miércoles, 6 de marzo de 2013

Sobre el borde de un tejado


Alicia Pal (Madrid)
I
Letargo

Tristán miraba al gato.
            Durante toda la tarde, el animal había permanecido inmóvil. A las ocho, el tintineo de las llaves de Andrés retumbó en el silencio de la casa. Tristán no se inmutó; mantuvo los ojos puestos sobre el gato que seguía durmiendo frente a la funda negra apoyada contra la pared que contenía su guitarra. 
            —No me lo digas —dijo Andrés antes de arrojar su llavero sobre la mesa del vestíbulo—. No te has movido del sofá en todo el día.
            Tristán no saludó. Se quedó absorto en la respiración del gato: su diafragma subía y bajaba a un ritmo acompasado, como si sus pulmones tocaran el primer movimiento del concierto para guitarra y orquesta de Schiffrin.

            —¿Has pasado todo el día ahí sentado sin hacer nada, como el gato? —Andrés se quitó el abrigo y fue a la cocina—. Ni siquiera has hecho la cena, joder.
            Tristán arrugó la frente, se inclinó sobre le mesa del salón y cogió el botellín de cerveza con su mano. Volvió a tumbarse en el sofá e inclinó su cabeza hacia atrás para dar un buen trago. Andrés se acercó al gato.
            —¿Cómo está mi chiquitín?
            Tristán miraba la escena con desgana. Andrés se había inclinado sobre el gato para rascarle por detrás de las orejas y darle besos ficticios; aquella era la vigésima edición del mismo cortometraje. Sin embargo, algo le llamó la atención: el gato no abrió los ojos ni lamió la mano de Andrés como otras veces. Nada parecía perturbar su sueño imperial.
             —Está raro. ¿Qué le pasa? —dijo Andrés inquieto. 
            Tristán se levantó y buscó sus zapatillas que habían ido a parar debajo del sofá. Con su mano, sacó una de ellas.
            —¿Te ayudo, cariño? —soltó Andrés con la misma preocupación con la que había hablado del gato.
            —Puedo solo.
            Con la mano puesta en la segunda zapatilla, Tristán se incorporó para remangarse los pantalones del chándal negro que Andrés le había regalado por Navidad, antes de que todo sucediera. Luego fue hacia el cuarto de baño. Tras vaciar su vejiga, tiró de la cisterna y volvió a echarse en el sofá sin pronunciar una palabra.
            Andrés resopló:
            —Prepararé la cena.
            Tristán volvió a centrar su mirada en el gato. Andrés acabará abandonándome, se dijo. Últimamente perdía todo cuanto le importaba: primero su brazo, luego su trabajo, ahora le tenía que tocar a su pareja. La vida era así.
            Frente a él, el gato permanecía sumido en un profundo letargo. Siempre había sido un animal huraño, solitario, de pocas muecas fotográficas. Solía andar por la casa como si la estuviera inspeccionando. Se detenía frente a las habitaciones y miraba en su interior, luego continuaba su camino por el pasillo. No le gustaba la gente que venía de visita y solo jugaba con Andrés a arañar un viejo calcetín que éste blandía delante de su hocico. Cuando Tristán tocaba la guitarra con sus alumnos en el salón, el gato observaba la clase con atención. Su presencia era tan solemne que había transformado el viejo almohadón rojo en un trono de sultán.   
            Tristán dio otro sorbo al botellín de cerveza de Chimay, una variedad belga que contenía suficiente aporte alimenticio como para no tener que ingerir comida sólida nunca más.
            —¡No tengo ganas de cenar! —chilló para que Andrés pudiera oírle desde la cocina.
            Las vibraciones del grito hicieron que las orejas del gato se movieran. Tristán lo miró con atención: el gato abrió los ojos durante una fracción de segundos. Luego volvió a sumergirse en las tinieblas.    


II
Pirexia

            —Creo que el gato tiene fiebre. Me lo llevo al veterinario —dijo Andrés.
            Tristán abrió los ojos y sacó la nariz de debajo de las sábanas. Había oído ese tono de voz antes. Un tono seco y directo, sin apelativos tipo cariño ni salutaciones como buenos días, amor. La última vez que Andrés lo había utilizado para dirigirse a él fue en el hospital después del accidente. En aquel momento de gravedad, Andrés había dicho: tienen que cortártelo. 
            Tristán se levantó de la cama y, sin lavarse la cara ni peinarse, se puso el mismo chándal que llevaba puesto el día anterior.
            —Espera, voy contigo. Cogeré la cartilla de vacunas.
            Se pasó la mano por el pelo y fue hacia el cajón donde guardaban los papeles de la casa. Andrés le esperaba en el vestíbulo con el abrigo puesto. Sujetaba al gato con los brazos cruzados formando una especie de cuna por debajo del animal. Mientras Tristán buscaba la cartilla en el cajón, Andrés le dio un beso al gato en la cabeza.        
            —Tus papás te llevan al hospital —le dijo—. Todo irá bien.
            —Ya la tengo —anunció Tristán—. ¿Nos vamos?
            —Sí. ¿Puedes coger las llaves?
            Tristán contempló a Andrés un segundo. Llevaba al gato con delicadeza, como si temiera romperlo. Él solía llevar así su guitarra cuando salía de casa. La enfundaba con mimo, colocaba alguna partitura en el bolsillo exterior y salía a la calle transportándola con cuidado. Pero eso era antes.
            —¿Vas a coger las llaves? —le dijo Andrés.
            Tristán introdujo la cartilla en el bolsillo del chándal y alargó el brazo para agarrar el llavero de la mesa del vestíbulo. Luego le abrió la puerta a Andrés utilizando los dedos de su mano como si fueran pinzas y, una vez traspasado el umbral, se dio cuenta de una cosa: después de varios meses, por fin había conseguido salir de casa.

            Vestido con la clásica bata verde, el veterinario manipulaba al animal. Le apuntó los ojos con una linterna, abrió su boca gracias a un palito de madera y le apretó varias veces el abdomen. Tristán miraba al gato soportar aquel manoseo con resignación. En otras ocasiones el animal enseguida habría sacado las uñas en señal de protesta. Esta vez, no. Tristán pensó en su estancia en el hospital. Sin su guitarra, sin sus clases de música. Como intuía que su herida no tenía remedio, había optado por dejarse hacer. No tenía otra alternativa. Tal vez el gato estuviera haciendo lo mismo.
            —Tiene el abdomen un poco hinchado pero no hay de qué preocuparse. ¿Dicen que ha tenido fiebre? —preguntó el veterinario.
            —Sí, esta mañana —contestó Andrés con las dos manos juntas bajo la barbilla como si estuviera rezando.
            —Parece que ahora ha remitido; puede tratarse de fiebre intermitente
            —Hace días que tiene menos apetito —dijo Andrés—. Anoche se quedó quieto un buen rato.
            —Casi todo el día —precisó Tristán.     
            —Bien —dijo el veterinario yendo hacia su escritorio—, su gato tiene todos los síntomas de una depresión.
            Tristán arqueó las cejas.
            —La apatía y la falta de apetito son un rasgo común, un clásico en la depresión felina. Además, desde la última vez que estuvo aquí —el veterinario consultó una carpeta llena de hojas con números y gráficos— ha perdido kilo y medio. ¿Se habían fijado?  
            —Pobrecito mío —dijo Andrés pasándole las manos por encima del pelaje al animal, que yacía sobre la mesa del veterinario con las patas estiradas como si fuera a caminar en posición horizontal.
            —¿Y la fiebre? —preguntó Tristán.
            —Fiebre asintomática. En medicina, la llamamos pirexia.

            Al regresar a casa, Andrés dispuso al gato sobre el almohadón rojo del salón y le acarició el lomo. 
            —Se pondrá bien, ¿verdad? 
            Tristán observaba al gato que descansaba lacio sobre el cojín. El animal había vuelto a cerrar los ojos. Con una mueca de escepticismo, contestó:
            —Ojalá.
            Y se sentó en el sofá.
            Cuando una herida no tiene remedio, hay quien opta por dejarse llevar. No hay otra alternativa.
    
III
Metempsicosis

            El almohadón rojo del salón estaba vacío sin él. Ahora la funda negra de la guitarra que estaba apoyada contra la pared sobresalía aún más.
            —Mira, viene en el periódico —dijo Andrés tras sonarse la nariz.
            Tristán echó un vistazo al diario. Andrés leyó en voz alta:
            —Los veterinarios de la región están detectando un incremento de los casos de peritonitis infecciosa felina, una enfermedad —se detuvo para volver a sonarse— mortal en los gatos para la que actualmente no existe —suspiró—  tratamiento.
            Dejó caer el periódico sobre sus rodillas y rompió a llorar. Tristán agarró Andrés con su único brazo y lo apretó fuerte contra sí mismo.
            —Piensa que no ha sufrido —le dijo—. Se fue durmiendo. Era lo mejor que podía pasar. 
            —Le echo de menos. ¿Crees que es cierto que el alma de los animales puede reencarnarse?
            Tristán se encogió de hombros. Volvió a echar una ojeada en la dirección del almohadón rojo. Mientras Andrés sollozaba, Tristán se levantó y cogió la guitarra. La extrajo de la funda con la mano. Tras contemplarla, acarició sus cuerdas y cerró los ojos. Luego la colocó en el suelo entre sus dos piernas. Solía dejarla así algunas veces, cuando enseñaba solfeo a los niños que venían a casa.
            —Recuerdo que una vez me enfadé con el gato porque caminó sobre ella —dijo Tristán—. Era un bichillo intrépido. 
            Con el pañuelo de mocos entre los dedos, Andrés miró a Tristán y le sonrió.
            —Sí, a veces era un tanto travieso.
            De repente, a Tristán se le ocurrió una idea. Se quitó las zapatillas y dispuso los dedos de los pies sobre las cuerdas. Su tacto era frío pero la melodía seguía ahí. Entonces arqueó los dedos y se concentró para sacar un acorde.
            Andrés le besó en la mejilla.
            —Pareces un gato sobre el borde de un tejado.
            Tristán lo intentó varias veces sin conseguirlo. Si puedo sacar un acorde, un único acorde que suene bien, entonces todo es posible, se dijo. Y después de varios intentos, un do bien sonoro invadió el salón y ahuyentó el silencio que había reinado ahí durante mucho tiempo.
            Andrés y Tristán no podían creerlo.
            —¡Lo has conseguido! —dijo Andrés—. Esto debe ser obra de él. Te dije que los gatos podían reencarnarse.
            Sonriendo, Tristán le contestó:
            —Claro que sí. Todo el mundo sabe que los gatos tienen varias vidas.




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