domingo, 20 de enero de 2013

ReLaTos GSN: Ser o no ser lesbiana

Marta Muñoz Rodríguez (Salamanca)

Los primeros rayos de luz que se filtraban a través de las cortinas despertaron a Eva. Tardó unos segundos en volver a la realidad. Cuando cayó en que estaba desnuda junto a Cristina, con un brazo alrededor de su esbelta cintura, se le llenaron los ojos de lágrimas. El pánico y la melancolía se apoderaron de ella. ¿Realmente lo había hecho? ¿Realmente se había acostado con ella? Aunque recordaba perfectamente la noche anterior, parte de ella deseaba que hubiera sido un sueño. De repente, aquellas sábanas tan elegantes eran una prisión; necesitaba salir de aquella cama antes de que Cris la viera llorar. ¿Por cómo iba a apartar su extremidad de ella sin que lo notara? Ahogó su llanto contra la almohada. ¿Por qué se había tenido que dejar llevar y cometer un error tan horrible?

Minutos después, el despertador de Cris la sobresaltó. La rubia gruñó y se volvió para apagarlo. Se desperezó con languidez y se incorporó.

-Buenos días –saludó a Eva con desenfado.

-Buenos días –la morena forzó una sonrisa.

-¿Quieres desayunar?

Se planteó decir que no y echar a correr tan rápido como supiera, pero no fue capaz. La situación ya era lo bastante incómoda. Además, tenía hambre.

-Sí, claro –asintió.

-Vale –bostezó Cristina al levantarse- ¿Te parecen bien unas tostadas?

-Mhmm.

Ambas se vistieron rápidamente. Eva se preguntó si ella sería la única que evitaba mirar a la otra. Su desnudez la avergonzaba increíblemente, no porque estuviera acomplejada por su cuerpo, sino que era un miedo mucho más irracional.

Tuvo la sensación de que habían pasado cien años cuando el olor del pan crujiente invadió el salón. A pesar de tener una amplia variedad de mermeladas para elegir, como un colorido centro de mesa, se limitó a untarse la más cercana sobre la tostada, distraída y sin mucho afán. Por el rabillo del ojo, vio a Cristina levantarse al sonido de la cafetera. Por lo menos cinco segundos de libertad, suspiró.

-¿Café?

Sacudió la cabeza. Lo único que quería era terminarse la tostada e irse.

-Se te ve muy cansada –observó Cris.

-Sí. Aún es muy temprano.

-Ya. Me gusta levantarme pronto los sábados para hacer la compra.

-Ya veo –se obligó a canturrear Eva.

Tenía la vista fija en lo que quedaba del pan; el pelo oscuro le protegía la cara. Su mayor temor era echarse a llorar si miraba directamente a Cristina. En cuanto acabó de comer, se levantó y recogió sus cosas. La rubia la observo con el ceño fruncido por la confusión.

-¿Estás bien? –preguntó.

-Sí, ehm, tengo prisa…

-Ah. Bueno, entonces… ya te veré luego.

-Sí, ¡hasta luego!

Le dio un besito rápido en la mejilla antes de huir por la puerta. La rubia suspiró. Aquella había sido la mañana de después más incómoda que jamás había vivido.

Afuera, Eva respiró hondo. El aire fresco de la mañana en la cara le resultó refrescante. No tener que preocuparse de Cristina era un gran alivio. Sin embargo, su alma aún estaba preocupada y dolorida. Cada vez que pensaba en la noche anterior, una punzada de vergüenza y culpa le atravesaba el corazón. Necesitaba hablar con alguien urgentemente, y sólo le vino a la mente una persona.

-¡Ah, hola Eva! ¡Qué sorpresa! –la saludó Sara con una sonrisa.

La morena era probablemente la última persona que se esperaba encontrar a su puerta un sábado tan temprano. Eva se mordió nerviosa el labio inferior.

-¡Hola! ¿Puedo pasar?

Su interlocutora frunció el ceño ligeramente. Al ver a su amiga así, con los ojos moviéndose en todas direcciones y los dedos jugueteando con el borde del vestido, tuvo la impresión de que sucedía algo.

-¡Claro!

Eva inspiró y entró. Sólo habló cuando Sara cerró la puerta tras ella.

-Sólo… necesitaba hablar.

-¡Oh! –la otra chica levantó una ceja- Claro, ven aquí.

Se sentó en el sofá de cuero y dio una palmadita al espacio junto a ella. La otra mujer arrastró los pies y se le unió. Por un momento, Sara pensó en ofrecerle algo de beber, pero le pareció tan ansiosa que creyó que lo que tuviera que decirle sería urgente. Una de las cosas que le llamaron la atención fue el vestido que llevaba. Muy elegante para la mañana. Eso, aparte de que el único maquillaje que llevaba parecía más los restos de la noche anterior, parecía indicar que acababa de volver de una fiesta que no había ido muy bien. La miró expectante mientras respiraba hondo. La pobre chica no sabía por dónde empezar.

-Sólo necesitaba hablar con alguien –repitió- Es algo muy personal. Espero que no te moleste.

-¡Pues claro que no, cariño! –con una sonrisa tierna y alentadora, le apretó la mano a Eva- ¡Adelante!

La morena se frotó la frente y comenzó a hablar rápida y crípticamente.

-Me está volviendo loca… necesito desahogarme de verdad… y no tenía a quién recurrir. Nadie lo entendería…

-¡Eva, tranquila! –la frenó Sara- ¿Qué te pasa?

Como no sabía cómo explicar todo lo que le pasaba por la cabeza, Eva pensó que lo mejor sería decirlo claro. Se mordió el labio con timidez, y finalmente confesó:

-Me he acostado con Cristina.

La revelación no pareció afectar en absoluto a su amiga, que se la quedó mirando con las cejas, finas y perfectas, alzadas.

-Vale… -fue su única respuesta.

Pero Eva aún parecía estar a punto de echarse a llorar en cualquier momento. Sara no lo entendía. Había dado por sentado que Cristina y Eva llevarían semanas acostándose. ¿Qué problema había? Entonces, se le encendió una bombilla.

-¡Ah! ¿Y… no te gustó? –inquirió- ¿Y entonces necesitas que te ayude a romper con ella?

-No, no es eso –dijo su amiga con un hilo de voz- Ha sido mi primera vez… con una mujer…

-¿En serio?

Mentalmente se llamó tonta por hacer una pregunta así. ¡Claro que era su primera vez! Estaba tan convencida de que Eva era lesbiana desde que la vio por primera vez que a menudo se le olvidaba que aquella forma de vida era nueva para la morena.

-¡Oh, no! –exclamó Sara- ¿No te gustó y no sabes cómo decirle a Cristina que no te gustan las mujeres?

-¡No, no! ¡Más bien al contrario!

-¿Te gustó?

Eva asintió. La otra mujer se encogió de hombros con una leve sonrisa.

-Bueno, eso es bueno para ti y para Cristina.

-¡No, no lo es! –replicó Eva- Es un lío.

Ahora sí que no tenía sentido. Si todo había ido bien, ¿qué problema podía haber?

-¿Por qué? –preguntó con el ceño fruncido.

-Porque… ¡nunca me ha ocurrido antes!

-Bueno, alguna vez tiene que ser la primera…

Ante sus ojos, su interlocutora rompió a llorar. Sara no se lo podía creer. Pestañeó asombrada y le preguntó:

-¿Eva, estás llorando?

-No… todavía no –la morena se secó los ojos.

-¿Pero por qué? ¿Qué ocurre?

Eva le lanzó una mirada ofendida. La expresión de su cara angelical parecía querer decir “¿Cómo puedes no entenderlo?”

-No soy lesbiana. O al menos nunca pensé que lo fuera. No puedo serlo.

¡Ah, conque era eso! Negación. ¡Todo un clásico! Sara se preguntó cómo podía no haberlo reconocido antes, ya que muchas amigas suyas habían pasado por lo mismo. Por suerte, ella nunca había tenido ese problema. Alcanzó un paquete de pañuelos de la mesita auxiliar que había junto al sofá y se los dio a Eva. Con la mano libre le acarició el hombro.

-Bueno… eso es discutible…

Aquella frase hizo llorar a Eva aún más y más fuerte. Aunque no era precisamente diplomática, a veces deseaba tener más tacto. Mas ya era tarde para morderse la lengua. Rodeó a la otra mujer con los brazos y la atrajo hacia así para hacerla sentir mejor.

-¡Sssh, nena, no pasa nada!

-¡Sí que pasa! –Eva levantó la voz- ¡Estoy confusa! ¡Y tengo miedo!

Sara suspiró para sus adentros y la abrazó más fuerte mientras le frotaba la espalda. Había llegado el momento de hacer el papel de amiga y consolar aquella pobre chica tan confusa.

-¿Cómo lo descubriste tú? –quiso saber la recién iniciada, ya más calmada.

-¿Descubrir el qué?

-Que eras…

-Ah. Supongo que siempre lo supe –se encogió de hombros.

Eva la miró fijamente con un brillo de incredulidad en sus tiernos ojos marrones. Ahora las lágrimas los habían teñido de un verde aceituna.

-¿En serio?

-Sí –asintió Sara- Nunca me interesaron los hombres. Por otro lado, siempre me fijaban en las chicas guapas.

-¿Y eso es todo? –exclamó la otra mujer- ¿Nunca te sentiste confusa? ¿Ni culpable?

-¿Por qué iba a sentirme así?

-No sé… yo sí lo estoy.

-Pues no deberías. No tiene nada de malo –Sara se frotó la nuca- A mí me pareció algo totalmente natural.

-¿Y qué hay de la presión social?

Aquel comentario arrancó una risotada a Sara.

-Nena, ya me conoces: normalmente no me importa lo que piensen de mí.

-¿Ni siquiera tus mejores amigos ni tu familia?

-Son mis amigos –Sara alzó los hombros- Me deberían querer pase lo que pase, igual que mi familia. Bueno, a mi padre no le hizo mucha gracia, pero acabó por aceptarlo. Y mi madre lo sabía antes que yo…

-Creí que habías dicho que siempre lo supiste –Eva frunció el entrecejo.

-Bueeeno… siempre supe que no me gustaban los hombres. Cuando eres pequeña, ni siquiera sabes que existen los homosexuales, así que supuse que me quedaría sola durante toda mi vida y acabaría viviendo con cinco gatos. Luego apareció Irene…

-¿Y te acostaste con ella sin saberlo?

-¡Qué va! Éramos amigas y de vez en cuando nos quedábamos a dormir la una en casa de la otra –aquellos intensos ojos verdes miraron hacia arriba al recordar la época- Y a veces compartíamos la cama y nos dábamos besos y abrazos. Entonces me di cuenta de que con ella me gustaba hacer todo eso que hacían mis amigas con chicos y yo creía que detestaba. Después, pasados unos años, sí que nos acostamos.

-¿Y qué pasó?

-Se lo dijimos a nuestras familias y lo llevaron bien… pero luego me dejó cuando se enamoró de un chico –suspiró.

La naturaleza empática de Eva le hizo alargar el brazo para rozarle el brazo a su amiga con ternura.

-¡Vaya, lo siento mucho!

-Da igual –sonrió Sara- Por eso, no salgo con bisexuales.

-Te entiendo. Pero para mí es totalmente distinto… nunca me han gustado las mujeres. Sí me doy cuenta de que una chica es guapa, pero nunca me habría planteado acostarme con ella.

-¿En serio? –exclamó su interlocutora- Porque, siento decírtelo y espero que no te lo tomes a mal… pero me he fijado en cómo miras a las chicas a veces, y eso no lo hacen las heterosexuales.

La morena se encogió de hombros avergonzada. El comentario de su amiga parecía hacerla sentir incómoda.

-Bueno, yo creo que los cuerpos de mujer son muy bonitos y me gusta observarlos…

-Pero besaste a Cristina. Más de una vez.

-¡Besar no tiene nada que ver! –Eva jugueteó con su pelo- Puedes besar a alguien sin que signifique nada…

-¿Significó algo para ti cuando besaste a Cris?

-No lo sé… es mi amiga y me gusta mucho. Podría ser sólo amistad.

Sara percibía el miedo en su voz. Estaba nerviosa. No, nerviosa se quedaba corto… estaba aterrorizada. Y Sara estaba convencida de que si estaba tan asustada, era porque había atinado en el punto exacto.

-Enrollarse con alguien no es un gesto de amistad, Eva.

-Bueno, ¡a veces las amigas se enrollan sólo por diversión! ¡No es para tanto!

No se enteraba de que estaba levantando la voz. Sara estaba aún más convencida de que iba por buen camino. Si Eva tenía tanto miedo y le costaba tanto formar argumentos para replicarle, sólo podía significar una cosa: empezaba a darse cuenta de que tenía razón. Ya sólo quedaba encontrar la manera de que lo aceptara de una vez por todas.

-¡Eh, relájate! –la voz de Sara se suavizó- No te estoy juzgando. Sólo dime una cosa… ¿te gustó enrollarte con ella?

-Bueno, sí… -Eva se rascó la nuca sin mirarle a los ojos- Pero enrollarse con alguien siempre es emocionante.

Sara suspiró. Si no dejas las evasivas, no podré ayudarte, pensó.

-¿Te gustó besarla?

-Sí…

-¿Más que besar a un hombre?

-¡Sara! ¡Eso no es justo!

-Contesta a la pregunta.

La morena inspiró. Para satisfacción de Sara, la tensión se desvanecía de su cara lentamente.

-Bueno… era más suave… y dulce…

¡Premio! Sara sonrió. Sabía que el hielo empezaba a derretirse.

-¿Qué sientes por ella?

-¡Sara!

-Contesta a la pregunta.

Silencio. Después, se pasó una mano por la preciosa melena oscura y, con la vista en el suelo, respondió:

-Sinceramente, no lo sé. Me encanta estar con ella. Me gusta mucho, ¿sabes?

-¿La quieres?

-¿Cómo voy a saberlo? –Eva le lanzó una mirada.

-No sé. Digamos… ¿arriesgarías tu vida por ella?

Eva arqueó una ceja, escéptica. Había ido demasiado lejos.

-Lo sé, es un mal ejemplo –Sara se mordió el labio- Veamos… ¿piensas a menudo en ella?

-Pues sí, pero pienso en todos mis amigos muy a menudo…

-Ya sabes a lo que me refiero. ¿La echas de menos cuando no está?

Con los ojos cerrados y apretados, asintió. Verla luchando contra las lágrimas otra vez casi le partió el corazón. ¿Estaría siendo demasiado dura? Ella sólo quería ayudar a su amiga…

-Mhm, entiendo. ¿Te duele imaginártela enrollándose con otra persona?

La respuesta de Eva fue encoger los hombros, nerviosa.

-¿Por qué iba a dolerme? –preguntó con voz temblorosa- Tampoco somos una pareja de verdad ni nada; sólo llevamos un mes saliendo y experimentando…

Sara interpretó su manera de hablar a trompicones como una señal de que se iba acercando al meollo. Y el ver aquellas grandes esferas marrones moviéndose en todas direcciones menos hacia ella, le pareció una pista más.

-¿Te gustaría que fuera tu pareja?

-¡No!

-¿Seguro?

-¡Es mi amiga! –gimió Eva.

-Olvídate de todos los aspectos morales por un momento. ¿Te gustaría ser algo más que amigas?

La morena se encogió de hombros nuevamente, sin querer responder. Sara decidió que había llegado el momento de buscar otra manera de hacerse entender.

-Bien –suspiró- Hablemos del sexo. ¿Te gustó?

Si las miradas mataran, se habría desplomado en aquel instante. Pero se mantuvo firme.

-Eso no me ayuda, querida. No puedo hacer nada por ti si no eres sincera conmigo.

-Vale –Eva tomó aliento- ¿Sabes qué? Ése es justo el problema… sí me gusto. Y mucho.

Eso era lo único que necesitaba saber. Con el corazón acelerado, le tomó las dos manos a su amiga y miró directamente a sus ojos. Tragó saliva antes de pronunciar la pregunta más comprometida de todas.

-¿Te gustó más acostarte con ella que con los hombres?

En lugar de salir huyendo y gritando u ofenderse, Eva entrecerró los ojos y se paró a pensar. Su amiga se vio gratamente sorprendida por este cambio de actitud.

-Pues… -empezó Eva- Con los hombres… nunca me fue muy bien. Siempre tenía la sensación de que faltaba algo. No sentía que les importara, ¿sabes? Pero anoche con ella fue distinto. Fue increíble, y mágico. No tuve que decirle nada; ella sabía dónde y cómo tocarme… y yo también.

Sara asintió. Se sentía perfectamente identificada con todas las emociones que Eva había descrito al hablar de hacer el amor con una mujer. Le acarició y apretó las manos con ternura y, midiendo sus palabras, le dijo:

-Cariño, siento decírtelo tan a lo bestia… pero no eres hetero. Al menos no del todo.

Como había predicho, Eva se echó a llorar de nuevo, aún más que antes. Su amiga la abrazó y le dejó utilizar su hombro. Notaba cómo temblaba en sus brazos.

-¿Qué voy a hacer ahora? –hipó.

-No pasa nada –la meció Sara- No tiene nada de malo. Ahora simplemente podéis empezar una relación más seria, si eso es lo que queréis.

-No puedo…

-¿Por qué no?

-Es demasiado… no podría soportarlo.

-¿Por qué no?

Eva levantó la cabeza para mirar a su amiga a la cara, que aún la rodeaba con sus brazos. El tono verdoso de sus ojos, en lugar de esperanza, mostraba auténtica desesperación.

-Porque a mí sí me importa lo que piense la gente. ¿Sabes lo duro que va a ser esto para todos los que me conocen?

-O puede que no. Algunos podrían sorprenderte.

-Tengo miedo…

-Sssh, es normal. Todos lo tenemos al principio. Mejorará con el tiempo.

-No, no mejorará. No voy a dejar que vuelva a ocurrir.

-Evaaaa, no puedes hacer eso.

-Sí que puedo.

Sara sacudió la cabeza.

-Lo has probado y te ha gustado. Créeme… no volverás a ver a las mujeres de la misma manera por más que lo intentes. No puedes luchar contra tu verdadera naturaleza.

-Entonces, ¡ojalá no lo hubiera hecho! –Eva se zafó de su abrazo, enfurecida.

-¡Oye! ¿Por qué?

-Porque… ¡me va a cambiar la vida! Y no quiero que cambie. Me gustan las cosas como están. Sólo ha sido un error.

-Puedes verlo como un error… o puedes verlo como la mejor decisión que has tomado en tu vida. Quizás fuera lo que siempre habías querido, pero no lo sabías.

Sus palabras hicieron pensar a su amiga un momento. Pestañeó suavemente y, después de un rato, contestó:

-Pero eso es imposible. Yo siempre he querido una familia, Sara. Siempre he querido casarme y quedarme embarazada.

-Bueno, eso también lo puedes hacer con una mujer –observó la otra.

-Pero no quiero… está mal…

Sara puso los brazos en jarras y fulminó a su amiga con la mirada. Esa clase de comentarios siempre conseguían ofenderla.

-¿Por qué iba a estar mal? Lo importante en una familia es el amor. ¿Por qué iba a ser malo que dos personas que se quieren, sea cual sea su sexo, se juntaran y tuvieran hijos a los quieren y cuidan? ¿Sólo porque unos cuantos gilipollas los miren mal?

Eva se sintió culpable por haber insultado a su amiga, pero era demasiado orgullosa para disculparse, así que apartó la mirada. No obstante, lo que Sara le acababa de decir le daba vueltas a la cabeza. La otra mujer le sujetó la barbilla para obligarla a establecer contacto visual y se acercó más a ella.

-Estoy segura de que ésta no eres tú. Es tu miedo el que habla. ¡No tiene sentido! Pero te entiendo, y sé que estás asustada. Siempre es difícil darse cuenta de que eres diferente a los demás. Pero hoy en día la sociedad es más abierta…

-No, no es eso –la morena suspiró y bajó la vista- No me preocupa la sociedad. Me preocupan mis amigos y familia… y yo misma. No me reconozco.

-Sólo estás asustada –Sara le dedicó una sonrisa amistosa- Y confusa. Es natural. Pero por favor, no te alejes de Cristina. Sé que le gustas mucho, y tenéis mucha química; ¿por qué echarlo a perder? No estáis haciendo daño a nadie, ¿no?

Eva no reaccionó, pero Sara veía que se lo estaba replanteando todo. La forma en que la miraba y se mordía el labio le indicaba que sólo necesitaba un poco más de apoyo.

-Todo os va a ir bien –le acarició el brazo tiernamente- Te preocupas demasiado.

-¿Estás segura?

-¡Por supuesto! Además, amar a Cristina no te convierte automáticamente en lesbiana. A lo mejor sólo eres bisexual –hizo un esfuerzo por no pronunciar esa última palabra con desprecio- Quién sabe, quizás en un año estés con un hombre. Date tiempo.

Tras una larga pausa, Eva sacudió la cabeza de nuevo.

-Tengo miedo.

-No lo tengas. Ya verás que no es un cambio tan drástico. Los que te quieren te seguirán viendo tal y como eres y continuarán a tu lado.

-Espero que tengas razón…

-Sé que la tengo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Serlo sin duda. Esa es la única opcion si eres mujer y sientes amor por otra mujer. Huir y esconderte por miedo es la salida mas absurda y cobarde.