sábado, 23 de febrero de 2013

Sépalo



Lucía Torrent Navarro (Las Palmas de Gran Canaria)


- ¡Levántate Víctor, no seas tan dormilón, vas a llegar tarde al cole!
            Víctor no dormía, solamente pensaba con los ojos cerrados. Quería ir al cole. Le gustaba mucho su profesora y sus amigos, pero había un grupo de niños de un curso superior que le habían llamado mariquita. El tono, desconocido para él, lo desazonaba.  La palabra mariquita no era nada malo, pensaba Víctor; él había visto muchas mariquitas en el campo cuando iban a ver a su abuela y eran preciosas. Mas las risas burlescas y los secretitos de sus compañeros señalándolo, enturbiaban la palabra.

            - ¡Víctor, por favor! No sé cómo decírtelo, te tienes que levantar o no llegas hoy al colegio- volvió a gritar su madre desde la cocina.
            - ¡No, no quiero levantarme! Quiero seguir durmiendo- le contestó, y se tapó la cara con la sábana.
            Teresa se acercó y lo alentó con entusiasmo: - ¡Arriba, arriba dormilón!
            – No estoy dormido, sólo estoy pensando- dijo el niño.
            Algo pasaba con Víctor. ¡Que extraño! Él siempre quería ir al cole. Teresa lo miró interrogante.
            Víctor bajó la sábana un poco. Los grandes ojos azules se clavaron en su madre. – “¿Te acuerdas cuando me dijiste que “mariposón” significaba mariposa grande? dime, ¿qué significa ahora “mariquita”? ¿puede ser una maría pequeñita o es ese bichito con lunares negros que vemos en el campo?” 
            En las palabras de Víctor no había ironía ni sarcasmo, sólo había un curioso desasosiego. Teresa se sentó en un lado de la cama. Extendió la mano y acarició la cara de su hijo. Le sonrió como sólo una madre sabe hacerlo. – “Víctor, cariño” -, le dijo, intentando que su tono de voz  no delatara inseguridad. - “Las mariquitas son efectivamente los animalitos rojos con lunares negros que vemos en el campo. Esos sensibles y pequeños voladores, tienen un corazón muy grande, aunque no lo veamos. Además, junto con las mariposas, son unos de los seres más delicados y bellos que nos ofrece la naturaleza. Seguro que tus amigos han reconocido en ti todas esas virtudes”.
            - No son mis amigos; son de la otra clase y más mayores que yo, creo que se burlaban de m - zanjó.
            Teresa hacía un esfuerzo por parecer natural. Por dentro la rabia la corroía y hubiese preferido gritar: “¡Maldita sociedad, cuándo se va a acabar esto!” sin embargo, su exquisita educación no se lo permitió.
            Como si fuera un secreto, le dijo: - “entonces es que te tienen envidia. Deben haberse enterado de lo aplicado que eres. Además eres muy guapo” - y haciéndole cosquillas, exclamó: “¡Seguro que eres el más guapo del colegio!”. Las carcajadas y los movimientos del niño huyendo de las cosquillas hicieron que se destapara. –“¿De verdad crees eso, mami?” - dijo Víctor. –“¡Claro que sí, cariño!”  “¡Venga vístete y desayuna que no vas a llegar al colegio!”.
            Teresa había nacido en el seno de una familia pudiente. Su venusta figura sintonizaba a la perfección con unas finas facciones. El mar en sus ojos ayudaba. El resultado era espectacular.
            Su padre, Don Víctor Sierra y su madre Doña Teresa de La Gracia, la habían llevado siempre a los mejores colegios de la época. Habían sido varios, pues por una cosa o por otra tenía que abandonarlos. Don Víctor, coronel de infantería, dependía en aquel tiempo de los destinos que le adjudicaban. Cuando no eran los destinos era el cobarde encubrimiento de su madre, el que prefería otro colegio. Teresa hizo muchas amistades pero justo cuando empezaba a encontrarse a gusto con sus amigos, revertían en su contra. A pesar de todo, evocó con nostalgia sus años colegiales. Fue en esa época donde conoció a Tomás, su amigo del Colegio de La Salle. El la había entendido desde el primer momento. Aquel periodo de su vida había sido encantador. ¡Lástima!, pensó, duró poco.
            Teresa miró la hora. Se le hacía tarde. El autobús se retrasaba. Cuando lo vio girar en la rotonda, había empezado a ponerse nerviosa. Tuvo la suerte de encontrar un sitio al lado de una ventanilla y se sentó. Ya estaba tranquila, iba bien de tiempo. Se recostó un poco en el asiento y cerró los ojos. Quería seguir recordando. ¡Pobre Víctor!, suspiró, ¡cuánto tuvo que superar!
            La sociedad en la que vivían y a pesar de haberse modernizado seguía siendo desafiante con la homosexualidad. A lo largo de la historia, los homosexuales habían sido perseguidos, apaleados, incluso encarcelados y ejecutados. En la actualidad pregonan y reivindican sus derechos celebrando el día del orgullo gay. Se había avanzado, aunque ella creía que era insuficiente. Todavía, y sobre todo en los colegios, cuando los niños están más indefensos se palpa la incomprensión. ¿Quién contamina la tolerancia, el colectivo o la sociedad?  Dudó unos segundos. ¿Qué más da? ¡Pero si todos somos personas! ¡Donde está la bendita transigencia! Preferimos la discrepancia vecinal escandalosa e impertinente, que compartir la existencia con quien quiere disfrutar de su sexualidad como le da la gana. Aunque la proclamara a los cuatro vientos. ¿Qué es lo que incomoda?
            Abrió los ojos, el autobús estaba llegando al hospital. Teresa era cirujana.  ¿Había elegido esa carrera por vocación? Todavía no lo sabía. Sin embargo siempre tuvo claro que quería indagar en el cuerpo humano. Los estudios de medicina le zanjaron incógnitas y aplacaron su vulnerabilidad. La plaza que había conseguido en la unidad de trasplantes le había aportado muchas satisfacciones. Poco a poco se fue ganando el respeto de sus compañeros. Sonrió. Por su habilidad con el bisturí, la llamaban cariñosamente “dedos de oro”.
            Bajó la persiana de la sala de descanso de los médicos. “Dedos de oro” acababa de terminar una de las dos operaciones que tenía para hoy. Se sirvió un rooibos para relajarse un poco. Quería desconectar. Con la infusión en la mano subió los pies a un taburete.
            Teresa no podía tener hijos, pero siempre había tenido claro que quería ser madre. Por eso tomó la decisión de adoptar. Ese atrevimiento la enfrentó una vez más a la sociedad, pero sobre todo a su padre. Él jamás la había comprendido ni apoyado, y nunca le perdonó lo que llamaba su desfachatez. Sin embargo había merecido la pena.
            A menudo rememoraba con ternura, el día que había ido a buscar a su hijo al orfanato ruso.
           
            “La nieve le llega hasta las rodillas. Se para delante de un edificio gris y no muy grande. Comprueba la dirección. Es consciente que tras esas paredes frías se encuentra lo que más desea. También sabe lo que implica esa determinación. Está asustada. Toca el timbre y a los pocos segundos la puerta se abre. Una señora muy amable sale a recibirla y la invita a entrar. Habla en inglés con acento ruso, a veces difícil de entender. Teresa tiembla. Por el pasillo se oyen voces de niños y llantos de bebés. No hay ni risas ni algarabías. La rusa le dice que espere en una pequeña habitación adornada con nada. Al poco, otra mujer aparece con un niño en brazos. Es su hijo y le parece el bebé más hermoso que jamás había visto. Teresa se siente la mujer más dichosa de la tierra”.

            La adopción, el poderse realizar como madre, había sido una constante en la vida de Teresa. Fue la mayor batalla ganada a la sociedad. Para llegar allí tropezó con miles de obstáculos. El mayor había sido su padre. Su homofobia no le había dejado amar. Ella había empezado a añorarlo en su adolescencia y la añoranza creció en la época de estudiante. Necesitó sus palabras de aliento, pero nunca llegaron. No lo culpaba. Don Víctor había sido una víctima más de la educación retrógrada universal. El día que la llamaron para operarla, su padre ya había muerto. A pesar de todo, lo echó de menos.
            La luz del quirófano fue lo primero que vio Teresa cuando abrió los ojos. La cabeza le daba vueltas y estaba algo desconcertada. Todavía no distinguía con claridad la cara de Tomás, su querido amigo de la infancia. Pero sabía que estaba allí. Aunque la cambiaron de colegio, siempre habían seguido manteniendo el contacto. Incluso habían estudiado juntos la carrera de medicina. Tomás se había convertido también en un médico de prestigio, pero sobre todo era su amigo. Él la había alentado en aquellos tiempos difíciles y había sido su paño de lágrimas cuando no entendía la incomprensión de su padre. Tomás se propuso ayudarla y aquel día lo había conseguido. Los efectos de la anestesia se iban diluyendo poco a poco. Teresa recuperaba la consciencia. Tomás le dijo entonces las palabras que tanto había esperado. La operación había resultado un éxito.
           
            Una voz devolvió a Teresa a la realidad. Doctora tiene que prepararse, le dijo la enfermera que abrió la puerta. El paciente ya está en quirófano. “Dedos de oro” se levantó alertando todos sus sentidos. Agradeció que llegara la hora. Con esa operación finalizaba su jornada laboral. Quería volver pronto a casa.  Pensó que había llegado el momento de contarle a su hijo, toda la verdad. ¿Y si no lo comprendía?
            En su carnet figuraba ya Teresa Sierra de La Gracia. Siempre le gustó el nombre de su madre. Las circunstancias de su nacimiento obligaron a  registrarla como Víctor. Pero de Víctor hacía mucho tiempo que no quedaba nada.

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