

Bueno, algo de tu parte habrás puesto para que eso pase. Quiero decir que cero de culpa por tu parte tampoco.

Te empeñas en mortificarme, ¿eh?

¡Vete a tomar por el culo!

Y porque no...

Siempre me he preguntado si lo nuestro fue una historia de amor o desamor.

Todo este tiempo de ausencias dolorosas, de besos mimosos robados al recuerdo y la no presencia de tu cuerpo desnudo, entregado a la gula insaciable de mis sentidos. Todo este tiempo vivido en zona muerta me ilustra la magnitud de la tragedia.

Llueve. De pie junto al ventanal recuerdo cuando mi aliento empañaba los cristales de agua y sobre él, rompiendo su monotonía, escribía tu nombre con pulso sereno, esperando tu llegada. La cadencia arrítmica de la lluvia sobre esos mismos cristales me convierte en rapsoda silente y errante de nuestra canción preferida: “Only you... can make this world seem right...” ¿Recuerdas?

Estos días plomizos me vuelven el ánimo cansino. Tengo el cerebro brumoso y ausente y he escuchado, arrellanado en el sofá, nuestra canción entre sábanas mojadas de humores amorosos.

¿Qué quieres ahora metiéndome mano?

¿Tienes ganas de hacerlo otra vez?

Si continúas tocándome de esta manera quizá sí... Continúa, me gusta...

Mm... Me gusta follar contigo.

A mí también.

Con delicadeza extrema cogí su enorme polla (siempre le decía que tenía una polla 10), turgente, incisiva y sobre todo, caliente. Era un calor absorbente. El calor de su miembro tenía su propio lenguaje. Después de sentirlo en la mano, rápidamente me penetraba por todo el cuerpo y me hablaba. Como ya he dicho, tenía su propio lenguaje de preguntas y respuestas. Todo fluía de prisa pero inmerso en una gran calma. Al apretar su polla entre mis dedos notaba las pulsaciones de su corazón, ahora sístole ahora diástole. Era el marcaje de la vida que compartíamos. En esta pulsación eres mío, le decía, y en esta otra también. Quisiera poder parar la maquinaria que rige el tiempo en el universo y hacer de estos momentos una repetición  inacabable de nuestras caricias.

La saliva se me acumula en la boca. La lengua se mueve ágil, engrasada entre la secreción licuante y su capacidad para generar placer. Salivosa, dejo que se deslice sobre mi labio inferior y abrace la punta de su polla como si de ríos de miel se tratara. Respirando afanosamente por los orificios de la nariz pretendo robarle aire a su cuerpo. Que ni siquiera la respiración le aparte de mí. Quiero todo de él. Su miembro desaparece, abrazando la garganta profunda y protegiéndolo y succionándolo y devorándolo, materialmente, dentro de mi boca. Cuando lo hago se convulsiona y abraza mi cabeza con sus manazas y, cariñosamente, acompaña mis movimientos, arriba y abajo, de mi boca protectora. Me encanta que se corra en mi boca y a él le excita proponérmelo. Llegado el clímax recibo, como salivazos, el fruto dulzón rítmica y propulsivamente. Es el deseo cumplido. Nos dormimos, uno sobre el otro, pero no por mucho tiempo porque al despertar todavía restan iluminados los plataneros que despuntan  tras la ventana. Veo su polla dormida, sin lenguaje, carnosa y querida. Noto, de pronto, su mano acariciándome el culo. Primero con el índice y acto seguido con el pulgar, haciendo círculos cada vez más grandes. El ano se va dilatando. Contacto con su polla, ahora apuntando hacia el cielo con la belleza propia de un animal enfurecido, dispuesto a darte todo. Con sensibilidad  me coloca de rodillas y hunde su lengua entre mis nalgas. Iniciamos así el rito del placer que te subyuga. La música, tu música, la que quieres oír satura tu mente y el tiempo se ralentiza y parece que lo logra. “Ahora vas a saber lo que es bueno”, y nuestros cuerpos se entregan a una lucha furiosa. Arrodillándose,  me penetra rato y rato, incrementando y suavizando, alternativamente, hasta terminar en la más desbocada de las cabalgadas. “Un día te violaré”, me dice sin resuello. “A tu manera, ya lo haces”, le contesto como sin sentido.
 
Me encantan tus grandes ojos glaucos, vestidos de largas pestañas que miran hacia el cielo.

¿Te ha gustado la segunda follada?

Sí. Siempre me gusta follar.

Nos hemos dicho que nos queríamos y de esta manera todo es más profundo.

¿Y ahora, qué hacemos?

He de irme. No olvides que tengo una familia.

¿Quieres hacerlo otra vez?

Déjalo ya...

¿No quieres repetir?

 Ahora ya estoy vestido.

Eso no es un problema. Te desvistes de nuevo.

Llegaré tarde.

Invéntate una excusa. Ya lo has hecho otras veces.

Sí, pero, cualquier día...

Mira lo que te pierdes... ¿Vas a dejarme así?

Eres un hijo de puta irresistible....

Sigue lloviendo. He ido hasta la ventana para mirar a sabiendas de que no te vería. Los coches vociferan alineados y estáticos  para intentar seguir avanzando. Así es también mi interior. Vocear para ahuyentar la soledad. La realidad, mediocre, me martillea el oído y no me deja vivir en paz. Todo este tiempo vivido en zona muerta me ilustra la magnitud de la tragedia. Estoy triste por mí y por ti. Nuestras vidas continuarán selladas por caminos secretos de incomprensión e hipocresía. Tú, con tu familia, desgajado de la realidad. Yo, en mi soledad, llorando en silencio. La vida me ha golpeado con tu cariño pasajero, como si de una primavera se tratara, que huye y no da tiempo  a que la preñez de las flores irradie de belleza todos los rincones.

Sigue tu camino, Antonio, y que no sea un camino de espinas agazapado en un mundo rosáceo.

Se escucha un portazo. La soledad ha quedado prendada en la habitación y el eco del sollozo se posa sobre la cama, testigo, ahora frío, de besos de poesía que prometieron tesoros del corazón. En los cristales de agua de la ventana se difumina paulatinamente un deseo moribundo: “Recibe de mis labios húmedos el beso más sentido. Tuyo siempre, Alberto”.

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