
Esta foto de Corralejo es cortesía de TripAdvisor
Víctor Fernández Secades (Oviedo)
-Sal ya de aquí, Jero. Pasan los meses, y como si te diera igual…
-Sal ya de aquí, Jero. Pasan los meses, y como si te diera igual…
Jero no lo miraba a él. Tenía los codos apoyados en el escritorio y desparramaba su larga melena negra sobre el libro que quedaba en medio. Un rayo de luz muy blanca hería media hoja. Mario insistió:
-Mamá no ha muerto –dijo; temió pasarse. Jero no se movió. Permaneció “demasiado” quieto, sin que las hojas de libro volviesen a crujir.
-Jero, tengo una barca. ¿Te acuerdas? Estamos otra vez en junio; el mismo tiempo. Nada ha cambiado. Vamos a la isla, por Dios –subía un poco el tono-: ¡Sal fuera! ¡Cuando veas el blanco de las paredes te quedarás ciego!
-Todavía no –dijo Jero sin volverse-. Todavía no ha muerto.
En la cara de Mario se dibujó un gesto de pavor. Tragó saliva: era su deber de hermano.
-Jero… Tampoco tú estás muerto. Hemos vuelto aquí…
-En Corralejo murmuran, Mario. Déjame leer a Camus.
-Pero no hablan de ti…
Y entonces, Jero, volviéndose:
-Vete a tu puta barca y a tu puta botella de whisky, marica.
Dicho esto, Jero se atusó su larga melena negra y volvió a fijar los ojos tranquilamente en "L'Étranger".
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