miércoles, 27 de febrero de 2013

Monstruo



Eduard Molina Herrera (Barcelona)

Una tarde cualquiera de un lunes de otoño. Ángel, de 23 años, paseaba serio por las calles de aquella ciudad gris tras finalizar su jornada laboral. No apretó el ritmo cuando se puso a llover. La gente a su alrededor corría a resguardarse pero él no parecía inmutarse. Él seguía paseando con las manos en los bolsillos. Quizá la lluvia le hacía sentir vivo.
            Observó que un chico de unos 20 años que fumaba debajo de un balcón le miraba fijamente. Se acercó.

            - ¿Qué buscas? –Le preguntó Ángel sin cambiar su actitud frívola.
        - No sé, pasar un buen rato. Estoy solo en casa. Si quieres subir... Así te seco. –Le propuso el desconocido con mirada lasciva.
            Ángel sonrió para sí. “El amor está a la vuelta de la esquina” pensó.
         Subió con el desconocido. Se besaron mientras arrancaban la ropa el uno al otro. A partir de ahí llegaron los bocados, caricias, transpiraciones, gemidos…
            Media hora después Ángel salía por la puerta.
            -¿Nos volveremos a ver? –Preguntó nervioso el desconocido.Ángel subió al ascensor sin ni siquiera mirarle. Al llegar de nuevo a la calle, comprobó que la tormenta había amainado. Sacó su mp3, y se puso a escuchar la canción “Roads” de Portishead. Siempre la escuchaba después de acostarse con alguien. Le hacía pensar en su soledad, en su extraña incapacidad de amar. Alguna vez, aquello le abría tal brecha que le era incapaz de contener las lágrimas.
            Siempre se fijaba en las parejas que paseaban de la mano y en los ancianos que se sentaban en bancos solitarios… Se preguntaba cuál sería su futuro.
            Su móvil vibró en el bolsillo. Miró la llamada. Se trataba de un número extraño. Paró el mp3 y atendió la llamada. No necesitó escuchar más de una palabra. Descubrió al instante de quién se trataba. Juan, después de tantos años, le llamaba. Por un momento pensó que el mundo había dejado de girar, que su corazón se había olvidado de latir.
            -Hola Ángel. He vuelto a la ciudad. Quiero verte, por favor. Hay cosas que necesito que sepas. –Le rogó Juan.
            -No quiero hablar, ya está todo dicho entre nosotros. De verdad. –Le contestó con la voz rota.
            -¿Qué te ocurre? ¿Por qué me hablas así? –Juan esperó unos segundos y volvió a hablar- Has vuelto a hacerlo, por eso lloras. Porque has vuelto a hacerlo. Deja de buscar en otros cuerpos lo que…
            Ángel colgó antes de que acabara la frase. Su móvil volvió a vibrar pero esta vez no lo cogió.
            Al cabo de un rato llegó a “Eden’s bar”, su cafetería favorita. Se sentó en su lugar de siempre, la última mesa y la menos iluminada del local.
            Ismael, un chico universitario que trabajaba allí de camarero desde hacía un tiempo, se acercó a su mesa.
            -¡Dichosos los ojos! Hacía ya días que no venías, Ángel. Vienes bastante mojado. Bueno, ¿Qué vas a tomar? –Le dijo el camarero sonriente.
            -Buenas Ismael. He estado un poco liado estos días. Pues ponme un trifásico de Baileys corto de leche, por favor. –Le pidió, también con una sonrisa.
            -De acuerdo. Escucha, salgo en una hora más o menos. ¿Quieres que nos veamos cuando acabe el turno? –Le sugirió Ismael, en tono travieso.
            -Hoy no. Ya voy servido, pero gracias. –Le rechazó sutilmente, guiñándole el ojo.
            -Qué difícil me lo pones. –Refunfuñó mientras se dirigía a la barra.
            Ángel parecía más calmado pero aquella sensación le duraría más bien poco. Sacó el móvil para ver la hora y se encontró con la perdida de Juan y un mensaje: “No eres un monstruo, nunca lo fuiste”. Aquel mensaje le suscitó una especie de pinchazo en el pecho. El dolor volvió a inundarle por dentro. No entendía por qué, si él había asumido su cruz, hubieran personas que aun así buscaran su redención.
            Al ver a Ismael acercarse con su trifásico, encontró la solución para huir de ese sufrimiento rebrotado.
            -Gracias. Por cierto, ¿Sigue en pie tu oferta de antes? –le planteó con una mirada pícara.
            -Por fin, el famoso Ángel vuelve a mí. –Bromeó el camarero alegremente.
            Ángel sabía que el sexo era un simple mecanismo de defensa para no afrontar la verdad. Pero siempre le había funcionado, era el vendaje perfecto para una herida que nunca se cerraría. Disfrazaba la soledad y la gente le deseaba por ello, sin saber que tras aquella máscara con aires de seducción se escondía un joven con el alma rota. Un Ángel con las alas rotas.
            Pasó el rato mirando embobado la televisión, pretendiendo así no pensar en Juan. Luego, esperó en la puerta de la cafetería a que saliera su nueva cita y luego se fueron a su coche.
            -Vamos donde siempre, ¿no? –Preguntó Ismael encendiendo el motor.
            Ángel asintió. Hablaron de cosas triviales. La universidad, el trabajo…
            En menos de un cuarto de hora se hallaban en el descampado de un polígono. Ya ha había oscurecido lo suficiente para que nadie pudiera observarlos en sus “quehaceres”.
            Ángel tiró su asiento para atrás e Ismael, tras parar el coche, se incorporó encima de él y se sacó el jersey y la camiseta. Hizo lo mismo con Ángel. Se besaban, se mordían, se agarraban. Puede que en esa ocasión la pasión tomara una tonalidad más brusca que en ocasiones anteriores, pero era igual de excitante. Se descordaron los pantalones mutuamente. Ismael no tardó en sentir a Ángel dentro.
            -No te muevas demasiado deprisa. -Le advirtió.
            Cuando acabaron de vestirse, Ismael arrancó con la intención de llevarlo a casa.
            -Ha sido increíble, estabas muy exaltado. Sinceramente, no parecía que ya fueras servido. -Comentaba el camarero altamente sorprendido- Creo que incluso me has dejado marcas.
            Al llegar a su piso, Ismael le pidió un beso de despedida a Ángel pero éste le indicó que ya le había dado muchos. Se bajó del coche y se dirigió a su portal. Ismael esperó con el motor encendido para ver si se giraba para mirarle, pero no fue así. Se preguntó si Ángel amaría a alguien alguna vez.
            Al llegar a su piso preparó la bañera, se desvistió, puso “Roads” de Portishead en la minicadena y se metió en la bañera. Mientras se sumergía, empezó a cantar [Never found our way, regardless of what they say ].
            Mil preguntas le asaltaban a la vez que permanecía debajo del agua, ¿Por qué Juan había decidido entrar de nuevo en su vida? ¿Cómo había conseguido su número? ¿Por qué parecía querer protegerle cuando se trataba de la persona a la que más daño había hecho?
            Deseó tenerle cerca aunque fuera por un instante, pero sabía que no se merecía volverle a ver. Conforme pasaban los segundos, él sentía que le iba faltando el aire, pero deseaba seguir aguantando. Hasta que no pudo más y salió a la superficie impulsado por el instinto de supervivencia. La canción seguía sonando aún [From this moment, how can it feel this wrong ].
            Una vez se hubo puesto el pijama y tras cenar y acostarse, decidió que la llamada de Juan no entorpecería su vida. Seguiría con sus amigos, sus amantes, su trabajo, etc. Y que nadie más hurgara en sus cicatrices.
            Poco a poco, y a pesar de los nervios acumulados, Ángel fue cayendo en un profundo sueño.
            Al día siguiente se despertó tarde. No había oído el despertador. Se levantó, vistió y acicaló todo lo rápido que pudo. Ya llegaba tarde al trabajo.
            Salió del piso, y se sorprendió al encontrarse lo que debía ser un “sin techo” tirado y durmiendo delante de su puerta. 
            Cuando trató de voltearlo para poder avanzar, descubrió que no se trataba de un desconocido. Era Juan, con barba y desaliñado, como desatendido.  Empezó a zarandearlo suavemente para despertarlo.
            -¿Qué haces aquí? ¿Qué ha ocurrido? –Le preguntó nervioso.
            -Ángel… ¿Eres tú? –balbuceó Juan mientras se despertaba.- Siento todo lo que te he hecho.
            Ángel le ayudó a enderezarse. Juan se rascó los ojos e intentó desperezarse.
            -He venido a verte. Llevo unos días investigando dónde podrías estar y, cuando por fin encuentro tu paradero no soy capar de tocar al timbre –musitó Juan sonriendo para sí.
            Ángel le hizo entrar a su piso. Le dejó una manta y ropa cómoda. Le preparó también un café caliente mientras éste se cambiaba. Juan se lo agradeció.
            Se sentaron en el sofá y estuvieron un rato sin hablar. Parecía que no supieran qué decirse, o quizá se trataba de eso. Hasta que uno de los dos rompió el silencio.
            -Tú me amabas, aún me acuerdo cómo me hablabas de otros chicos intentando ver mis celos. –recordaba Juan melancólico- Pero todo acabó aquella noche en la que...
            -Cállate, no quiero seguir oyéndote. –le interrumpió Ángel- Si has venido a recordarme mi error será mejor que te vayas. Ya he pagado por eso. Y créeme, aún lo sigo pagando.
            -Déjame acabar. –le pidió- Porque no creo que seas tú el que está más arrepentido.
            Ángel no entendía nada. ¿A que venía todo aquello?
            -No me puedo perdonar que aún creas que lo hiciste en contra de mi voluntad –dijo Juan con la voz entrecortada- Ibas bebido y yo me aproveché de ti.        Me insinué. Deseaba que me hicieras el amor. Yo también te amaba.
Tras decir aquellas palabras empezó a llorar cómo un niño pequeño. Ángel cada vez parecía más confuso, incluso se sentía mareado.
            -¿Por qué entonces desapareciste de mi vida? ¿Por qué me acusabas de haberte violado? ¿Por qué me dijiste que era un monstruo? –le reprochó Ángel, también con lágrimas en los ojos.
            -Yo era el “hetero”. El niño perfecto para sus hijos. No quería aceptar lo que estaba sintiendo, y pensé que si lo hacía contigo se me iría esa espina que me estaba matando. Aunque el momento más bonito de mi vida, no fue así. La espina seguía clavada en mi alma. Yo te seguía amando.
            Ángel se levantó del sofá sin saber bien que sentir. Una mezcla de rabia, pena y resignación se había apoderado de él. Juan siguió hablándole sin poder mirarle a la cara.
            -Quiero que sepas que yo también he pagado por ello. Al cabo de los años se lo dije a mi familia, la cual me miró con condescendencia. Me marché. Cada vez que he intentado estar con otro hombre, he salido corriendo después de mis primeros contactos. Yo soy el monstruo y me lo merezco. –hizo una pausa larga, cogió aire y siguió hablando- Sólo quería que lo supieras. Ya no volveré a joderte la vida nunca más.
            Juan dejó de llorar y se fue a cambiar de ropa.
            Ángel no dijo nada. Se sentía extraño, era como si la coraza que tanto tiempo había llevado se hubiera roto de golpe. Se sentía extrañamente libre.
            Una vez se hubo puesto su ropa, Juan se dirigió a la puerta de salida. Mientras agarraba el pomo, notó que unos brazos le abrazaban por detrás.
            -No quiero que te vayas. Déjame que sea yo quien ahora te quite la espina.
            Con el tiempo, la paciencia, la dulzura y el amor, ambos comprendieron que los monstruos no son más que el espejismo de un alma rota que ha de ser reconstruida.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Todos llegamos a pensar alguna vez si actuamos o no como monstruos, pero la mayoría de las veces no es así, tenemos muchos prejuicios