sábado, 9 de marzo de 2013

Mi último tren



María Cinta Mora Díaz (Guadalajara)

Tenía miedo. Mucho miedo de perderlo. Sabía que era el amor de mi vida y no quería perderlo como a todos los anteriores.

Siempre era igual: me enamoraba, salíamos unas cuantas veces y, cuando al fin, me decidía a decirles la verdad, que yo era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, desaparecían sin más. Todo iba sobre ruedas, eran relaciones bonitas; todas, hasta que me decidía a confesarles mi secreto.


Así que esta vez no quería decirle la verdad. Me sentía culpable por mentirle, pero si le decía la verdad, ocurriría lo irremediable: le perdería. Y no estaba dispuesta a perderle. No esta vez. No a Manuel.

Manuel me trataba siempre como a una gran dama. Nunca antes me había sentido igual. A veces, hasta olvidaba que no era una mujer al completo.

Cuando llevábamos un tiempo saliendo, le dije que me reservaba para después del matrimonio, y Manuel me entendió. Me respetaba. Después de decirle eso, seguía a mi lado, lo que me hacía pensar que sí quería casarse conmigo.

¡Yo era la mujer perfecta para él! ¡Y él era mi hombre perfecto! ¿Por qué estropear eso?

Hacía ya unos años que había decidido operarme para cambiar mi sexo, y estuve ahorrando para ello desde entonces. Había llegado el momento. Ya disponía del dinero necesario, así que tan sólo tenía que operarme, mientras me inventaba un viaje urgente, ¡Y ya estaba! Cambiaría mi nombre en el Registro Civil; entonces, y sólo entonces, podríamos poner fecha para casarnos y todo podría ser perfecto.

En los dos meses que llevábamos saliendo, Manuel creía que lo sabía todo de mí, que no guardaba ningún secreto para él, así que ¿qué iba a inventarme para un viaje inesperado de, al menos, 15 días?

Cada vez estaba más cerca, y el remordimiento crecía. Me concomía por dentro, pero él no debía notar nada o lo echaría todo a perder.

Merecía ser feliz; cuando era un niño, nunca conseguí sentirme como los demás. Disfrutaban jugando al fútbol, y a mí me gustaba hacerlo a las muñecas con mi hermana Gema. Mientras los chicos peleaban, yo echaba a correr cada vez que creía que se acercaba una pelea.

Me sentía más cerca de mi hermana y sus amigas. En mi clase, mis mejores amigos también eran chicas, y los chicos se reían y se burlaban de mí.

A los quince años seguía hecho un lío. Solía hablar mucho con mi hermana, y descubría, una y otra vez, que  sentía igual que ella.

Gema me ayudó mucho cuando, finalmente, me di cuenta que había nacido con el sexo equivocado.

- Manuel, ¿quieres decirme que eres gay? – me preguntó mi hermana.
- No. Creo que no. Porque no estoy orgulloso de ser hombre. Yo siempre quise ser como tú, una chica.
- ¿Estás seguro de eso, Manuel?
- Llevo años dándole vueltas a todo. Y al fin, estoy seguro de algo: quiero ser una mujer.

- Está bien, Manuel... bueno, Manoli. Yo te ayudaré con papá y mamá

¡Menudo drama cuando los dos – menos mal que Gema estuvo siempre a mi lado – fuimos a hablar con mis padres!

Yo ya había acabado mis estudios, y había trabajado como repartidor de publicidad y de pizzas.

En esos momentos, no tenía trabajo. Debía buscar, y, una vez avisados mis padres, decidí buscar trabajo como Manoli. Gema, una vez más, me ayudó. Esta vez me prestó su ropa ¡Y me maquilló!

Me miré en el espejo, y ¡por primera vez en mi vida, ese reflejo que me devolvía, era realmente yo!

- ¡Qué locura! – oí decir a mi padre.

Pero, ya había decidido dar el paso y, por más doloroso que fuera para todos, quise sacar la mujer que siempre llevé dentro.

Así fue como comenzó mi vida como Manoli.

Me empecé a tomar hormonas femeninas, y cada vez estaba más cómoda en mi ropa de mujer. Con unos ahorrillos me coloqué pecho. Aunque creció un poco con las hormonas, quise aumentarlo.

Sólo me faltaba la operación de cambio de sexo, pero para eso tendría que esperar más.

Mis padres, poco a poco, fueron aceptándolo, porque me veían feliz. Todo parecía ir encaminado ¡Todo menos mis relaciones con los hombres!

Cada vez que conseguía enamorarme, lo único que ocurría era que me rompían el corazón. Unas veces tardaban más, otras menos; pero, cuando decidía contarles mi secreto, todos desaparecían, sin darme una oportunidad ¡Ilusa de mí! Siempre pensaba: esto es amor verdadero. Lo entenderá, porque me quiere. Y, una vez más, se volvía a repetir la misma historia.

Por eso, después de todo lo que había sufrido en mi vida, pensaba que ya había llegado la hora de ser feliz.

¡Y esta vez no me iba a arriesgar!

En una semana me operaría en Barcelona y después, ya sería una mujer completa ¡Por fin podría ser feliz!

Quedaban sólo 7 días, y no sabía qué inventar  para ese viaje.

Cada día estaba más nerviosa. Sabía que todo cambiaría, y tenía la esperanza de que sería para mejor, pero algo me hacía pensar, sin querer,  que todo saldría mal.

Manuel me invitó a cenar. Una cena familiar. Estarían todos: sus padres, sus hermanos, sus abuelos y sus tíos.

¿Por qué me ponía tan nerviosa aquella cena? No sabía el motivo, pero cuanto más se acercaba el día, más me subía la tensión ¿Sería la cena, el viaje, o la operación? Eran demasiadas cosas juntas.

La cena era el día anterior a mi operación ¡Qué casualidad! De todas formas, preferí poder ir a esa cena.

Había llegado el día. Manuel vino a buscarme. Me esmeré en arreglarme. Ese día quería verme bonita, tenía que ser una noche especial ¡Ni me imaginaba todo lo especial que iba a ser!

Los nervios vivían conmigo desde hacía unos días. Esta tensión podía conmigo.

- Toma, Manoli ¡Tómate esta tila! – me ofreció Gema, que siempre estaba pendiente de mí.

- Gracias, hermanita.

- ¡Estás guapísima! – me dijo, guiñándome un ojo.

Me bebía casi de un solo trago aquella tila y, la verdad, hizo efecto a los pocos minutos. Logré tranquilizarme. Y sonó el timbre.

- Es Manuel  ¡Suerte, hermana! – me dijo Gema.

- Suerte, mi niña – me deseó también mi madre.

Cuando atravesé la puerta de la calle, ahí estaba Manuel, mirándome. Pude ver en sus ojos un brillo especial al mirarme, noté su admiración por mí, por su novia, su futura mujer. Porque estaba segura que esa noche me pediría matrimonio.

Cuando subimos al coche, decidí darle la noticia del viaje.

- Manuel: mañana tengo que salir de viaje, urgentemente. Vamos al funeral de un tío lejano mío, pero al que teníamos mucho cariño. Es en Venezuela.

- Lo siento.... ¡Estás guapísima, Manoli! – me dijo Manuel sin parar de mirarme a los ojos.

- Estaré unos 15 días fuera – proseguí – solucionando los papeles de la herencia.

- No sé si podré pasar tanto tiempo sin ti.

El trayecto se me hizo eterno. Volvían otra vez los nervios. Allí estaría toda su familia ¿Pasaría aquella dura prueba?

Al fin llegamos. Estaban todos tomando un aperitivo, antes de comenzar la cena. Sus abuelos eran encantadores, a su padre le caí bien, pero las miradas que me regalaba su madre no me inspiraban mucha confianza.

Luego estaban sus tíos, que parecían interrogarme con la mirada y su primo, de nuestra edad. Su cara me era familiar. Rápido salí de dudas.

- ¡Hola, Manuel! – me dijo en voz baja, acercándose a mí.

De repente caí en la cuenta: era Raúl, y habíamos ido juntos a clase, en primaria. Aún recordaba mi cara, ¡Y mi verdadero hombre!

- ¡Vamos! Todos a cenar – nos llamó su madre.

No sabía qué hacer, ni hacia dónde mirar.

- Manoli, tú aquí, a mi lado – me dijo Manuel.

Le seguí, aunque sólo por inercia, porque estaba totalmente desorientada.

Todos nos sentamos, y mi mala suerte esa noche parecía que iba a seguir su curso ¡Justo enfrente estaba Raúl!

Se pasó toda la cena buscándome problemas. Me preguntaba a qué colegio fui cuando era pequeña, si en alguna ocasión jugué al fútbol o si había tenido alguna vez amigos chicos.

Todos los demás estaban desconcertados, no entendían a qué venían todas aquellas preguntas.

¡Y cada vez me veían más nerviosa! Nadie sabía lo que estaba ocurriendo allí, ni siquiera Manuel.

- ¿Qué te ocurre, Raúl? – le dijo Manuel.

- Pregúntale a Manoli... ¿O quizá debo decir Manuel?

- Pero qué estás diciendo, deja de decir tonterías.

Pero no paraba de mirarme, con esos ojos de interrogatorio, que yo no podía soportar ni un segundo más.

Tenía todos los ojos clavados en mí. Sentía que iba a echarme a llorar. Antes de que ello ocurriera, me levanté, y grité, mirando hacia Manuel:

- Sí, Raúl tiene razón. Mi verdadero nombre es Manuel.

Y salí corriendo, tirando vasos, platos y cubiertos. Todo lo que encontraba en mi camino, con las prisas, salía volando.

No sabía si seguían mirándome. ¡No quería mirar atrás! Allí quedaba mi última oportunidad de ser feliz. Allí quedaba el amor de mi vida, el último barco, mi último tren. ¡No podía ser que todo hubiera acabado así, cuando casi estaba a punto de ser una mujer!

Cuando les conté a Gema y a mis padres por lo que había pasado, se esforzaron por alegrarme. Pero el único que podría alegrarme no vendría.

Al día siguiente, muy temprano, cogimos el avión hacia Barcelona. Los tres vinieron conmigo, y no se separaron de mí ni un momento.

¡La operación salió bien! En una semana estábamos en casa. Fue dolorosa, pero yo ya no podía sentir el dolor. No después de la pérdida de Manuel. Mayor dolor que aquél no podía existir.

Pasaron unos meses, y yo no levantaba cabeza. Al fin había logrado lo que toda mi vida había perseguido: ser una mujer al completo.

Y justamente ahora, que me sentía una mujer completa, me sentía vacía ¡Qué ironías nos manda la vida!

Pasaron unos meses, y estaba aprendiendo a vivir sin Manuel, cuando, en la calle, me crucé con él. Se me quedó mirando,  y preguntó:

- ¿Cómo fue la operación?

- ¿Qué haces por aquí, Manuel?

- He venido a ver si te veía. Te echo mucho de menos.

- La operación fue muy bien – le contesté, con los ojos húmedos.

- ¿Querrás casarte conmigo, Manoli? – me preguntó, poniéndose de rodillas ante mí- ¡Por favor! Perdóname.

- No.

- ¿No quieres casarte conmigo? ¿No me perdonas?

- No... – respondí - ¡Que no tengo nada que perdonarte! Te entiendo. Te oculté algo muy importante. Pero lo hice por miedo a perderte.

- Y ahora, después de varios meses, así lo he entendido – me dijo – Y también me he dado cuenta de que te quiero, y no te puedo dejar escapar.

-          ¡Pues, cógeme, y no me sueltes! ¡No me vuelvas a dejar escapar!

Ese fue el primer día del resto de mi vida.

El día que fui, por primera vez, la mujer más feliz del mundo.