sábado, 9 de febrero de 2013

Pájaro loco

Facundo R. Soto (Buenos Aires)

Cuarta entrega de las andanzas de un curioso equipo de fútbol de Buenos Aires en el que gran parte de sus jugadores son gays.

1.

Cuando entré a la casa, lo primero que vi fue “Me quiero morir”. Lo había escrito con el dedo, en el vapor del vidrio. Nos sentamos enfrentados, en la mesa redonda del living. La persiana que daba a la avenida Córdoba estaba baja. Mientras preparaba un té de canela para él y uno de durazno para mí, me contó que estaba mal, que la iba a extrañar mucho. Me habló de la muerte y el dolor, de lo feo que es perder lo que uno quiere. Cuando se dio cuenta de que empecé a sentirme mal dejó de hablar de la muerte de Arroba, su higuana, y me preguntó por “21”. Tenía la pecera con los bonsáis vacíos, el cuerpo de Arroba estaba en una bolsita de nylon, en el baño.

- Pensé en embalsamarla- me dijo. También barajó la posibilidad de enterrarla en la maceta del jazmín, la que estaba en el balcón.

Empezamos a charlar sobre el partido del miércoles. Llegamos a la conclusión de que teníamos que llevar rodilleras. Entró su mamá. Él vivía solo en ese departamento, que heredó del abuelo. Estaba ubicado casi enfrente de la Facultad de Economía, pero como él estudiaba en esa universidad la mamá le dio permiso para mudarse ahí. Ella tenía una copia de las llaves y pasaba todos los días.

- Mira Facu las milanesas que le hice a mi solcito. Tienen cibulette, porque ahora le gusta la cibuliette, y bueno… ¿cómo no voy a complacer a este solcito? Mirá qué lindo que es… y está solo. Él es la razón de mi vida.

No era la primera vez que veía a Marta, pero recién ese día me di cuenta cómo era.

Pasaba todos los días para limpiarle la casa, pagarle los servicios, lavarle la ropa y esperarlo con la pava lista para tomar unos mates. Lo único que hacía mi amigo era darle de comer a Arroba (cuando todavía estaba viva).

- Me hace comida para toda la semana, la deja en el frízer. Ya le dije que no hace falta, pero ella no lo entiende…- dijo en voz alta y entró a su cuarto. Se cambió. Puso un tema de Andrés Calamaro que era pegadizo: “Flaca”. Después se acercó a la cocina. Los azulejos blancos brillaban, la cocina de acero también. Todo estaba minuciosamente ordenado y limpio. Con el codo, sin querer, tiré una pila de servilletas que estaban dobladas de la misma forma.

- No te preocupes, después lo arreglo yo- me dijo Marta mientras su hijo se paraba adelante suyo como si fuese un espejo, para hacerse el nudo de la corbata, que ella terminaba de acomodar. Se dieron un beso y salimos. Cruzamos la avenida Córdoba y antes de que entrara a la clase de “Microeconomía 2” le pregunté si me acompañaba a mirar un pantalón que me quería comprar.

Nos paramos frente a una vidriera con dos maniquíes musculosos y sexys. Uno tenía anteojos espejados y estaba sentado en una moto. Nos miramos y nos reímos. Lo vi con los pelos que se le empezaban a parar y me acordé de él cuando estaba en la cancha. Era otra persona. Ahí lo llamábamos “Pájaro Loco”, porque se mandaba unos goles de palomita increíbles, y además jugaba a volar: corría por la cancha planeando con los brazos, y a veces, hacía cosas que llamaban la atención. Un día, a la salida de un entrenamiento en Parque Sarmiento, a la noche, se enojó con un gato que cruzó mal la calle y que casi lo aplastan. Después de correrlo, logró agarrarlo por la cola. Lo revoleó como si fuese una boleadora y el gato como el lomo alzado volvió a escurrirse entre los autos para cruzar al otro lado. Dijo que hizo eso para demostrarnos que los gatos siempre caen parados; y que él era un pájaro y que los gatos se lo querían comer. ¿Cómo no decirle Pájaro Loco?

Había una camisa que me gustaba. Una chomba blanca con rayas violetas que estaba piola.

- ¿Me la comprás?- le dije en broma.

- Chupame la pija- me respondió.

Clavé la vista en los calzoncillos que estaban a un costado de la vidriera. Eran blancos, parecían suaves. Imaginé mis huevos ahí dentro y tuve una sensación de locura, como si un montón de frutas me masajeara el cerebro. A “27” le llamaron la atención unos slips cavados en los costados, que estaban al lado de los que yo había visto.

- Esto es lencería erótica- le dije, y volvimos a reírnos. Pasaban chicos y chicas que iban a la facultad. Una fila de gente esperaba el 132, que no daba abasto subiendo a toda la gente. Venía uno atrás del otro. Lo acompañé hasta la puerta de la facultad. Antes de darnos un abrazo me dijo que estaba decidido y esa noche lo iba a hacer. Le di un beso y caminé hasta la boca del subte. Tenía que volver pronto a mi casa para corregir los textos y mandarlos a un concurso.

2.

Al otro día me enteré que lo había hecho. Su mamá le hinchaba las pelotas para que volviera a salir con Ramiro. A ella le gustaba ese chico porque vivía en Barrio Norte, estaba por recibirse de contador, tenía auto y era tan educado y fino como “27” cuando estaba con ella. Él también simpatizó con Marta. Una vez le llevó bombones de menta, para el cumpleaños le regaló flores, y en el día de la madre le compró el cd de Andrés Calamaro “Tinta roja”, que escuchaban los tres mientras cenaban en el balcón. “27” no se bancaba más a su novio, se aburría con él, ya no le gustaba, ni lo calentaba. Me contó que algo se había muerto entre ellos y que seguía con él para hacer feliz a la mamá, hasta que logró dejar de verlo. Cómo todos los días, entre té y masitas secas, la mamá le hablaba para que volviera con su ex. Esa noche, “27” le dijo que el viernes iba a invitar a la nueva persona con la que salía. La madre se esmeró con un pollo al curry con papas rellenas de ricota y nueces, y de postre preparó un tiramisú casero que le llevó bastante tiempo hacer. Abrió un vino que a “27” le gustaba porque le encontraba sabor a pimienta y maderas. Había 10 botellas de ese vino en el bajomesada. Cada vez que lo veía en el supermercado, ella le compraba una botella. Esa noche, su hijo se apareció con Tamara. Se la presentó como su novia. Marta casi se muere. Lo odió. Se levantó indignada de la mesa y le dijo que quería hablar a solas con él. Fueron al cuarto. Se sentaron en el borde de la cama y le dijo:

- ¿Por qué me haces esto? ¿Qué hice mal yo para que me traigas este disgusto?

- Mamá, me volvieron a gustar las chicas, y con ésta me caso.

- Vos estás loco. Pero si eras gay. Sos gay, hijo. No podes cambiar de cosa así como así. ¿Por qué no llamas a Ramiro y vuelven? Ese chico te quería bien, nadie te va a querer como él.

Su mamá no volvió a aparecer por el departamento, ni a llamarlo al celular todos los días a cualquier hora. “27” está conociendo a Jonatan, un chico nuevo que va a fútbol. Vive por Congreso, es correntino y trabaja de repositor en un supermercado. Tiene los ojos achinados y un lomo bárbaro. Jonatan es feo y tiene cara de malo, es eso lo que a “27” lo calienta, me dijo cepillándose los dientes frente al espejo que se había comprado esa tarde en el Essy.

- Una masa Tamara- le dije.

- Sí, le prometí invitarla a comer donde quisiera, pero la voy a llevar al Bodegón de San Telmo que me gusta más, y es más barato, el que fui con Jonatan el otro día.

- ¡Ah! ¿Sigue sola, no? Porque tengo una amiga para presentarle, que acaba de romper con su pareja y tiene ganas de conocer otra chica…

- Sí, armemos una fiesta en casa, con muchos chicos y chicas tortas, para que se conozcan. Si se ponen tímidos, rompemos el hielo jugando al juego de la botellita. ¿Te cabe, Facu, venís vos?

- Sí, dale. Armemos la lista a quienes invitamos.


















































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